Mac Confesionario. Parte I

Abril de 2016, en un McDonald’s de algún lugar de Italia.

-Buenas noches, ¿qué desea?

La voz impersonal salió del interfono como una ráfaga que contribuyó a enfriar la noche. En el estrecho pasillo del McAuto, entre la caseta de ladrillo y los setos, bajo la luz cruda y pelada de unos tubos de neón manchados por dentro, no había ningún vehículo estacionado. Sólo, apoyada contra la pared terrosa de la garita de pedido, una mujer. Era joven. Flaca. Tenía la frente apretada contra el frescor del cristal tintado, acercando la boca cuanto más podía al redondel metálico por el que la voz tenía que hacer su travesía en el desierto, perforándose en el intento por millares de puntitos, como pasando a duras penas a través de un colador de malla apretada.

-Lo que sea. Deme lo que sea. Lo más barato. Pero que tenga sustancia.

Lo dijo en inglés. Con una voz que parecía haber visto mucho. Desfallecida, arrastrada en cada inflexión, pero determinante, dispuesta a no consentir en su cansancio ninguna tontería. Al otro lado, titubearon. Y sugirieron en la misma lengua:

-¿Una hamburguesa mini?

-¿Cuánto cuesta?

-Un euro.

-Démela.

En la bandejita metálica quedó depositaba la moneda. Fue recogida. Un minuto después, en la misma superficie fría y pulida reposaba un envoltorio grasiento, de forma ovoidal. Fue retirado. Todo con presteza. El trueque había concluido.

De pronto, por el interfono llegó un rumor confuso. El crujido de un papel al hacerse una pelotita. Unas mandíbulas masticando con furia. El zangoloteo de un tragar afanoso. El gruñido satisfecho y en sordina de quien está saciando a su estómago. Y, por fin, dedos lamidos uno por uno hasta la apuración.

-¿Sigue ahí?

-Sí.

Se hizo el silencio. Y un segundo después:

-Todavía tengo hambre.

-Dígame qué más quiere.

-No sé…

La eterna duda.

-¿Unas patatas?

-¿Son baratas?

-Sí… Serían 50 céntimos más.

-Está bien.

Y el intercambio volvió a empezar y también a consumarse en la bandejita metálica. Cuando ya había desaparecido el paquetito en el que florecían las patatas ardientes, doradas y supurantes de aceite, la bandeja volvió a ser empujada conteniendo una nueva ofrenda: un sobrecito de kétchup y otro de mayonesa. No duraron ni un segundo.

Se reanudaron los ruidos de la deglución. Al otro lado del cristal, carraspearon.

-Si viene algún coche, tendrá que despejarme el pasillo.

-No se preocupe.

Pero este compromiso no contentó a quien lo había pedido.

-¿No tiene otro lugar mejor en el que comerse eso?

-Realmente no. Este sitio es tan bueno como otro cualquiera.

El interfono exhaló una risa sardónica. Y la voz abandonó el corporativismo y se permitió el lujazo de franquearse.

-¡Já! No diría lo mismo si tuviese que pasar aquí toda la noche. Este sitio apesta.

-A mí me parece que está bien –respondió la otra voz, con esa extraña mezcla de suavidad que no admitía réplica.

-No me diga.

Al ser contradicha, la voz que surgía del interfono se puso rabiosa por momentos. Para cuando contestó, se había cargado de agresividad estática, como un papelito electrizado ante el roce persistente de un bolígrafo. Inflamada por ese combustible, prosiguió:

-Me gustaría verle aquí, aguantando a clientes a horas que no son de recibo y aburriéndose como una ostra el resto del tiempo. A ver si entonces este agujero le parecía tan genial.

-Es limpio. Y está tranquilo.

No agregó nada más. El argumento parecía irrebatible. La voz belicosa aún rezongó entre dientes.

-Si eso le basta…

-Sí. Es más que suficiente. Para el ser humano, con eso vale. La tragedia es que no se dé cuenta. Pero cuando uno lo ha perdido alguna vez, simplemente lo sabe. Luego llegas a un sitio donde haya calma, que esté en silencio, y sólo puedes sentir agradecimiento. Con eso ya es bastante. Se lo digo yo.

Había sentado cátedra con esta afirmación, así que la voz interlocutora salió enmadejada en una espesa curiosidad.

-Le han debido de pasar cosas malas para que hable así…

-Alguna que otra.

Al otro lado del interfono tragaron saliva. Se armaron del valor y el riesgo de la filantropía.

-¿Algo en lo que yo pueda ayudar?

-No…

La tenue respuesta se difuminó y se esparció como una voluta por el aire nocturno, festoneado con el perfume de la gasolina quemada, el alquitrán recalentado y el dulzor nítido del seto de azaleas.

-¿Han mejorado las cosas para usted?

-Eso creo… Tampoco pienso que pudieran empeorar. O al menos es lo que quiero creer. Pero, quién sabe… Tal vez sí se pueda ir a peor aunque estés viniendo del mismo infierno.

-¡Jesús! Qué palabras tan dramáticas. Me asusta escucharle…

-¿Le asusto? –por primera vez la voz de la mujer parecía divertida-. Bueno, asustarse es corriente. Yo también me asusto. Aunque sea un fastidio, tenemos que vivir con el miedo sentadito al lado, ¿no?, como si fuese un compañero de viaje pesado al que no te despegas ni con agua caliente. Yo lo sentía, cada vez que respiraba, pegado a mi costado todo el tiempo, viscoso y húmedo, apretujándose contra mí, y eso que no había espacio ni para un alma más en aquella barcaza pestilente.

-¿En qué barcaza?

-En la que escapé de Libia. La que se convirtió en un ataúd para casi todos los que huyeron conmigo. Yo sobreviví. Mi miedo… no lo sé. Puede que se ahogara en ese pedazo de Mediterráneo. Pero también puede que siga aquí.

Continúa en: Mac Confesionario. Parte II (y última)

***

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