Andalucía y el extraño caso del hombre que miraba tomates

Papá, ¿qué hace ese señor?

-Está mirando una tomatera.

-¿Por qué?

-No sé. Sólo la mira.

Y así era. Luciano llevaba más de treinta años mirando una mata de tomate. En el pueblo no se le había visto hacer otra cosa. En la Videoteca municipal guardaban una cinta de VHS, con la caja de cartón ya polvorienta,  que contenía un capítulo de Un país en la mochila dedicado a la localidad, en el que, detrás de Labordeta, ya podía distinguirse a Luciano mirando fijamente una mata de tomate. Aquel programa lo habían grabado en 1995. Y para aquel entonces, Luciano ya era un veterano mirando tomates. Veinte años después, ahí seguía. Más veterano todavía.

Desde luego la experiencia era un grado. Y es que, en lo tocante a mirar tomates, no había nadie tan profesional como Luciano. Apenas amanecía, él ya estaba allí. Aposentado en una silla de plástico de la Coca-Cola, lo suficientemente repantingado como para combar el asiento, pero a la vez con las piernas bien afianzadas en el suelo y el cuello ligeramente estirado, a fin de mantener una tensión mínima que le permitiera no perderse ni un detalle de la tomatera.

Y era así como podía verse las 24 horas del día a esta estatua custodia, cuasi granítica habríase dicho, con la piel curtida por el sol sureño, pese a la gorra con publicidad de Inmobiliarias Paqui que siempre llevaba calada para protegerse la cabeza.  Bajo la visera, los ojos se columbraban opacos, oscuros, fruncidos, apenas una rendija entrecerrada, sin indicios de pestañeo. Tanto es así que, en cierta ocasión, unos chiquillos zumbones creyeron dormido a Luciano y quisieron ponerle en evidencia metiéndole los dedos por las narices con muy mala baba. Pero cuando ya alargaban sus uñas llenas de barro hacia los orificios nasales llenos de pelos del presunto durmiente, Luciano los detuvo con un gesto que a él no le removió una sola fibra del cuerpo pero que a los guasones les cortó la broma como si fuera mayonesa.

Sólo les dijo una cosa. “Irse, que me tapáiz la tomatera”.

Aquella frase lapidaria, lanzada a los insolentes con soberano desprecio, sirvió de escarmiento público, y nadie en adelante osó interponerse entre Luciano y la mata de tomate. Y así es como él pudo continuar mirándola, con toda la intención, a conciencia, meditada y deliberadamente. Adrede. Completamente inmóvil. Sólo alguna vez una imperceptible vibración de la mandíbula delataba que estaba mascando algo. Tabaco. Quizás un chicle.

Como la envidia es muy mala, no faltó en el pueblo quien se atreviera a tildarlo de gandul.

-¡Holgazán! ¡Más que holgazán! ¿Qué sacas mirando esa mata de tomate? ¡Haz algo con tu vida, copón!

Y en aquella ocasión, ante requerimiento tan descortés, Luciano simplemente ladeó la cabeza, sin apartar los ojos un punto de la tomatera, no le fuera a ocurrir algo durante la eventual pérdida de contacto visual, por muy momentánea que fuese. Y bramó:

¡¿Te quiés’ir ar caraho?! ¡No te metah con mi modo de vida!

-¿Pero qué dices? Pero qué modo de vida ni que modo de vida… ¡Lo que pasa es que eres más vago que el sastre de Tarzán!

-¿Pero te crees que es fácil lo que yo hago? –se defendió Luciano, con la voz hecha puro desafío.

El escéptico se sentó un día con él a mirar la tomatera, para demostrar que aquel mal llamado modo de vida que reivindicaba Luciano no revestía mérito alguno. Al principio lo llevó bien, y se jactaba entre risas crueles y estentóreas de que esa ocupación podía desempeñarla cualquiera.  Luciano permanecía en silencio, imperturbable, haciendo oídos sordos a tanta necedad. Realmente, se la sudaba.

A la media hora, fue el escéptico el que comenzó a sudar. Su risa fanfarrona fue perdiendo fuelle, deshilachándose. Una flojera muy aviesa le invadió, poco a poco, pero también inexorablemente, como una gangrena, y, al cabo de dos horas, tuvo que declararse vencido y admitir que ya no podía más, que aquello de mirar tomates era cosa seria, un arte que había que cultivar casi tanto como la propia planta. Buscó la mano de Luciano, que se la estrechó con deportividad, y, como buen perdedor que era, se fue sin perder tiempo a levantar acta notarial de que Luciano tenía nivel de expertise mirando tomateras, un galón al que muy pocos, de hecho sólo los elegidos, podían aspirar.

A raíz de este episodio, el prestigio de Luciano se consolidó, y un fulano que tenía olfato para los negocios venteó uno. Propuso en la Comisión de Turismo del Ayuntamiento que se sacara provecho de tener como conciudadano a tan ilustre vecino. La idea cayó en gracia y, disimuladamente, instalaron un panel informativo a unos cuantos metros del puesto de centinela de Luciano, en el que se explicaba a los potenciales visitantes que en aquel pueblo había un señor dedicado a mirar tomates a tiempo completo. Lo ilustraron con una foto del propio Luciano en plena faena.

También trataron de encontrar alguna más de su infancia, para que el panel resultase más didáctico ahondando en la personalidad del prohombre. Pero, cosa extraña, no existían documentos gráficos en los que Luciano no estuviese mirando tomates. Así que lo dejaron así para no ser redundantes.

Tras una agresiva campaña publicitaria en todos los soportes, lograron que un autobús repleto de japoneses eligiese el pueblo como área de descanso de un tour que estaban haciendo por la ruta de los castillos renacentistas de Europa. Los nipones se bajaron todos en tropel, practicaron un poco de incontinencia fotográfica, primero con el panel informativo, después con el mismísimo Luciano de cuerpo presente (y a pesar de que los flashes le cegaban, él continuó mirando la tomatera para demostrar que era un profesional como la copa de un pino) y casi inmediatamente se marcharon por donde habían venido, bastante rápido en realidad, porque si no, no llegaban al turno de tarde de los castillos del Loira.

La verdad sea dicha, después de aquel hito de los japoneses, la afluencia de guiris que se pelearan por ver a Luciano decayó un poco, de modo que retiraron al pueblo la ayuda de fondos autonómicos para promocionar su paquete turístico estrella. En consecuencia, el proyecto de abrir un Centro de Interpretación y un Observatorio Nacional del Tomate quedó en agua de otro producto hortícola: las borrajas. Asimismo, se denegó la proposición que había sometido a pleno el concejal de Cultura, a saber, postular a Luciano ante la Unesco como patrimonio de la Humanidad.

A pesar de este baldón, a él que no era hombre de medallas ni de vanidad mundana, no le importó lo más mínimo, y siguió mirando la tomatera, sin cejar nunca. No en vano, sobre sus hombros encorvados recaía ya una responsabilidad de categoría mitológica. Había llegado a propagarse la leyenda de que la mata de tomate se desvanecería si Luciano dejaba de mirarla, dado que no se sabía qué había empezado antes: si la tomatera existiendo o Luciano mirándola.

Y, sin embargo, hasta lo más arraigado, lo más atávico, los mismos cimientos del universo, pueden llegar a tambalearse alguna vez, amenazando con desmoronar lo que siempre ha estado ahí, como preconiza esa máxima gatopardiana que dice que hace falta que todo cambie para que todo siga igual. Y, en efecto, comenzaron a soplar los vientos de cambio. La gente comentaba de tarde en tarde que las placas tectónicas se estaban moviendo bajo sus pies. Que se abriría un escenario inédito. Que todos tendrían que adaptarse a lo que iba a surgir. Y en el fondo, todos se preguntaban si, en ese nuevo mundo, quedaría un huequillo para Luciano y su tomatera. Luciano y su tomatera, aquella referencia que no cambiaba nunca. Si el propio Luciano llegó a preguntárselo, nadie lo sabe. Si tenía una procesión de inquietud, desde luego que le desfilaba por dentro, porque en aquellos días de incertidumbre, de reajuste, en los que los cambios planeaban por el aire sobre su visera de Inmobiliarias Paqui, Luciano permaneció inconmovible, as usual, mirando la sempiterna tomatera.

Sólo cuando todos salieron de sus casas el domingo, a la caída de la tarde, con noticias frescas en los umbrales de la boca, se le vio removerse en su silla de la Coca-Cola con algo parecido a la zozobra. Quizás mascó el tabaco (o el chicle) con un matiz que podría identificarse con la ansiedad. Hay quien jura y perjura que dejó de mirar la tomatera un segundo. Que este dato sea verdad o no, nadie lo puede asegurar, porque lo que sí aseguraron los heraldos fue:

-Todo sigue igual. Nada ha cambiado en Andalucía.

De modo que, al instante siguiente, Luciano ya estaba otra vez con la vista fija al frente. Treinta años más mirando una tomatera no era, en principio, algo descabellado.

***

Foto de portada: Tomates robledanos (Foto: Javi-Flickr)

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