Para los restos

El próximo día 9 de abril se pone a la venta el libro Campos de retamas, de Rafael Sánchez Ferlosio. Para quienes no lo hayan leído, es este un pensador profundo y esencial que rehúye los tópicos y las superficies como un Adorno o un Max Weber (él diría que no, que ellos son infinitamente más sistemáticos que él), que emplea la lengua castellana con una precisión y una complejidad diabólicas, y que siempre logra sacar de cada reflexión otra reflexión que ahonda en la anterior y la supera. Elude las tesis absolutas y en sus más espléndidos ensayos el pensamiento se desboca mientras el lector, exhausto, trata de seguirle el ritmo a medida que aumenta con ello su propia capacidad mental. Un hombre que ha evitado cualquier ideología o clasificación, y del cual recomiendo vivamente Non olet, Las semanas del jardín, God & gun, o Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado.

El libro que se publica ahora reúne todos sus pecios (o ‘pecíos’, según Agustín García Calvo): textos breves a medio camino entre el apunte y el aforismo. ‘Pecio’ significa ‘restos de un naufragio’.

Valgan estos pecios míos –bastante inferiores a los suyos, por lo demás– como homenaje a uno de los autores más reconocidos, pero no por ello más leído, del pensamiento contemporáneo.

(Sobre el nihilismo de nuestro tiempo)

La figura del moderno desencantamiento del mundo bien podría encarnarse en ese hombre o mujer de edad mediana, en la cima de su éxito o de su carrera laboral, que, en la noche de una fiesta, ligeramente bebido, contempla las estrellas y se percata de que, esté en donde esté (Madrid, un pueblo de la Mancha, París o Las Bahamas), el rito de comer, beber y seducir a algún otro ejemplar del sexo opuesto es siempre el mismo salvo en lo cambiante del decorado. ¿Qué importa dónde se desarrolle el ocio nocturno, si este es ya un eterno gesto vacío? ¿Qué se pretende llenar con el fin de semana, una semana de agosto o una copa más a las cuatro de la madrugada, sino satisfacer una inercia insatisfactoria? Cuando ese ser humano bebido y hastiado se dice a sí mismo “mi vida no tiene sentido”, nota en su corazón un oscuro placer. “He descubierto algo profundo, algo que los demás no sienten”. Y gracias a esa reversión del espanto en un reconfortante narcisismo, el moderno nihilismo asegura también la sumisión de sus obreros a la estructura económica dominante.

(Amor y odio)

Todos los buenos sentimientos que puedo concebir, incluyendo algún atisbo fatuo de justicia, incluyen en sí mismos la despreocupación; o sea, el olvido, la entrega al presente, el goce que se vive sin convertirse en miedo ni consigna. Esa risa espontánea que nadie esperaba; el abrazo repentino y hasta incómodo hacia el amigo que se va. Nada que emocione verdaderamente puede ser previsible. Incluyo en esto sin piedad todo tipo de estética o de obra de arte. El odio no es (parafraseo a Wittgenstein), desde luego, un sentimiento verdadero: nadie puede odiar con una ciega pasión desinteresada. Pero uno sí ama sin saber por qué.

(Miseria del relativismo)

Cada vez que leo “para gustos, los colores” o “cada uno tiene sus gustos”, me dan ganas de replicar: “Todos tenemos el mismo gusto siempre, lo que pasa es que algunos no lo saben y viven equivocados”.

(Psicoanálisis del tú)

El pronombre yo se ha semantizado, pues ya la psicología habló de “el yo” hasta convertirlo en sustantivo. En cambio, parece que “el ” no llegará nunca a hacerlo. ¿Estigma de una época egocentrista, o sencilla imposibilidad pronominal?

(El fin arruina los medios)

Al igual que la educación se inutiliza si lo único que se persigue con ella es examinarse para aprobar, la vida sexual se vacía a sí misma si su único y ciego objetivo es llegar al orgasmo.

(La alegría de la culpa)

Nada en este mundo tan placentero como la culpabilidad ajena bien demostrada y asumida. ¡Con qué supremo gozo podemos cebarnos con los malos, cuando estos se merecen el castigo de manera tan absoluta como inapelable!

Mérito genial –y por completo asombroso– de Freud el sospechar que en todo este placer ocupa algún espacio el narcisismo vengador del sujeto que juzga. Quizá por eso en nuestros días, tan dados a culpar a todo el mundo, semejante sospecha se suele ocultar, o desprestigiar, lo más posible.

(Fin de la lucha de clases)

Debido a una nada inocente inercia, las únicas clases que ahora se unen son las de los ricos. Hecho tanto más curioso cuanto más proclaman estos su libertad liberal dentro del sistema. He visto a gente que, al borde del desahucio, lamentaba haberse metido en la hipoteca como un gravísimo error de bulto. Lo habían perdido todo y poca esperanza tenían. Pero no he visto jamás a un director de Banca hundido moralmente tras el rescate por parte del estado de su ruinoso banco: al contrario, suelen anunciar, solemnes pero sin perder estatus, tiempos sin duda mejores para sus finanzas. Porque –he aquí algo tan bonito que suena a conversión religiosa–, según dicen, han “aprendido la lección”. Y jamás acusan a un compañero, siquiera uno de los que opera a millones de kilómetros, de cometer prácticas ilícitas.

(Glosa al anterior)

Quizá la traición ya solo ha lugar cuando el delator confía en su acusación para ascender. ¿Y adónde asciende los que lo tienen todo, o cometen los mismos dislates que sus superiores?

(La publicidad y el mal)

Las abstracciones filosóficas se toman su revancha con respecto a lo social. En vez de “una chica desnuda”, el anuncio supone “un uso sexista del cuerpo femenino como reclamo”. Pero lo escandaloso no es que se use un cuerpo como reclamo (¿reclamo de qué?, podría preguntar alguno), sino que cualquier otra cosa usada como reclamo (por ejemplo, una familia ideal que desayuna en una cocina luminosa y amplísima) se neutraliza, se considera buena y natural. Como si en lo segundo no hubiera más mentira, más ideología, más miseria. Que la mujer exhiba su cuerpo a cambio de dinero; que los actores se presten a semejante farsa a cambio de dinero: que ambos estén seguros de hacerlo. Eso es lo ofensivo, lo que a una persona sensible podría dolerle. Pero a las feministas de la abstracción no les interesa lo evidente, sino sólo aquél aspecto de anuncio que podría darles un poco más de razón para su causa.

(Contra los maestros)

Desde siempre me han espantado los maestros; más todavía si éstos respondían a un supuesto discípulo con frases que lo dejaban descolocado. O le daban la respuesta a todas las cuestiones. Por ejemplo (lo tomo de uno de esas cadenas de correos infames que se expanden por ahí): “Estoy bajo de ánimo, maestro, ¿qué debo hacer para sentirme mejor?”. A lo cual el maestro contesta: “Ayuda a los demás”. No sé qué me irrita más, si lo barato de semejante sabiduría, o el tono, seguro que sobrado de aquiescencia consigo mismo, con que suelta el maestro una banalidad de tales proporciones.

Quizá por eso me cayó tan mal Sócrates durante mis años en el bachillerato; hasta que un día descubrí cómo, muy a pesar de Platón, el verdadero Sócrates seguramente no enseñara nada de nada, más que a preguntarlo todo.

(Los tres vicios)

De los siete pecados capitales, sólo la avaricia, la soberbia y la pereza parecen exclusivamente humanos. Un animal puede experimentar ira, puede sentir el placer de la lujuria, puede hartarse a comer con gula y hasta notar –según se ha comprobado– envidia de sus congéneres. Pero la avaricia y la soberbia son exclusivamente humanas porque solo los hombres planean ganar más de lo que necesitan para sentirse superiores al resto (el animal que envidia no se siente superior, tan solo desea). De hecho, la pereza es sólo la acusación moral más ruin y necesaria que el soberbio avaricioso le reprocha al que no quiere trabajar para él.

(Nacionalismos)

Las patrias, las fronteras, son hijas de la sangre y de la guerra. Cuando un independentista habla del “derecho a decidir” de los pueblos, lo que se salta por el camino es que, por lo visto, ser de un pueblo y ser de otro, es algo que no se puede decidir. ¿O sí? Si uno decide a libre arbitrio de qué pueblo es, la cosa se convierte en un partido de fútbol, o en un envite para ver quién va a ganar. O sea: en una cuestión de conveniencia pugilística. Cutre patria ésta que depende de cómo se coticen sus intereses.

(Neojerga)

No sé cómo puede alguien decir “competitividad” sin sufrir un aneurisma. Puede decirse en broma, puede citarse hasta de un periódico. Pero, ¿decirlo en serio? ¡Nunca!

(La neutralidad del emprendedor)

He observado que la palabra “emprendedores” puede suprimirse de cualquier titular o frase sin merma ninguna para el sentido de lo que quiere decirse. Como buen epíteto de naturaleza puramente ideológica, no añade ninguna información. “Dos emprendedores crean la primera empresa de venta de vello púbico” significa lo mismo que “dos amigos abren la primera empresa de venta de vello púbico”; o, más sencillamente “abren la primera empresa de venta de vello púbico”.

Y estoy convencido de que tal empresa sería un éxito, si no fuera porque también estoy convencido de que ya está inventada.

(Autobiografía involuntaria)

Los planes vitales de alguien dicen más sobre ese alguien que sobre la esencia (sea esta cual sea) de sus planes (por elaborados que estén).

(El falso espíritu)

A diferencia del cristianismo, o de la estética, o del comunismo, el capitalismo no es una ideología trascendente. Si bien podemos imaginar que un hombre, a causa de una experiencia, vea la luz, se arrodille en el suelo, llore sin que pueda evitarlo y a partir de ahí crea en una revelación cristiana (“sentí a Dios”), o en el arte (“y sentí en mí la belleza”), o en el comunismo (“sentí el deseo de ayudar a los parias”), tal cosa no es posible en el capitalismo (“sentí el placer de la ganancia” suena a cinismo o a perversión, y desde luego nadie lloraría por ello de rodillas). Pues el Capital no aspira a una transformación del ser; no le ofrece a la humanidad un futuro glorioso, ni al individuo una experiencia que lo redima, más allá de la fama o la posesión efímeras. En verdad no aspira a nada, sino a confirmar las premisas que él mismo ha escogido como al azar. Los hombres, bajo su yugo, no encuentran salvación alguna, ni disipan sus miedos más hondos; a lo sumo, el trance de perecer les resulta menos molesto, porque rehúyen enfrentarse a ello. La muerte es el gran tabú de la sociedad capitalista.

(Motivos para el asesinato)

Cuando alguien mata a alguien, lo primero que nos preguntamos –y así están hechas las noticias, cuando de estos asuntos informan– es por qué. Parece como si la causa resolviera un misterio, o nos quitara de encima una ciega angustia. Matar por dinero; por amor; en defensa propia. Los hombres que lo hacen son asesinos, sin más. Matar por nada es estar loco. No se me ocurre mayor argumento contra aquellos que intentan averiguar cuál es la Naturaleza Humana, dando por sentado que ésta existe. A los animales les toleramos que hagan cosas sin saber por qué: eso es naturaleza. Los hombres que hacen las cosas sin saber por qué nos parecen monstruosos, sobrenaturales.

(Sobre las víctimas)

Las asociaciones de víctimas, de cualquier tipo, dicen estar unidas en torno a su dolor. Mentira. La pérdida de un hijo, por ejemplo, no es la pérdida de un hijo para todos: resulta imposible asumir que un accidente de coche, un rayo de caída infortunada, o un tiro en la nuca, pertenezcan al mismo hecho irreversible, y objetivo, de ‘perder un hijo’. Las víctimas del terrorismo actúan contra el terrorismo; las víctimas del cáncer actúan contra el cáncer; pero las víctimas de los rayos sueltos se enfrentan a un enemigo más metafísico. Y sin duda resultaría bastante irónico que toda una familia se dejara entrevistar en televisión, o hiciera una colecta, o impartiera clases acerca de prevenir la caída de los rayos en la propia cocotera.

Lo que une a las víctimas (y lo que las autoriza a clasificarse en diferentes estatus) es el odio hacia el verdugo, no el dolor.

(Poderoso caballero…)

Un presentador pederasta de la BBC, cuyo nombre ni recuerdo ni viene al caso, falleció a los 84 años; y sólo un mes o dos después se desvelaron sus ingentes abusos a decenas de menores. Ahora, por lo visto, esos menores ya crecidos exigen a la propia BBC, y a los herederos del presentador, una compensación económica por el daño moral causado. A ver si entiendo bien la cosa: alguien se acostó con ellos, o los tocó, o lo que se terciase, ¿y ellos piden a cambio dinero una vez ha fallecido?

¡Que alguien me distinga esto de la prostitución retroactiva post-mortem!

(La nostalgia y la persistencia de la memoria)

Lo terrible del amor, al comenzar, reside en cómo va fijando el tránsito de su propia esencia futura: como el resplandor de la cola de un cometa que quedase, durante unos segundos, fijado en el firmamento. Pues sólo conocemos a la mujer que nos amará en un momento concreto, en un día bien numerado, en una circunstancia que ya no puede repetirse. Cualquier otro encuentro posterior sólo redunda en lo que ya había comenzado.

Pero, como estas definiciones del destino cumplido sólo pueden aplicarse a posteriori, cuando la ‘historia de nuestro amor’ ha contraído su deuda artificial con la estructura que le impone la memoria, en el momento en que definimos esa “primera vez” nos hallamos inevitablemente encerrados en la jaula del ‘Tiempo que jamás regresa’. Entonces el misterio es temporal, no amoroso; pero quien padece de tales dolores no los sufre a través del intelecto, sino a través del espíritu.

(Duda teológica)

¿Por qué “más allá de la vida” o “más allá de la muerte” se consideran expresiones sinónimas, si el significado de la primera es el perfecto antónimo de la segunda?

(Reflexión sobre la historia de nuestras vidas)

“Estoy viviendo una ficción de la cual soy el protagonista; y es una ficción pésima, por cierto”.

(Justicia)

Desear, para los malos, lo malo; para los buenos, lo bueno. Lo extraño es que en esta polaridad habitual, casi nunca se presenta el “no desear nada” para nadie, ni para los buenos ni para los malos. Basta con que uno piense que, entre los malos, esto de desear el mal es cosa común; en cambio, los buenos –salvo que sean muy bobos y deseen lo bueno para todo el mundo–, si de verdad lo son, suelen adscribirse más al ‘no desear’. Poco se imagina uno a una persona excepcional, apacible, serena, henchida de verdad y de raciocinio, diciendo: “Deseo que mueran entre insufribles dolores todos los hijos de puta”.

***

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2 Respuestas a “Para los restos

  1. Buenísimas casi todas las reflexiones Javi. Me quedo con la de la clase obrera. Pero me mataste con la del emprendedor. Enhorabuena.

    Y ahora tendré que leer a Sánchez Ferlosio, claro. ¿Por dónde empiezo?

  2. Muchas gracias Miguel Ángel.

    En contra de lo que opina Savater, a mi juicio el señor Ferlosio deslumbra de verdad en los ensayos de largo alcance, pero así de primeras resulta tal vez demasiado abrumador. Supongo que “Campos de retama” será de fácil y agradecida lectura; pero hasta que me lo compre esta semana no podré recomendártelo con plena conciencia de ello.

    De modo que así, de primeras, te diría que satisficieses tu curiosidad con “Sobre la guerra”:

    http://www.casadellibro.com/libro-sobre-la-guerra/9788423339464/1126384

    Se trata de una recopilación de artículos variados sobre la guerra y la historia. No han perdido ninguna vigencia (al contrario).

    Y, si este te gusta, tírate a la piscina y a por el gran “Non Olet”:

    http://www.casadellibro.com/libro-non-olet/9788423342846/1804306

    Pero vamos, para mí es de esos autores en los que uno, si entra en ellos, se sumerge en toda su obra para no salir de ella nunca.

    Un abrazo!

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