Juego de tronos en Hispaniente

Ya se escucha el ruido de sables en Hispaniente. Las familias más poderosas al sur del muro de los Pirineos se preparan para la batalla por el trono de hierro que se librará a finales de año. Será la más intensa de las últimas décadas, dicen los que saben de esto. Pero ningún aspirante al trono con altura de miras y ciertas dotes maquiavélicas se  enfrenta a sus rivales sin antes medir sus fuerzas. Por eso, antes de que llegue el invierno, los jefes de cada una de las grandes familias enviarán a algunos de sus mejores hombres a luchar por hacerse fuertes en los cuatro puntos cardinales de los diecisiete reinos. La batalla promete ser épica.

Los cronistas relatan que una lucha similar se libró hace más de mil días en todos los territorios, pero poco o nada se parece lo que se vio entonces y lo que se espera para las próximas fechas. Corrían tiempos difíciles para el rey Zapatero de Talante, de la casa de la Rosa. Sus súbditos le habían mostrado su confianza en dos consultas reales, pero la falta de trabajo y jornal unida a la ciega obediencia que mostraba a los reyes de lejanas tierras más allá del muro, provocaron que muchos le dieran la espalda y le acusaran de olvidar todo aquello que el linaje de la Rosa significó una vez.

Sus rivales se frotaban las manos. Los más fuertes, la casa de la Gaviota, que durante años y años se había alternado en el poder con La Rosa, sabían que lo mejor era esperar a que el rey Zapatero se debilitara cada vez más y la victoria llegaría casi sin derramar sangre. Cuando falta el trabajo y no hay monedas en los bolsillos, el pueblo llano siempre recurre a ellos. Siempre ha sido así y siempre lo sería. Pueden ser duros, pero solo ellos saben gestionar el reino “como los dioses antiguos y los nuevos mandan”. Por eso dejaron de lado las intrigas palaciegas, e incluso la Condesa Esperanza, la más rebelde, se puso a las órdenes de un hombre conocido por sus repetidas derrotas. Ni siquiera un caballero gris como Mariano de Plasma podía sucumbir en tan sencilla contienda.

Y así transcurrían las cosas cuando pasó lo inesperado: el decimoquinto día de mayo, mientras unos y otros buscaban ganarse el apoyo de la plebe con las promesas de gloria que siempre abundan en la antesala de las batallas, ese mismo pueblo llano les dio la espalda y tomó las plazas de la península de Hispaniente censurándolos a todos. Y se quedaron ahí. No solo se quedaron, sino que empezaron a organizarse al margen y a discutir asuntos de los que Rosas y Gaviotas nunca hablaban. El desconcierto en los aledaños del palacio era notable, pero ni la llegada de la Guardia Real ni la sagrada norma de guardar reposo en la víspera del combate parecían doblegarlos. Sin embargo, el gran día llegó y los guerreros enviados por Mariano de Plasma destrozaron a la casa de La Rosa haciéndose con un poder como hacía mucho que no se veía por aquellas tierras. El mapa de Hispaniente se coloreó de azul y al poco tiempo los insumisos se replegaron para comenzar a abrazar luchas menores en las que sí podían vencer. Daba la impresión de que el reino volvía a la normalidad, pero en realidad había cambiado todo.

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Casi un lustro después, y tras más de tres años de gobierno de Mariano de Plasma (los sabios cuentan que en alguna lengua muerta significa “el que aguanta”), solo los locos se atreven a decir que las aguas están calmadas. Las promesas de prosperidad de la Casa de la Gaviota no se han materializado, la obediencia a los reinos germánicos de más allá del muro se ha tornado en devoción y el pueblo anda alborotado. Muchos han descubierto que la justicia que les trata a ellos no es la misma que la que se imparte a la nobleza y que los dragones de oro suelen quedarse entre los que merodean alrededor de los mentideros del poder. Las casas de La Gaviota y La Rosa despiertan desconfianza cuando no odio y los competidores ya no son masas ilusionadas pero inocentes, sino adversarios armados y dispuestos a asaltar el trono de hierro en el Desembarco del Manzanares.

En La Casa de la Rosa parecieron entender antes que un tiempo nuevo había llegado a Hispaniente. Si Zapatero de Talante abdicó en favor de la Mano del Rey, un veterano noble curtido en mil batallas palaciegas, éste supo que debía dar un paso atrás y cedió el trono de la Rosa a Pedro el Guapo, un caballero joven y apuesto cuyo principal mérito en la guerra es precisamente no haber participado en ninguna. Su mayor victoria hasta el momento se la brindó su gran rival por el trono de la Rosa, Susana de Andalucía, que con astucia supo defender su vasto reino del sur atacando a sus rivales antes de que pudieran armar un ejército capaz de derrotarla.

Mientras tanto, el rey Mariano se aferra a su trono. Las malas lenguas de Desembarco del Manzanares cuentan que apenas abandona su castillo y que poco a poco ha ido perdiendo la cordura. Dicen que desconfía de todo aquel que le trae malas noticias y se ha fabricado una realidad a su medida en la que Hispaniente progresa a toda máquina y la abundancia reina en cada rincón de sus dominios. Por esta razón son muchos los que le han abandonado, y entre los mercaderes y el Banco de Hierro han empezado a mirar hacia el norte. Del reino de Cataluña, tierra rebelde donde no suele gustar seguir las órdenes del desembarco del Manzanares, llega un ambicioso unionista que despierta simpatías entre el pueblo al mismo tiempo que se gana el favor de los poderosos.  Rivera el Liberal, piensan, puede conseguir el equilibrio entre la sangre que reclama el pueblo y la estabilidad que buscan los notables.

Porque si de sangre hablamos, a raudales la propone un hombre con coleta que en poco tiempo ha conseguido ganarse el favor de gran parte del pueblo. Su promesa: tomar el trono por asalto y devolverle al pueblo lo que es suyo. Apoyándose en el espíritu de las revueltas de mayo, Pablo de Venezuela o Pablo de la Gente (dependerá de a quién se pregunte) ha conseguido aglutinar a rebeldes de todo pelaje, desde sabios hasta alborotadores, para que le acompañen en la difícil empresa de derrocar a la Casa de la Gaviota sin el apoyo del Banco de Hierro de Braavos. La leyendas que corren por todo el reino dicen que podría tener dragones y usarlos para vencer y dar de comer al hambriento, pero también que solo busca el apoyo del pueblo para nacionalizar el trono e implantar un régimen del terror.

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Pero como decíamos al principio, solo un guerrero imprudente, y como tal un indigno aspirante al trono, desplegaría todo su arsenal en la primera batalla sin saber las fuerzas del otro. Y si las Casas tradicionales tienen experiencia, la Casa Naranja y la Casa del Círculo han demostrado ser excelentes estrategas. Por eso se han apresurado a reunir ejércitos que se puedan batir el cobre de norte a sur en trece de los diecisiete reinos en una lucha que tendrá lugar en menos de cincuenta días. Hispaniente aguarda ansiosa descubrir si tras la palabrería para agradar a la plebe en las plazas de verdad se esconden linajes con capacidad de tomar el poder de los tronos locales, o si por el contrario las casas de La Rosa y La Gaviota sabrán resistir mejor de lo que  los conspiradores de palacio auguran.

Se avecinan combates épicos. Los barones y baronesas de La Gaviota tendrán que defenderse en casi todas partes del ataque de lo viejo y lo nuevo en  la cruzada más abierta que los cronistas recuerdan. Ni siquiera feudos con un dominio milenario como El Desembarco del Manzanares o el virreinato de Levante parecen a salvo. Muchos de los más veteranos guerreros, como Valcárcel de Cartagonova no se vieron con fuerzas para afrontar la batalla, mientras que resuenan con fuerza nombres nuevos como Echenique de Aragón. Tierras en eterna disputa como el ducado de Nafarroa parecen estarlo más que nunca y hasta la capital llegan poetas y sabios de la filosofía con intención de frenar el dominio de la Condesa de la Esperanza y sus aliados.

Disputas épicas, rendiciones deshonrosas y alianzas inesperadas nos aguardan. Corren tiempos de inquietud en palacio y pasión en las calles. Solo los dioses, antiguos y nuevos, sabrían decirnos lo que pasará, pero será difícil aburrirse en Hispaniente.  

Que empiece la batalla.

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