Vivimos para el fin de semana

Subo de tres en tres las escaleras de colores que llevan al piso compartido de mi amigo. Patrón naranja, azul, morado, rojo. Tropiezo con el último escalón y me quito las gafas de sol en un acto de reconocimiento ante el cosmos de que efectivamente soy una imbécil en un pasillo sin luz. Digo “perdón” en voz baja en medio del vacío. Mi amigo ha dejado la puerta abierta después de abrirme el portal, así que me sumerjo en la luz de la casa con ánimo de contrapunto y ahora digo “hola a todos” en voz alta, también a nadie en concreto porque la estancia está vacía.

Por fin es viernes por la tarde. Durante los últimos años, se ha convertido en el momento más dulce de la semana. Creo que se trata de una conclusión directa de la teoría social de Marx, según mi entendimiento de la cual las personas alienan su creatividad para contribuir al proceso productivo de ideas que se les ocurren a otros con los que en términos generales uno no querría tener nada que ver, pero es que a uno le pagan por ello y el funcionamiento de semejante sistema se presenta desde el nacimiento con un suspiro de inevitabilidad. Al principio, sí me gustaba mi trabajo. La afortunada inocencia del aprendiz. Luego fui siendo más consciente del valor de cada persona y del plomo en el significado de la palabra injusticia. Mi amigo sale a mi encuentro y digo tristemente “prostitución”. Hace bastante que no nos vemos, pero sabe a lo que me refiero porque los dos hemos dejado de estar cómodos con nuestros primeros trabajos de verdad en el mundo empresarial después de los estudios. Nos damos un abrazo de bienvenida que es algo torpe. Él acaba de sacar una botella de vino del armario y la lleva debajo del brazo, lo que reduce su movilidad. La miramos con cariño. Decimos cosas como “se parece a ti” y “menos mal que es viernes”. A partir de este momento, solo importan el fin de semana y su prometida libertad.

Al principio, sí me gustaba mi trabajo. La afortunada inocencia del aprendiz. Luego fui siendo más consciente del valor de cada persona y del plomo en el significado de la palabra injusticia.

Hemos decidido quedar hoy sobre la marcha. De los millones de conversaciones intercambiadas de oficina a oficina en horario de salida, una decía “¿Te apetece que miremos juntos cómo se hace de noche?”. “Claro. Llevo vino”. “No, mejor trae pan”. “Pues que así sea”. Llevamos los víveres y mesas y sillas plegables a la rampa de cemento que hay enfrente de la puerta del garaje que él y sus compañeros comparten como atelier en el mismo barrio en el que viven. Trabajan allí por las noches, agotados, en sus proyectos personales no remunerados, y por el día ejecutan trabajos para terceros que les han ido desmotivando con el tiempo, pero que les proporcionan cierta seguridad económica. Ser creativo hoy en día suele requerir una doble jornada.

Un plan de reforma urbanística ha demolido el edificio que había delante del estudio para construir una mole de hormigón nueva destinada al almacenaje masivo de trigo. Pregunto si el trigo puede ser transgénico y mi amigo dice que la transgénesis está en todas partes mientras se abraza a una de las barras de pan. Las grúas aún no han tomado la zona, así que la vista de la ciudad desde nuestra rampa de garaje es envidiable. Se ve buena parte del centro y el atardecer naranja con montañas al fondo. “El lunes esta vista concreta, desde este ángulo, ya no existirá”, dice mi amigo. “Probablemente habrá vehículos de construcción bloqueándolo todo”. Filosofo que la belleza es efímera y que nuestro cometido es descubrirla en todas partes. Cuando estamos incómodos con alguna faceta de nuestras vidas, buscamos belleza igual que los peces buscan el oxígeno del agua. “Eso es lo que haces tú”, contesta. “Otros solo la destruyen sin enterarse”. “Pero tú también lo haces”, replico, y objeta “demuéstralo”. Entonces señalo con un barrido de dedo los treinta y dos tiestos que ocupan dos tercios de la rampa del garaje y que he estado contando mientras montábamos nuestro camping improvisado. “¿Qué es eso?”. Mi amigo sonríe orgulloso y responde “Es mi versión de un jardín. Voy a regarlo”.

El lunes esta vista concreta, desde este ángulo, ya no existirá

Paseamos entre los tiestos comiendo pan con queso y bebiendo el vino. Mi amigo lleva la regadera en la mano. Yo le explico que la pregunta “¿a qué te dedicas?” cuando dos personas acaban de conocerse me parece irrelevante y anacrónica. ¿Por qué no preguntar “cuáles son tus valores” o “qué te apasiona”? Son más significativas como indicadores de personalidad que confirmar qué labor desempeña uno dentro de la cadena capitalista en tiempos de crisis, cuando cualquier trabajo es bienvenido como fuente de ingreso, independientemente del grado de representación de uno mismo que contenga la labor. Él me cuenta que cada vez se identifica menos con su trabajo y que ha empezado a aburrirse porque no le permiten desarrollar ideas nuevas. Digo: “creo que lo que nos pasa es que estamos en un punto de inflexión en el que tenemos que tomar una decisión nueva respecto a nuestra vida y nuestra carrera profesional. Cambiar de trabajo para intentar avanzar aceptando que existe el riesgo de equivocarnos o estancarnos donde estamos o algo así”. “Pero estancarnos donde estamos parece una equivocación en sí, ¿no?” contesta. Luego dice: “Yo pensaba que hacia el final de la década de los veinte mi dirección en la vida iba a estar más clara”. Miramos las plantas que crecen despacio y las calles naranjas de la ciudad con todas sus bifurcaciones y las sombras de la gente que camina en ellas. Luego nos miramos entre nosotros y nos reímos, porque sabemos que al principio da miedo enfrentarse a todo, pero pasados unos años sin tener ni idea, uno se acostumbra y nosotros ya somos maestros de la improvisación.

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Foto de portada: La ciudad de los clowns – EQUILIBRISTA (satélite de .romA)

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