La cerveza y el sentido de la vida

No nos suelen invitar a cosas, pero hace unos días  nos instaban a acudir a un acto publicitario de una conocida marca de cerveza Grimbergen. Después de buscar y encontrar la palabra “cata gratis”, no había ninguna duda. Así que allí estábamos un miércoles por la mañana, dispuestos a dejarnos engatusar por las bondades de una cerveza que ya de antemano nos flipaba, cosa que no íbamos a mencionar porque si no, igual nos retiraban la invitación. El evento, en el que se hallaban multitud de bloggers y ese tipo de personas como nosotros que si te cruzas un viernes por la noche te cambias de acera, tenía lugar en el Centro Cultural Conde Duque, que es un centro cultural municipal en el que un miércoles por la mañana se hace un acto de Grimbergen. No hay más preguntas señoría.

Lo cierto es que todo estaba preparado para agradar a esa extraña especie humana que constituyen los periodistas y bloggers de tendencias: una decoración muy cuidada, música agradable, mesas dispuestas para favorecer el maligno arte del networking, monjes belgas con los que hacerse fotos, un presentador con una voz tan grave que desafiaba las leyes de lo posible o un sumiller diciendo palabras largas que costarían un puñetazo en el ojo al amigo que se atreviera a pronunciarlas en el bar de la esquina un viernes por la noche. También podía encontrarse todo lo necesario para agradar a un redactor de Mayhem: fría y deliciosa cerveza.

Ya estamos sentados y dispuestos a beber escuchar lo que nos tengan que decir. Pasado el suficiente tiempo como para que sintamos que lo bueno se hace esperar, pero no lo suficiente para impacientarnos (esta gente lo tiene todo calculado), comienza una proyección. Una animación cargada de épica que podría preceder a la presentación de una final de la Champions nos cuenta todas las canalladas que ha pasado la cerveza Grimbergen a lo largo de sus muchos siglos de historia (incendios, expropiaciones de revolucionarios franceses…) para reponerse siempre a las adversidades y por fin llegar a este Centro Cultural madrileño, el desenlace deseado para cualquier historia épica que se precie. No en vano, el símbolo de la marca es el Ave Fénix, que como todo el mundo sabe es un ave mitológica conocida por resurgir una y otra vez de sus propias cenizas. También es un personaje de X-Men, y a mí una cerveza con un personaje de los X-Men como símbolo ya me tiene entregado.

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A continuación se suceden los monólogos del enviado de la marca y los abades enviados a difundir la palabra y su brebaje a lo largo y ancho de Europa. Unos y otros nos narran la versión extendida de lo que nos ha contado el vídeo, esto es, la historia y las bondades de su bebida, pero que cuando te lo cuenta una persona con hábito siempre como que luce más. Entre la reiteración de unos y otros, la siempre tediosa (pero inevitable) traducción simultánea y una sociedad que me ha obligado a necesitar una dosis de estímulos por segundo difícil de ofrecer en una charla, mi mente empieza a divagar. Me pregunto cuántos intentos fallidos de cerveza repugnante tuvieron que probar los pobres abades medievales hasta que dieron con algo decente, lo poco que se parecerá aquella a la botella perfectamente pensada que nos traerán en un rato y cómo será la cerveza que bebamos en doscientos años cuando ya no exista el Centro Cultural de Conde Duque y nos estemos peleando por un cazo de cerveza mientras una ola gigante nos ataca por la Gran Vía. Porque aunque me cueste, soy capaz de vislumbrar un futuro sin Conde Duque, pero no me puedo imaginar uno en el que no haya cerveza. Tendrá más o menos radiación, pero estoy seguro de que algo nos inventamos.

En esas estamos cuando el segundo monje reclama mi atención como solo un monje sabe hacer: hablando de su cerveza. Nos explica las características de las tres variedades que saldrán al mercado en España (Blonde, Double y Blanche) y tres platos con las que los españoles, que él sabe que somos muy de picar con la cerveza, podríamos combinarla para que nos sepa estupendamente. Habla de anchoas, jamón y gambas respectivamente. Dice gambas en un español entre travieso y risueño y a mí me dan ganas de lanzarme al estrado y darle un abrazo. Aun no he tomado cerveza y todavía respeto los protocolos del civismo, así que me contengo.

Cuando termina su exposición, vuelve el presentador a hipnotizarnos con su voz, que oscila entre Dart Vader y la voz en off de saber y ganar, lo que me hechiza y me lleva de nuevo a la reflexión. Adoro la cerveza, creo que ya lo he dicho suficientes veces, pero me parece fascinante que la bebida más popular de los bares en los cuatro puntos cardinales tenga el mismo color (y si me apuran, la espuma), que ese líquido que nos une a todos los seres humanos cuando por la mañana aun no nos hemos quitado las legañas. Sin duda tuvo que haber interesantes reacciones entre el pueblo llano del medievo, famoso por su sutileza, al enfrentarse por primera vez con el amarillo cervecil.

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Ocupado como estaba en tan altos pensamientos, que ahora discurrían por la cantidad de botellas que se ven en los anuncios de televisión en comparación con las cañas tiradas, no me había dado cuenta de que el orador había cambiado. Ahora era un sumiller el que nos hablaba con palabras extraídas de ancestrales conjuros africanos cuando la verdadera protagonista, la cerveza, empezó a hacer acto de aparición por las mesas. Con la botella en la mano, que ya no había que echar en el vaso, sino romper, no romper, o algún hábil movimiento por el estilo que sin duda yo no sabía ejecutar, sus palabras pasaban mucho mejor. Pensaba en mi amigo y compañero de esta casa Javier C., siempre puntilloso con las palabras, mientras resonaban términos como maridaje (cuando algo pega con algo), retropaladar/retrogusto (regusto) o gasificación (espuma). Como nuestra amistad viene de largo, podía imaginarle diciéndome algo relacionado con como la implementación de palabras extravagantes en un área de negocio es una manera barata y eficiente para cobrártelo más caro. De todas formas, mentiría si dijera que todos estos prejuicios y preocupaciones se anularon con el primer trago. A partir de entonces todo se convirtió en un asunto entre mi amada Grimbergen y yo, y ya se sabe que cuando se está enamorado todo lo demás parece no existir.

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Y así fueron pasando el tiempo y las variedades de cerveza, todas debidamente acompañadas de canapés de largo nombre imposible de reproducir. Cada una de ellas me conquistaba de una forma diferente, haciéndome sentir como un James Bond de Malasaña que no puede comprometerse por exceso de amor. Sabía que aquello no podía durar para siempre, aunque en ese momento lo habría firmado. Eran casi las tres de la tarde y el sol del centro de Madrid maridaba a la perfección con la ligereza de espíritu que la cerveza otorga a quien se deja. Pensaba en lo extraño de un evento como aquel, con tanta ceremonia, con lo fácilmente que se vendía una Grimbergen simplemente sirviéndola en un vaso. Quizá no hacía falta engalanar tanto los productos ni montar actos fastuosos. Quizá, y a lo mejor era la Grimbergen la que hablaba por mí, bastaba con tomarse una.

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