El criterio (y su descuido)

Tesis

Hace no mucho, cuando se asomó por Madrid una brizna de calor primaveral, me lancé a dar un paseo por sus calles; como de costumbre, no tardé en cruzarme con una librería… y allá que entré a curiosear qué novedades, o qué libros viejos y sin embargo desconocidos, podría hallar por casualidad en sus estantes.

Así me topé con Por qué Marx tenía razón, de Terry Eagleton. “¿Llevaba Marx razón en algo? ¿A quién le importa, ahora que ha ganado por fin el capitalismo? ¿Acaso los comunistas no mataron a mucha gente?”, pensé para mis adentros. No obstante, como ya conocía al señor Eagleton de algunos ensayos suyos sobre crítica literaria, me aventuré a comprarlo tras leer varias páginas ahí mismo: aunque me irrita cómo arrincona en ocasiones con sofismas al lector, y muchas de sus ideas las encuentro muy discutibles, posee un talento sobresaliente para la argumentación y explica conceptos complejos con una exactitud amplia y distanciada. En este caso, el propósito declarado de su ensayo consistía en defender al pensamiento marxista (en el sentido estricto de ‘aquel que profesaban Marx y Engels’) de todas aquellas críticas, injustas a su juicio, que a día de hoy se han convertido ya en un cliché. Diez capítulos emplea para ello; y supongo que a cualquiera le sonarán a muy repetidos los siguientes reproches: que se trata de una ideología anacrónica; que está muy bien en teoría pero resulta imposible en la práctica; que posee una visión irreal e ingenua de la naturaleza humana; que lo reduce todo a una explicación económica; que ya no hay clases ni obreros; que su idea de los seres humanos es simplista y los divide en buenos y malos

La cara de Marx *9 es hipnótica.

La cara de Marx *9 es hipnótica.

Dos cosas me inquietaron del libro: la primera, que esta retahíla de lugares comunes resulta, en efecto, tan conocida por cualquier conversador político de cualquier nivel, que uno debería sospechar inmediatamente de su falsedad. Las ideas, cuanto más prefabricadas se reciben o manifiestan, más esconden en general una buena ración de abyecta ideología. La segunda, que apenas llegué a la página 23 me saltó al cuello, cual lobo hambriento, la siguiente frase:

¿Por qué continuamos consintiendo el mito que abona la vana esperanza de que la fabulosa riqueza generada por el modo de producción capitalista acabará llegándonos a todos y a todas tarde o temprano?

¿Por qué en un idioma como el inglés, carente de género salvo en algunos pronombres y adjetivos personales, se especificaba el sexo de los ciudadanos aludidos?

Antítesis

Continué leyendo para resolver el misterio, y seguí encontrándome con ocasionales frases en las que se multiplicaban los sexos y los géneros como los panes y los peces:

Los hombres y las mujeres socialistas no han luchado(…) (página 156)

Sin embargo, en otras, el único sexo citado era el masculino:

Muchos de quienes serían tradicionalmente etiquetados como clase media baja (maestros, trabajadores sociales, técnicos, periodistas…) (página 168)

Los explotados y los desposeídos no deben renunciar a sus intereses, pues eso es precisamente lo que sus amos quieren (página 85).

Decidí consultar en Internet el libro original del señor Eagleton (con la conciencia tranquila, puesto que ya me lo había comprado y mi violación del derecho de autor no podía considerarse como tal), y cuál fue mi asombro cuando textos redactados así…

“The wretched of the earth…”

“Only those for whom…”

“Convinced that class…”

…en mi edición española venían así (páginas 171-172):

“los desdichados y las desdichadas de la tierra…”

“Solo aquellos y aquellas para quienes…”

“Convencidos y convencidas de que la clase…”

¡De modo que era cosa del traductor! ¿Y cómo se llamaba semejante innovador de la referencia deíctica del género castellano en plural? “Traducción de Albino Santos Mosquera”, rezaba la tercera página de mi ejemplar, editado por la editorial Península.

Busqué en Internet qué otras traducciones había acometido, y me sorprendió leer que también tradujo en su momento el popular ensayo “Cisne negro”, de Nassim Nicholas Taleb; libro que yo leí hace ya varios años, sin recordar ni una sola dupla de géneros: lo cual indicaba, o que yo por entonces no me percataba de ello, o que el traductor había cambiado su modo de traducir. Me inclino más por lo segundo, mientras dejo a la vez abierta la posibilidad de que alguien me demuestre lo primero. Pero además encontré una traducción de un capítulo del libro “Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima” de Naomi Klein: y también ahí se hablaba de “los hombres y las mujeres”.

Una señorita censurada de FEMEN que pasaba por aquí para hablarnos de lingüística sincrónica.

Una señorita censurada de FEMEN que pasaba por aquí para hablarnos de lingüística sincrónica.

Pues bien: uno imagina los motivos por los cuales un confundido Albino Santos ha puesto tanto empeño en especificar sexos. Sin duda por una cuestión ética; molesto, tal vez, por el hecho innegable y cultural de que la denominación “los hombres” abarque en tantos contextos también a “las mujeres”

Y a sus intenciones contra la injusticia nada tengo que objetar.

Pero sí me opongo al errado modo con que se enfrenta a las limpias reglas de la lingüística. Porque no está atacando él a la tradición o a la ideología, que eso sucedería si escribiese ‘cabo’ en vez de ‘quepo’: mientras ‘quepo’ debe su forma a razones etimológicas, y hasta los niños necesitan aprenderlo contra su práctica de la lengua, ‘cabo’ cuenta con todo el respaldo de la analogía lingüística para formar el presente de indicativo de los verbos de la segunda conjugación. Sin embargo, la regla por la cual el género masculino engloba en plural al femenino se debe a una cuestión de mera economía lingüística: por ello ningún niño, puro de cualquier ideología, tan neutro e ignorante como una blanca sábana tendida al sol matutino, se equivoca jamás y dice “estamos todos y todas”. Porque los niños hablan la lengua en su nivel más elemental y más estructurado lógicamente. Y, en consecuencia, ellos sí se rebelan contra la tradición regularizando ‘cabo’, y diciendo ‘andó’ en lugar de ‘anduvo’: pero en cuestión de números y de géneros nada corrigen, porque su empleo carece de componente ideológico alguno.

Obsérvese de paso cómo,  naturalmente, a los niños les cuesta manejar y entender el vocabulario semántico que sí está cargado de verdadera ideología: no logro imaginar a uno de cinco años diciéndoles a sus padres “¿cuándo inventó el hombre la rueda?”, “voy a ser muy emprendedor”, “la soberbia es un pecado”. Salvo en el caso de que repitiese tales términos sin comprenderlos del todo, por habérselos escuchado antes a los adultos en otro contexto.

La R.A.E. (valgan lo que valgan sus recomendaciones) también se opone a este uso redundante del género.

No enfurezcamos a sus manes…

No enfurezcamos a sus manes…

Pero además de a la lingüística y las instituciones, traiciona a la traducción como arte. ¿Qué necesidad tiene de introducir dos palabras, que no añaden nada al significado, cuando en la lengua fuente sólo se había escrito una? No sólo no añaden nada, sino que incluso hasta confunden. Tomemos esta frase:

De ahí que los hombres y las mujeres modernos, rodeados como están de una prosperidad económica inimaginable para los cazadores-recolectores, para los antiguos esclavos o para los siervos feudales (…).

¿Por qué “los hombres y las mujeres”, pero no “los esclavos y las esclavas”? ¿Por qué “rodeados” puede ser masculino y no se añade “y rodeadas?”.

El lector atento y sensible al idioma tendría que pensar que esa distinción entre los ciudadanos varones y hembras posee el propósito de especificar en cambio que los trabajadores son sólo masculinos. Como si digo “Los alumnos y las alumnas de secundaria jugarán al baloncesto; los jugadores vestirán de azul”, sólo que en el libro sobre Marx resultaría sospechosamente inmotivado.

Síntesis

En fin, lo grave del caso no consiste en que atente contra la lingüística, o contra la R.A.E., o en que no respete el inglés, o en que confunda o agote al lector. Ni siquiera que todo ello sea el producto de una muy cuestionable aunque virtuosa actitud ética y política. Sino en la falta de un criterio rector capaz de explicar cuándo se aplica tan extravagante norma.

De haberse aplicado en todos los casos, la lectura de una sola página hubiese resultado insoportable. Imaginen ustedes el efecto en la lectura de este tipo de párrafos (el ejemplo es de mi cosecha):

“Los trabajadores y las trabajadoras, ultrajados y ultrajadas, reclaman que sus hermanos y hermanas puedan participar del capital satisfechos y satisfechas. Y los marxistas y las marxistas, que desean el bien de los hombres y de las mujeres, piensan que sólo evitando que los explotadores y las explotadoras les conviertan a ellos y a ellas en sus esclavos y sus esclavas…”

Este fárrago es lo que sucede cuando uno introduce un criterio ideológico, artificial, en la sintaxis (en la sintaxis más honda no penetra la ideología jamás): que la capacidad expresiva, la viveza de la lengua, se hunde como en una fosa abisal.

Para evitarlo, el traductor se ha moderado bastante, y se ha ceñido sólo a ciertos vocablos. Mas lo hace, siempre, cuando habla de “los hombres”; y, frecuentísimamente, con  “los trabajadores”, y “los ciudadanos”. Pero también le he visto “los desdichados y las desdichadas”, o “compañeros y compañeras”. Hasta escribe “los rusos y las rusas”. Con todo, ¿por qué nunca lo aplica a “los explotadores y las explotadoras”, “los judíos y las judías”, “los irlandeses y las irlandesas”, y varias decenas de usos de sustantivos y adjetivos que sí aparecen solo citados en su género masculino plural?

Más extraña aún es esta curiosa y única excepción de la página 103:

(…) la tenebrosidad del corazón de los hombres

¿Qué pasa, que las mujeres no pueden tener también el corazón negro?

Y eso que afortunadamente no tiene nunca el mal gusto de escribir “individuos e individuas”; quizá porque ‘individua’ suena en castellano algo despectivo.

Tampoco recurre a soluciones como “compañer@s”; o, aún peor: “compañerxs”. Decisiones que supondrían alterar, porque sí, el inventario de grafemas de la lengua. ¿Y qué fonema representaría? ¿Cómo se lee eso?

Por eso uno, que al menos a los profesionales de un oficio les pide rigor cuando desempeñan su trabajo –y más si la falta de rigor se debe, no a la torpeza involuntaria del pobre oficiante, sino a una labor deliberada y asistemática que difiere de la de sus colegas-, hubiese agradecido que don Albino se justificara con una nota previa como ésta, en la que al menos razonase la incoherencia empleando algún tipo de criterio consciente:

Debido a mi creencia en la plena igualdad de la mujer, y en aras de luchar contra lo patriarcal en el género, he decidido duplicar los plurales siguiendo mi libre arbitrio, sin patrón alguno, y yendo contra las recomendaciones de la RAE, contra la economía lingüística, contra los hábitos del lector castellanoparlante y hasta contra la inteligibilidad misma del texto.

No habría mejorado la lectura del libro, pero algunos nos quedaríamos más tranquilos. Tal vez –he aquí una graciosa ironía– no así el mismo Terry Eagleton, quien en la página 13 advierte (subrayado mío):

En los primeros tiempos del feminismo había autores varones que, de manera tan torpe como bienintencionada, solían escribir: ‘cuando digo hombres, me refiero por supuesto a hombres y mujeres’. Yo debería señalar aquí (…) que cuando digo Marx suelo referirme muy a menudo tanto a Marx como a Engels.

Dejando en el aire la cuestión les relato a los lectores lo que yo hice. Tomé un rotulador rojo y procedí a la cómoda supresión de todas las multiplicaciones de género innecesarias. La cosa quedó así (imagínenlo en una media aproximada de una vez por cada tres páginas, cuando la ocasión es propicia):

Tachones 1

Tachones 2

Todo sea por la comodidad futura de aquellos amigos (a las amigas también, no me sean suspicaces) a los que preste tan interesante ensayo.

***

Nota bene: no es tan relevante, a mi juicio, el que este traductor carezca de criterio a la hora de aplicar norma alguna (al margen de la lógica que esta posea; si acaso la posee), sino el hecho de que cada vez más políticos y pensadores de nueva ola se adhieren a este empleo absurdo del género en plural. Quedan estos algo más excusados por la sencilla razón de que no saben de lengua ni han estudiado filología, en donde rápidamente les sacarían del error. Además, con razones mesurables y racionales. Pero sí resulta llamativo que la Editorial Península transija con semejante traducción; que el traductor, supongo, será filólogo; y que ambos desoigan lo que en el mundo de las letras es un lugar común: que este juego con los géneros es de una superficialidad lamentable. 
Olvídense, pues, los lectores, de este caso concreto, y piensen en otros casos similares. Que los hay. 

Foto de portada: Terry Eagleton en una conferencia en Luxemburgo. (Fuente: Flickr)

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