No lo hagas, Jack

Sergio Menéndez | Falso 9

¿Quién te ha visto y quién te ve, ‘Nick’? Recluido en tu mansión del 12850 de Mulholland Drive, confiesas despertarte cada día en torno a la 1 de la tarde. Y lo más triste es que lo haces, simplemente, para levantarte, dar tumbos hasta la cocina mientras vas maldiciendo esos ardores que te sobrevienen en mitad de la noche, abrir la puerta de la nevera, servirte un vaso de leche y rogar entre susurros, con los ojos cerrados y la frente pegada al frigorífico, que la lactosa consiga aliviar tus problemas estomacales.

Hace algunos años, habrían sido los rayos de sol incidiendo de plano sobre tu cuerpo semidesnudo quienes habrían alterado tu sueño. Justo a continuación, todavía con el ceño fruncido por culpa del imprevisto golpe de luz y los párpados entornados, habrías empezado a humedecerte la boca con la lengua, te habrías secado con la mando el sudor de la frente y, luchando por respirar, te habrías incorporado lentamente desde el suelo. Ya en posición vertical, te habrías dirigió al cuarto de baño.

Una vez allí, haciendo caso omiso de los restos de cocaína desperdigados por el lavabo, te habrías mojado la cara con las manos y te habrías peinado hacia atrás con un poco de agua. Luego, después de recobrar algo de compostura, te habrías quedado en silencio, contemplando tu reflejo. Pasado un buen rato, la imagen de canalla incorregible que despedía el espejo habría dibujado en tu rostro esa sonrisa de lunático que tanto te caracterizaba. Negando con la cabeza y riendo entre dientes, de vuelta en el salón, le habrías pegado un azote en el culo a la joven que dormía en el sofá, te habrías sentado a su lado para liarte un cigarrillo de marihuana, lo habrías encendido y le habrías dado la primera calada mientras te recostabas entre los cojines esperando a que sus efectos te dejaran inconsciente de nuevo.

Eran otros tiempos. La acidez, lejos de darte problemas, te servía de inspiración. Según llegaste a reconocer en su momento, fueron los viajes de LSD que tanto repetiste a lo largo de tu juventud los que te ayudaron a parir los guiones de The Trip y Head, dos obras de culto a los compuestos lisérgicos. Ahora, a punto de cumplir 80, te descuelgas con las típicas declaraciones de tipo que se acaba de rehabilitar. Cursiladas del estilo “prefiero comer en casa” o “mi única droga a día de hoy son los pequeños placeres de la vida”.

Antaño, si elegías quedarte en tu chalet en la colina más famosa de Hollywood era porque estabas de resaca o habías decidió montarte allí la fiesta. La cosa era no dejar de meterte sin necesidad de salir. Incluso has dejado de juntarte con los amigos a jugar al golf. Ya no cruzas con tanta frecuencia al otro lado de la calle a revisar la colección de arte que se exhibe en la casa que le compraste a la familia de Marlon Brando a la muerte de tu compañero de cartel en Missouri. En un intento por permanecer ajeno a los rumores que circulan de un tiempo a esta parte, que sostienen que eres incapaz de memorizar las frases de tus guiones por culpa del Alzheimer, has optado por enclaustrarte, pero el remedio es peor que la enfermedad.

Esa afición a las mujeres que con tanta profusión has cultivado a lo largo de tu vida amenaza con condenarte a morir en soledad. Sandra Knight, Anjelica Huston, Michelle Phillips, Joni Mitchell, Ursula Andress, Bianca Jagger, Verónica Cartwright, Christina Onassis, Rebeca Broussard, Lara Flynn Boyle, Meryl Streep, Kate Moss o Sharon Stone, entre otras, supuestamente, visitaron tu cama en el pasado. La cosa, en cambió, no terminó de funcionar con ninguna. Nunca volviste a confiar del todo en las mujeres desde que unos estudiantes de cine revelaron que la persona a quien tenías por tu hermana mayor, en realidad, era tu madre. Y luego está lo de los Lakers, para colmo de males. Por si faltaban desengaños…

¿Te acuerdas de cuando te sacaste tu abono a pie de pista? Estábamos en plena década de los 70. Si todavía no lo habías conseguido, estabas cerca de ganar tu primer Óscar por interpretar a McMurphy en Alguien voló sobre el nido del cuco. Entonces no existía el Staples Center. Los partidos se jugaban en The Forum, en Inglewood, a las afueras de Los Angeles. Hubo que esperar doce años para ver a Wilt Chamberlain, Jerry West y compañía levantar un título de NBA desde que la franquicia se mudase desde la ciudad de Minneapolis hasta el estado de California en 1960.

Casualidad o no, la dinámica empezó a mejorar en cuanto pusiste un pie en la cancha, casi al mismo tiempo en que Kareem Abdul-Jabbar aterrizaba en la ciudad, procedente de Milwaukee. Fuiste, por así decirlo, una especie de talismán. Y parece que no sólo atrajiste a buenos jugadores. También a Jerry Buss. El hecho de que se convirtiese en propietario de la entidad en 1979 fue determinante. ¿Quién mejor, por otra parte, que un doctor en Química para dar con la fórmula del éxito? Su llegada coincidió con el debut de Magic Johnson, la pieza que faltaba para poner a funcionar el engranaje de esa máquina de hacer puntos que era el ‘Showtime‘. Nunca te cansarás de decir que es lo mejor que ha dado el baloncesto a lo largo de la historia.

Los 80 fueron vuestros. Lo fueron a pesar de los Sixers de Julius Irving y Moses Malone, de los Pistons y de los dichosos Celtics de Larry Bird. La verdad es que Riley hizo un trabajo espectacular. Sacó un gran partido de James Worthy, Norm Nixon, Kurt Rambis, Michael Cooper, Jamaal Wilkes o Byron Scott, su actual sucesor en el banquillo de los Lakers. Hubo púrpura, pero, sobre todo, oro. Luego se fue a los Knicks, a pasearse por el MSG con el hortera de Spike Lee. Teniendo en cuenta la victoria de la temporada 1979/1980, a las órdenes Paul Westhead, las vitrinas se abrieron en cinco ocasiones. Entretanto, tu papel de actor secundario en La fuerza del cariño te hizo acreedor de otra estatuilla en 1983.

Pasemos por alto lo sucedido en la década de los 90, que te enciendes. Lo no sucedido, en realidad. Michael Jordan, Scottie Pippen, Phil Jackson y sus Bulls concentraron los anillos en esa etapa. Sólo les plantó cara el bigardo de los Houston Rockets que se tiraba tres cuartos de hora en suspensión. Sí, hombre, sí, el tipo de Nigeria que salía en las cajas de Frosties. Solías llamarle Hakeem, a secas, porque decías que tenía un apellido raro. ¡La guerra que os dio ese budista! Teníais que ficharle si queríais volver ganar. Le contratasteis en 1999. Un par de años más tarde, os devolvía a la gloria. Y lo mejor es que reeditó la hazaña las dos temporadas siguientes. No había quien os parase.

Gracias al grupo de cinco que formaban Derek Fisher, Kobe Bryant, Rick Fox, Robert Horry y Shaquille O’Neal y la aportación de Brian Shaw y Horace Grant volvisteis a jugar como los ángeles. Y nunca mejor dicho. Ganasteis el anillo en 2000, 2001 y 2002. También en 2009 y 2010, después de convencer a Phil de que os diese una segunda oportunidad. Había complicidad entre vosotros. Le reconfortaba el hecho de tenerte en la banda, desquiciando a los rivales que se atrevían a pasar por tu asiento, machacando a los árbitros a cada personal que os sancionaban, animando al resto del pabellón a venirse arriba. Era lo más parecido a jugar con seis hombres.

Vale que desde entonces no alzáis el vuelo. Sí, el equipo no juega a nada, es cierto. Aburren a las ovejas. Los cabrones de la NBC te pillaron echándote una siesta en mitad de un partido contra los Warriors. ¿Pues no resulta que esos advenedizos al otro lado del Bay Bridge son los mejores de la liga? ¡Venga, hombre, si sólo la han ganado en tres ocasiones! En las dos primeras, de hecho, todavía eran de Philadelphia. Tú solito has obtenido el mismo número de Óscar. El último subiste a recogerlo en 1997 de manos de Frances McDormand. Lo hiciste a saltitos, para no pisar las líneas del escenario, en homenaje a Melvin Udall, el entrañable maniático que bordaste en Mejor… Imposible. Y, por si no fuera humillación suficiente, se clasifican para la fase final de la temporada con una victoria a vuestra costa. “In your face!”, que diría Shaquille. Justo al revés que los Lakers, que a poco de empezar el mes de marzo se habían quedado sin opciones de entrar en Playoffs… por segundo año consecutivo.

En cualquier caso, Jack, deberías recapacitar la decisión de poner a la venta tu abono. ¿Qué va a ser de esos muchachos sin tus intangibles? Esto va por rachas. Y no me vengas con que te ahorrarías más de 100.000 dólares al año. Precisamente a mí, que he visto cómo derrochabas fortunas en vicios que te han costado más salud que el baloncesto. Es lo bueno de tocar fondo. Ya sólo se puede ir a mejor. Mira a ‘Magic’, que ni el virus del SIDA ha sido capaz de derrotarle. Si es que sois invencibles, joder, así que confía en mí cuando te digo que te arrepentirás. Lo harás, antes o después, tan pronto como se inviertan los marcadores. No permitas que Snoop Doog, o como quiera que se llame ese impostor, te gane la posición. Ahora, haz el favor, ve a por la camiseta. ¡Y péinate un poco, por el amor de Dios!. Pero no tardes, que es noche de partido. Tu equipo te necesita.

***

Foto de portada: “Lakers vs Nuggets 2013-01-06 (27)” by Howcheng – Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons

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