P’tit Quinquin: excéntrico noir de humor salvaje

Esta semana se ha celebrado en Barcelona el D’A Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona, maravilloso festival que trae cada año a Barcelona algunas de las películas más señaladas del cine de autor mundial. Este año inauguraba el festival la película Saint Laurent, de mi amado director francés Bertrand Bonello, del cual se hacía también una retrospectiva de su selecta carrera cinematográfica. Como por motivos ajenos a mi voluntad no pude acudir a ver qué tenía que contarnos este pijo macarra francés sobre la vida del polémico diseñador Yves Saint Laurent, aproveché para resarcirme y para saciar mis ganas de perverso cine francés y acudí ayer sábado a ver P’tit Quinquin, de Bruno Dumont. ¿Y qué tiene que ver esto con la televisión? A pesar de que nosotros la vimos a modo de película de 200 minutos, P’tit Quinquin es una serie de televisión, emitida en 2014 en el canal Arte, en Francia. Una serie que Cahiers du Cinema situó en primer lugar de las mejores películas de 2014 y que, más importante, John Waters incluyó también en su lista de lo mejor del año. Y, ya sabéis: lo que dice John Waters va a misa.

Seguramente os podáis hacer una idea de qué tipo de serie es P’tit Quinquin simplemente teniendo en cuenta que en vez de emitirse en un canal generalista o un canal de pago de prestigio (en Francia podría haber ido perfectamente en Canal Plus), la serie se emitió en el canal Arte. Eso es porque, afortunadamente, P’tit Quinquin es una serie difícil y tan peculiar que no es para todo el mundo y ha tenido que refugiarse en un canal a priori tan extraño como es Arte. (Vaya, qué snob me ha quedado todo esto, pero es que es verdad.) Sin embargo, esto no quiere decir que sea una serie aburrida o dura de ver. P’tit Quinquin baila entre tantos géneros que es complicado definirla en estos términos, pero si hay algo que destaca por encima del resto es la comedia. Comedia absurda, loca, incorrecta, slapstick… Todo tipo de comedia en un escenario de crimen en entorno rural.

La serie empieza muy Stephen King, con unos niños y sus bicicletas en el primer día de las vacaciones de verano, en un pueblito del norte de Francia, y las aventuras que dan comienzo con el primer momento surrealista de la serie: un helicóptero lleva por los aires el cadáver de una vaca. Vaca que más tarde descubriremos tiene en su interior el cadáver troceado de una mujer. Sin embargo, en estos primeros minutos también concretamos con el carácter políticamente incorrecto que sólo una serie europea es capaz de mostrar y que lo diferencia del tono naïf y nostálgico de Stephen King. En primer lugar, P’tit Quinquin, que es el protagonista de la historia, es un niño macarra, con labio leporino y sonotone. Uno de esos niños de pueblo que no sabes si van a acabar madurando y heredando el trabajo y las tierras de sus padres, o si se van a quedar estancados y van a echar a perder sus vidas en los primeros contactos con los vicios de la ciudad. Quinquin podría ser un neonazi en potencia o simplemente un niño rebelde, desgraciadamente nunca lo sabremos. En sus aventuras le acompañan sus dos coleguillas matones, los Crabbe y Goyle de provincias, y Eve, uno de esos personajes femeninos maravillosos interpretado por una niña con tanto carisma que cada vez que aparece su cara en pantalla la serie se envuelve de magia.

El otro grupo de personajes está compuesto por dos policías (“¡Somos la Policía Nacional!”) que son el elemento cómico por excelencia de la serie. Aunque el resto de personajes también tiene una carga cómica significativa, sobre todo por las situaciones y el contexto que les rodea, el comisario y su ayudante son los potenciadores de la comedia. Su sola presencia, con una caracterización muy clásica, destila humor francés por todos los costados. El comandante Van der Weyden magníficamente interpretado por Bernard Pruvost, que debuta en el mundo de la interpretación en esta miniserie, al igual que el resto del reparto, está siempre bailando entre el patetismo clásico de la comedia de Jacques Tati y directamente el slapstick y la torpeza del Inspector Clouseau. Su acompañante, el teniente Carpentier, es un paleto desdentado y un poco tonto que, sin embargo, ejerce de estabilizador del desmesurado ego de su comandante (cada vez que Carpentier se pone al volante del coche de policía es imposible no soltar una carcajada).  El humor en P’tit Quinquin se acerca de alguna manera al estilo de humor de Ricky Gervais, que nos sitúa como espectadores ante la hipocresía de lo políticamente incorrecto (eso que los franceses llaman la bien pensé y sobre la que tanto les gusta cagarse), pero mientras Gervais retuerce el humor hasta hacernos sentir incómodos por reírnos de según qué situaciones, Dumont aquí no presiona sino que construye un universo de personajes en los que todo este tipo de “extrañezas” (tics exagerados, enfermedades mentales, analfabetismo…) no son cuestionadas desde el punto de vista del otro, sino que forman parte de una normalidad en la que las únicas personas “normales” somos los espectadores.

Todos estos personajes se ven envueltos en una atmósfera noir que va cobrando peso a medida que va avanzando la serie. Una vez se han presentado a los personajes y se han sucedido los primeros encuentros de humor surrealista (alcanzando su cénit en la escena del funeral que es antológica y cuyo único inconveniente es que es lo mejor de toda la serie y ocurre demasiado pronto), el tono se va haciendo más grave, sin perder nunca el gusto francés de humor negro, y la trama policial va avanzando, aunque sea por delante de las narices de nuestros protagonistas. La serie incluso encuentro un momento para, entre crimen absurdo y aventura romántica de Quinquin, plantar una semillita de cine social atacando el problema racial en Francia y el espinoso conflicto islámico. Es bastante chocante dentro de la ficción, sobre todo una vez que nos ha ganado como espectadores a través del humor, asistir a una trama tan dura, tan explícita. Una reflexión poco matizada sobre el motivo por el cual las nuevas generaciones de franceses, hijos de inmigrantes, abandonan el sentimiento nacional y abrazan la ideología del Estado Islámico, que chirría un poco al principio, como si te encontraras un pelo en la sopa, pero que finalmente se resuelve dentro del universo casi onírico que acompaña toda la serie.

P’tit Quinquin se estrena próximamente en España, aunque no sabemos si será en el mismo formato que hemos visto en el D’A, es decir, toda la serie del tirón, o se hará un montaje especial para cines. Sea en el formato que sea, no podéis perder la oportunidad de ver esta joya de surrealismo y humor salvaje que, como las grandes obras cinematográficas, está lejos de ser perfecta… porque no lo necesita.

 

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