Historias de becarias

Marta tiene 21 años y cursa el tercer año de la carrera de Periodismo. Trabaja en un diario online madrileño, una pequeña redacción de unas quince personas, contando otras tres becarias. Trabaja, pero no tiene ningún contrato laboral donde reclamar unas condiciones de trabajo dignas, lo suyo es –le han dicho en el servicio de orientación para el empleo de su universidad- una experiencia formativa. Hace seis horas los lunes, que no tiene clase, cuatro los martes por la mañana antes de ir a la universidad, y cinco horas más las tardes de los miércoles, jueves y viernes, porque esos días tiene clases por las mañanas.  Cobra –aunque no es un salario, sino una “ayuda al estudio”- 300 euros al mes por 25 horas semanales, por debajo de tres euros la hora. Es becaria y entró en la universidad el año del tasazo, pagando casi 1.500 euros por su primer curso. Vive en casa de sus padres, a una hora de la universidad y a 45 minutos de su trabajo, por lo que pasa horas en el transporte público y paga un abono cada vez más caro. Los fines de semana apenas se permite ir al centro: tiene que sacar tiempo para estudiar y no perder la beca.

Marcos tiene 25, se licenció en Derecho y tiene un máster en Derecho Mercantil. Bueno, casi: se dejó una asignatura de tres créditos sin examinar, como le sugirió el despacho en que empezó a trabajar el verano pasado, para poder seguir siendo becario. Cobra 500 euros al mes y, según el convenio que la universidad pública donde estudió firmó con el despacho, su jornada es de ocho horas. Convenio, y no contrato, porque sobre el papel las becarias no tienen relación laboral alguna con la empresa. Hay días en que trabaja hasta doce horas, y algún compañero de trabajo le anima diciéndole que es señal de que está tomando responsabilidades en la empresa. Marcos siente cierto orgullo por esa responsabilidad, pero no entiende por qué si su trabajo es tan importante tiene que seguir pidiéndole dinero a sus padres para pagar el alquiler. Sabe que la suya es una beca fraudulenta y lleva meses recopilando pruebas, pero no se ha decidido denunciar al despacho porque cuando se acabe su periodo máximo como becario –un año en el puesto-, tiene esperanzas de que le contraten. Haría las mismas jornadas  interminables, pero al menos se acercaría a un salario de mil euros netos.

Paula es graduada en Marketing y Finanzas y tiene 24 años. Es “gestora estratégica” de un pequeño hotel en el centro de Madrid desde hace dos años, o así se describía el puesto en la oferta que encontró en la bolsa de empleo de su universidad. Como ya había terminado su carrera, tuvo que matricularse en un curso formativo online en contabilidad, que le costó 500 euros (por acceder a 100 páginas de PDF y hacer unos test por internet), para poder ser becaria. En realidad hace un poco de todo, porque en el hotel sólo está el dueño –que apenas se deja ver a media mañana-, una mujer colombiana que hace el servicio de habitaciones y sirve las comidas, y un cocinero para el restaurante. Contabilidad, reservas, redes sociales, recepción,  identidad corporativa… toda la gestión le corresponde a ella, que hace un turno de 10 días seguidos y descansa cuatro, con jornadas laborales de 9 a 21. Al principio sólo contaba con una ayuda al transporte, pero después de tres meses dijo que o empezaba a cobrar o se iba.

Después de meses trabajando con su segunda beca, Marta se ha dado cuenta de que si sus condiciones son pésimas es porque su universidad ha firmado un convenio con la empresa que lo permite. Marta participa en un colectivo estudiantil que se está coordinando con otros y, tras meses de trabajo con abogadas y activistas contra la precariedad, han hecho llegar a los rectorados propuestas con buenas prácticas para terminar con los abusos. Han decidido combatir la precarización desde la universidad, saben que es un camino largo, pero también saben que aunque sola no puedes, con amigas sí.

A Marcos sólo le quedan dos meses de beca y el contrato no llega. Cuando pregunta le responden con vaguedades y él está harto de tener que pedir dinero a su familia para sobrevivir. Aún no ha decidido nada, pero ha pedido cita en una asesoría legal gratuita. Denunciar el fraude que padece a Inspección de Trabajo o a un juzgado son opciones que cada vez ve más cerca.

La relación de Paula con su jefe ha empeorado y ya no intenta hacerse el enrollado, pero ahora cobra 1.400 euros y tiene contrato laboral. Denunció su fraude a Inspección de Trabajo a través de una asociación que la asesoró y fue regularizada de oficio. En una semana se va de vacaciones a Italia, en parte gracias a los ahorros que ha conseguido con la integración de salarios de su periodo de becaria que también hizo Inspección de Trabajo.

Marta, Marcos y Paula saben lo que se puede y lo que no. Saben que no se pueden tolerar las condiciones de servidumbre que implican las becas. Saben que se puede luchar contra ello, desde la política y desde el derecho laboral. Y saben que, aunque veces no todo sale, sí se puede.

Marta, Marcos y Paula son nombres ficticios, igual que muchos detalles de sus historias. Pero todo lo que han hecho ellas puede hacerse y se ha hecho. En la Oficina Precaria llevamos tiempo trabajando en ello. Nomasbecasportrabajo.org

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En el país de los parados, el precario es el rey (Foto: Lorena a.k.a. Loretahur-Flickr)

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