Cosas que hicimos el día del eclipse

Camino en dirección al trabajo y solo me cruzo con personas que llevan las gafas de sol puestas. La luz que proyecta el sol esa mañana es extraña, oscura. No hay ninguna necesidad de ponerse gafas. Cada vez que se produce una intersección entre la trayectoria de una de esas personas y la mía, siento inquietud. Tengo la certeza de que no me he enterado de algún anuncio importante, como la declaración de una guerra nuclear. Esa mañana aún no he podido escuchar las noticias.

Durante un rato recuerdo la vez en que el edificio que estaba enfrente de mi casa apareció tirado en el suelo. En aquella ocasión también tuve sensación de guerra nuclear, pero luego recuperé una carta muy extensa que una firma con logo de aspecto inmobiliario me había dejado en el buzón unas semanas antes. Como me había mudado hacía poco y no hablaba el idioma, tuve que introducir el texto a mano en el traductor de Google para poder interpretar su significado. Tardé cerca de una hora, pero ahí lo explicaban todo. Desde entonces trato de no posponer la lectura del correo postal, por si alguna vez mi arrendador me comunica únicamente por esa vía que me he quedado sin casa.

En esta ocasión, no he recibido ninguna notificación extraña, solo facturas. Aunque no hace mucho el ejército envió unas pastillas para tomar en caso de radioactividad si semejante situación de emergencia fuera confirmada en algún momento por la autoridad competente. Tal vez lo de las gafas de sol está relacionado y han dado el aviso en un idioma que desconozco. La débil luz genera una sensación cada vez mayor de irrealidad. Miro a los patos bañarse en la orilla del lago y pienso en un amigo al que le gustan los patos como seres vivos. Hace bastante que no nos vemos porque ahora vivimos en países distintos, pero hablamos a menudo, así que le envío un mensaje con el emoticono de un pato y en el reflejo de móvil veo una sombra en el sol. Me acuerdo del eclipse. Inmediatamente busco con la mirada en el cielo y echo pequeños vistazos furtivos a la estrella en cuestión, esperando sortear la ceguera.

En la hora álgida del eclipse subo con algunos compañeros a la azotea del edificio en el que trabajamos. Allí encontramos una mesa de reuniones improvisada alrededor de la cual el director financiero discute estrategias con otros representantes de la compañía. También llevan gafas de sol combinadas con trajes de distintos tonos grises, y de vez en cuando desvían la mirada del orden del día para presenciar la impertinente interposición de la luna entre el sol y ellos mismos.

Mis compañeros hablan en voz baja con otros empleados que han tenido la misma idea para no interrumpir la reunión. Escucho cómo una mujer explica que tiene hambre, pero que no puede comer porque está a régimen. Un chico que se ha impuesto la misma situación dietética de cara al verano le menciona los sándwiches de la cafetería. Ambos se cuentan cuál es su favorito y hablan sobre su pasión por la mayonesa durante un rato. Cómo interactúa con la consistencia del pan y cómo convierte en jugosos a los demás ingredientes. En un momento determinado, uno de los directivos se aleja de la reunión para fumar y participa en la catártica conversación indicando que a él lo que le gusta es el sándwich de atún, principalmente porque tiene forma de pez, lo que considera un detalle gracioso.

A la hora de la comida, paseo por un bosque cercano para aprovechar los últimos rayos de luz oscura con dos compañeras. De alguna forma, la irrealidad de la luminosidad parece haber hecho a la gente proclive a compartir experiencias. Una cuenta cómo está intentando ayudar a mudarse a una amiga que vivía con un hombre que después de ser su pareja durante un año dejó de hablar de repente hasta que finalmente desapareció llevándose consigo muchos muebles. La otra cuenta cómo salía con un individuo que no quería categorizar su relación como pareja porque argumentaba no creer en las taxonomías, pero que se definía a sí mismo con el término “flexitariano”, que significa ser una persona vegetariana flexible que come carne en ocasiones especiales. Organizamos unas cervezas urgentes para la próxima semana, porque las salidas de emergencia siempre ayudan a trivializar embrollos.

Durante todo el día intercambio impresiones en formato digital con amigos de siempre. Estamos todos en distintas partes del mundo, así que podemos hacer una cobertura amplia del suceso. Cuando emigré, los compañeros de trabajo me decían que al principio se mantienen las amistades en los países de origen, pero que poco a poco las personas se van distanciando y cayendo en el olvido. Me alegro de no haber confirmado esa tendencia de momento. Uno de los amigos de siempre recuerda que esa noche va a haber una luna muy grande y acordamos que tenemos que ir a verla en nuestras respectivas ciudades con los amigos de ahora. Nos referimos a las personas a las que apreciamos en nuestras nuevas circunstancias geográficas, con las que construimos nuestro nuevo contexto y a las que al principio nos parecía que no íbamos a encontrar nunca porque a estas alturas de la vida estamos demasiado especializados en chorradas y cada vez es más difícil compartir entusiasmos. No contábamos con que, paralelamente, cada vez nos resultara más sencillo conectar a nivel humano.

Así que esa noche me encuentro con varios amigos. Miramos hacia el cielo, pero la luna no está. Escribo a mi amigo diciendo “la luna no está” y me contesta “aquí tampoco”. Aun así, las mareas continúan y nosotros giramos entre la gente haciendo piruetas sorprendentes y pasándolo bien.

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