Party Rock

La colchoneta es cálida y resbaladiza. Marcos se inclina hacia adelante y coloca los brazos como ha insistido el profesor, intentando mantener el cuerpo flexionado, pero a los pocos segundos las fuerzas le fallan y se derrumba de nuevo. Aparte de cálida y resbaladiza, la colchoneta es pegajosa; puede sentir cómo el plástico barato del Decathlon se adhiere a su cara como una segunda piel. Goterones de sudor le resbalan por la frente mientras una versión tecno-hardcore de una canción de PSY le perfora los tímpanos y hace que la cabeza le de vueltas.

Marcos no se ha cuidado mucho en los últimos años. Cree que su decadencia física empezó durante la Erasmus. Todas aquellas noches de fiesta y comida basura marcaron un antes y un después para su entonces joven organismo, que salió transformado de tan decadente experiencia. Desde entonces, la vida sedentaria del trabajo de oficina y los videojuegos y series que consume vorazmente al llegar a casa tirado en el sofá le han convertido en un débil ser humano de carne blanda y flácida. Aunque suele cenar ensaladas, sigue metiéndose comilonas de vez en cuando en el grasiento restaurante de al lado del trabajo, y acompaña sus sesiones nocturnas frente a la tele de dos o tres cervezas como mínimo.

Y lo nota. A pesar de haber sido siempre de complexión delgada, le ha salido una incipiente barriga que intenta disimular como puede en las fotos manteniendo la respiración. Además, es obvio que tiene una frente cada vez más amplia y que las entradas se le han ensanchado peligrosamente (“parece que has crecido de cara”, le comentó sin un atisbo de ironía su abuela la última vez que se vieron). Se cansa enseguida. No está seguro, porque hace meses que no duerme con nadie, pero cree que esos extraños sonidos que de vez en cuando le despiertan por las noches son sus propios ronquidos.

Sin embargo, ahora se arrepiente de haberse dejado convencer tan fácilmente por sus compañeros de trabajo para probar las clases de tonificación muscular en el gimnasio de al lado de la empresa, en vez de unirse al grupo que sale a bailar salsa los jueves (actividad que, además, permite “conocer gente”). Marcos era más feliz cuando su aspecto físico no le resultaba una preocupación constante. Ésta es la tercera vez que va y siente que todos y cada uno de los músculos de su cuerpo están a punto de estallar. A su lado, la sudorosa cara de otro de los participantes le dedica una sonrisa de éxtasis mientras el profesor, cuyas mallas verdes a Marcos le provocan mareos, ordena un cambio de posición para hacer flexiones.

“VaaAAAMoosss”, resuena en las acristaladas paredes de la sala, donde alrededor de veinte personas mueven sus cuerpos al ritmo de la música. Marcos no puede más y, mientras todos se tumban para empezar obedientemente el nuevo ejercicio, apoya las rodillas en la colchoneta y adopta la misma posición que el resto aunque se queda inmóvil, intentando recuperar la respiración y pasar desapercibido. “Eeeh, VaMOSsss, el de allí, ARRIBA ESE CUERPO, UNO, UNO, DOS, DOS”. Le han cazado. El entrenador de las mallas verdes se acerca dando ágiles saltos hacia Marcos, y comienza a dar palmas (que son como latigazos de sonido) a escasos centímetros de su cara.

Siente las miradas inquisitoriales de las otras veinte personas sobre él. Cuerpos fibrosos, perfectos y bronceados que le observan (mi calva incipiente, mi tripa y mis flácidos músculos, piensa) mientras intenta lastimosamente alzar las rodillas y aplicar la fuerza necesaria a sus doloridos brazos para levantarse del suelo. Ahora suena LMFAO, una versión hiper-vitaminada de Party Rock Anthem, y Marcos se acuerda del videoclip, en el que una masa informe de zombis bailarines sacados de un anuncio de Adidas se mueve histéricamente mientras escucha Spotify en smartphones de última generación (algo que, de forma casi inconsciente, le parece una metáfora bastante acertada y deprimente del mundo en el que le ha tocado vivir).

VAmoss, jOdeR, teNgo que moVEr loS PUTOS BRAZOS, piensa, y cada palabra cruza su mente dejando un rastro de dolor. Poco a poco, consigue levantar su cuerpo del suelo. “¡VENGA, DE NUEVO, HOP, HOP, HOP, HOP!”. Hace una segunda flexión, que hace que sienta que los ojos se le van a salir de las cuencas de un momento a otro. “¡ÚLTIMA, ÚLTIMA, ÚLTIMA!”. Haciendo un esfuerzo sobrehumano y superando todos los límites que jamás hubiera pensado cruzar, Marcos culmina el tercer movimiento con un grito de triunfo, y se derrumba sobre la colchoneta, exhausto. El profesor aplaude y vuelve a su puesto de comandante al frente del grupo de alumnos para informar de que la clase ha terminado.

Marcos entra a las duchas tambaleándose y cierra los ojos mientras el agua hirviendo le abrasa la piel. Algún hijo de puta ha vuelto a dejar la manivela al máximo, piensa, aunque la verdad es que el calor le sienta bien y reprime el gesto instintivo de regular la temperatura. ¿De verdad es tan importante cuidarse? Al fin y al cabo, tiene solo 29 años. Está en la flor de la vida. Con una dieta algo mejor y los avances de la ciencia, podrá vivir al menos un siglo. Lo que necesita es mejorar su vida social. Conocer a alguien, compartir gustos, aficiones. Dejar de preocuparse por su aspecto físico. Pasar menos horas sentado delante del ordenador. Terminarse por fin la biografía de Steve Jobs que empezó en Navidades. Ver más a sus amigos.

Ver más a sus amigos, sobre todo. Eso estaría bien.

– ¡Hey, tío! -le comenta, alegre, uno de sus compañeros al salir- ¿Vendrás a la próxima sesión a darlo todo, no?

– Joder, no -responde Marcos, tajante- Creo que esto no es para mí. Voy a tomarme un tiempo de descanso, ¿sabes?

Y no miente. Va a tomarse un tiempo de descanso.

Hasta la semana que viene, concretamente.

Porque la semana que viene toca salsa, y Marcos no es de los que se rinden fácilmente.

***

Foto de portada: Miembros del ejército australiano se ejercitan durante la II Guerra Mundial (Flickr)

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