Ética y corrupción empresarial

I

Cualquier estudiante de derecho sabe que las leyes y la ética no caminan necesariamente agarradas de la mano.  No sólo porque la ética abarque casi siempre un ámbito más sutil y amplio que el de la mera legalidad, sino porque el hecho de que un comportamiento sea legal no implica sin más que sea ético. La ley determina qué hacer, qué no hacer y cómo hacerlo. La ética se pregunta, acaso sin esperar una respuesta definitiva, de qué manera puede conducirse el hombre con respecto a las circunstancias de la vida.

La principal diferencia entre la ética y la ley, aquella absolutamente distintiva e insoslayable, consiste en que la norma ética, cuando se afirma a sí misma, se pretende universal y eterna; mientras que las leyes de un Estado pueden modificarse cuantas veces haga falta.

Una ética parte de la convicción, por parte del individuo o de la sociedad, de que hay un comportamiento bueno que es bueno de por sí, al margen del contexto particular en que suceda. Las leyes, en cambio, buscan el modo más práctico de regular la vida en una comunidad concreta, así como el funcionamiento de sus instituciones: de manera que no sólo pueden cambiarse dichas leyes, sino que deben cambiarse cuando las circunstancias lo propicien. El procedimiento para tales cambios está de hecho previsto y perfectamente regulado en toda constitución.

Por decirlo al estilo filosófico: “La ética es trascendente; la ley, inmanente”.

Lo cual implica, de inmediato, dos cosas: por un lado, que pese a todos los esfuerzos por entremezclar ética y legalidad siempre se distinguirán con nitidez; por otro, que en caso de conflicto entre la ética y la ley, es la ética la que tenderá a imponerse.

(Si ocurriera al revés, si la ley se impusiera a la ética, los gobernados por unas leyes tiranas se someterían a ellas con dulzura y entusiasmo. Pero los valores éticos que uno considera inviolables rechazan la legalidad que atenta contra ellos. El crimen ilustre de Antígona es paradigmático al respecto: ningún lector que se sitúa moralmente del lado de Creonte).

Que la distinción entre ética y legalidad no solo ocurre en un plano teórico se demuestra cotejando la relación entre los principios éticos y las leyes escritas. En la mayoría de las ocasiones ética y ley coinciden: “No matarás”.

Aquí, Chalrton Heston dándonos ley y ética a la vez para ahorrarse tiempo.

Aquí, Charlton Heston dándonos ley y ética a la vez para ahorrarle tiempo a Yahvé.

Otras veces, la ley no tiene en cuenta la violación de la ética, por considerarla imprecisa e indemostrable: “No engañarás a un niño de tres años” jamás podría sancionarse en Código Penal alguno. ¡Por la lógica falta de consecuencias sociales relevantes!, dirá el lector. Y porque tal falta ética no afecta en nada a la estructura legal o social que se trata de sostener o mejorar.

Pero también proliferan en este mundo las convicciones éticas positivas, individuales en su aplicación y bien definidas, que sin embargo no están reguladas por las leyes, o que encuentran incluso amparo o reconocimiento constitucional. Ejemplo de lo primero, los vegetarianos; ejemplo de lo segundo, la objeción de conciencia o el respeto a las creencias religiosas (ética asentada sobre la autoridad de un dios).

II

Hace cien años, más o menos, surgió una ética del Estado que podría consignarse así: “Fomentarás siempre la justicia, la igualdad y el bien común entre tus gobernados”. No me adentraré ahora en el origen de tal precepto (nos enredaríamos en exceso), pero el hecho de que se incumpla no desdora lo relevante: que el funcionario y el político deben presentarse todavía hoy ante las masas como entregados a tal tarea, con independencia de que crean sinceramente en ella o no.  De hecho, la sinceridad es secundaria, y tal cuestión no excluye la presencia de cínicos: pero se guardarán muy mucho de manifestar su cinismo si la mayoría de quienes les rodean comparte el ideal del bien común; y hasta se verán obligados a someterse a él si desean medrar. Y el hecho nada baladí de que bastantes lleguen a interiorizar la ética del estado como un mérito propio genera una seguridad estructural que garantiza a su vez la solidez del país. Mucho se sorprenderían algunos si se les mostrara que el éxito de las organizaciones humanas, cuando estas son lo bastante grandes para que sus miembros ya no puedan conocerse todos entre sí, depende de la creencia común y absoluta en la utilidad última de su causa. Por ello hay tantos casos de países en los cuales el modelo estatal de occidente fracasa; sobre todo si este se impone –como suele suceder– de la noche a la mañana: a la población, como es lógico, le importa un pimiento la ética europea, porque ya tiene la suya propia y el nacimiento de un ministerio y de unas regulaciones no van a cambiarla de sopetón.

A esta ética estatal, siempre incumplida pero siempre bienintencionada, se le puede contraponer la ética de la empresa: “Todo cuanto hagas ayudará a que tu empresa mejore”. Esta ética no nace de los fines que persiga el empresario; ello es por completo indiferente. Nace del principio de la competencia entre empresas del mismo sector. Pues el éxito de una empresa no se basa, como el del estado, en la fe que cada uno de los empleados deposite en ella, sino en la necesidad de aventajar a las competidoras cueste lo que cueste.

(A veces una empresa sí fomenta la fe de los empleados mediante gentiles detalles, pero el objetivo último no constituye el bienestar de todos ellos, sino una mejoría de la competitividad; y este argumento vale para cualquier retribución o punición internas que se nos pudieran ocurrir).

Gandhi

Como político tenía un pase, pero como empresario era para matarlo

Cierto que la búsqueda del éxito a toda costa no se cumple en ocasiones. Un negocio familiar aún puede permitirse cierto trato personalizado con los trabajadores y con los clientes, y hasta puede desdeñar un estancamiento de las ganancias con tal de que estas sigan siendo suficientes para asegurarles a los dueños una buena vida. Pero cuanto más grande es la empresa, o cuanto más quiera acercarse a la cima, más deberá competir con rivales poderosos. Igual que en el atletismo no supone lo mismo correr todas las tardes para estar en forma que entrenar rigurosísimamente para ganar un maratón. Por lo tanto, a medida que una empresa logra más y más poder, cualquier decisión será considerada legítima con tal de que aporte beneficios. Hasta el punto de que haya varias personas dedicando en exclusiva su inteligencia a meditar qué hacer para mejorar constantemente: sin desdeñar por ello los hallazgos, las ideas felices, que puedan copiar sin más de otras empresas exitosas.

III

En esa inercia de imparable mejoría, los empresarios suelen toparse con dos obstáculos: el primero, que ellos mismos no sepan seguir el ritmo de sus competidores. Ya sea por incapacidad personal, ya por haber tomado decisiones inadecuadas. El segundo, que las leyes les impidan aplicar medidas mucho más efectivas. Contra el primer problema poco puede hacerse: solo el empresario audaz y capaz de reinvención podrá gestionar con éxito su negocio durante años. El segundo se sortea de dos maneras:

  • Bordeando la ilegalidad: bien mediante ciertos vacíos astutamente aprovechados (para lo cual dispondrá la empresa de una legión de brillantes abogados), bien mediante otros ingeniosos métodos que encuentren el beneficio entre lo legal y la sanción debida. Por ejemplo: indemnizar por despido a un empleado con menos dinero del que le correspondería por ley, pero tras haber calculado que económicamente no le compensaría meterse en un juicio para reclamar lo que no se le pagó.
  • Presionando o exigiéndole al gobierno un cambio de las leyes: bien mediante una razonada exposición de los problemas que tales leyes les acarrean; bien a través de coacciones de distintos grados y formas. Como la clásica amenaza de tributar en otro Estado si el gobierno no cede o les perjudica.

O, en cambio, puede no sortearse en absoluto y que la empresa opte, sin más, por vulnerar la ley también de dos modos:

  • Incumpliendo la ley del modo más disimulado posible, con la esperanza de que nadie lo revele, para lo cual empleará todos los medios a su alcance.
  • Sobornando a los agentes del Estado para que la vulneración pueda hacerse pasar por buena, o sencillamente para que no tenga consecuencias.

Claro que muchos empresarios no harán ni lo uno ni lo otro, sino que se someterán dóciles a la ley y se indignarán con la sola insinuación de que pueda o deba sortearse.

Cerezo

¡Menos mal que en este país aún quedan empresarios píos y decentes!

Me temo, sin embargo, que en un mundo regido por la competitividad esa actitud no ayude. Porque serán las empresas que vulneren la ley las que obtengan mayores beneficios y aventajen a las otras: ¿no era esa la única razón por la cual la vulneraban? De manera que, en obvia consecuencia, cuanto más grande sea una empresa (imaginen si cotiza en bolsa y posee sedes en más de dos países) más fuertes serán sus competidores, y con tanta más necesidad tratará por todos los medios de saltarse cualquier regulación o límite que los estados impongan.

Pero esa vulneración –he aquí la clave de todo el meollo, y acaso hasta del artículo– sistemática no se deberá a la tan denunciada “falta de ética” de las empresas, sino, ¡todo lo contrario!, a la aplicación rigurosa de una ética con pilares de plomo tan intocables como los del principio de competencia. O sea: los fundamentos mismos de toda la teoría económica neoliberal.

IV

Y, al igual que al hombre del Estado le libra de cualquier culpa o duda personal la certeza de que él hace las cosas “por el bien de todos”, al empresario corrupto le libera subjetivamente por completo (y razón que lleva, desde luego) la convicción de que está cumpliendo con su deber. Como en el dilema de Antígona, la tendencia habitual en cualquier ámbito consiste en situar la ética por encima de las leyes.

Además, a la conducta empresarial ha de sumársele la seguridad en sí mismos que ostentan los más grandísimos empresarios: si han fundado una empresa (o la han heredado, o han ido ascendiendo: que lo mismo da) y al cabo de los años son millonarios y regulan las vidas de más de cientos de trabajadores, podremos en buena lógica suponer que el mero recuento de sus propios logros (como al deportista de élite) les llenará de orgullo. ¿Cómo van ellos, que todo lo pueden y todo lo alcanzan, y que llevan la mitad de su vida o más entregados sin tregua a su causa, someterse a una normas –las leyes– en el fondo tan aleatorias como coyunturales? ¡Más razonable sería que cambiaran las leyes, y no la política de la empresa!

V

Por ello, y contra la opinión común, sostengo que las empresas corruptas o de dudosa moral no son máculas en un sistema de por sí impecable, ni excepciones que sanamente pueden evitarse con empresarios de buena voluntad. Muy al contrario: constituyen el resultado lógico y razonable del principio en que se fundan.

Me queda por examinar la última treta, antes omitida, que las empresas pueden emplear en mayor o menor grado para que el Estado no los perjudique. Consiste en adueñarse económicamente de un partido exitoso, o del gobierno (financiándolo o comprando a sus miembros, claro), a través del apoyo a quienes se plieguen a sus intereses. Pues los políticos de la ética estatal, ávidos de ayudar –con torpeza o no, es otra cuestión– al bien común, en una estructura de financiación ilegal, apenas ascenderán más allá de ciertos pequeños cargos. Los ambiciosos sin fe en la ética del Estado, en cambio, se encontrarán secundados por quienes ven las leyes y las regulaciones como un posible estorbo para sus fines. Desde el principio entrarán en el juego de la política con el afán de labrarse un nombre y de obtener poder, dinero y gloria, sin que apenas les importe cuántos favores deban conceder para ello. Es así la manera en que el afán de competición de las empresas puede hacerse con el control de un Estado en mayor o menor grado.

 

PPMInisitros

¿Y estos? ¿Qué ética siguieron?

(No se pierda por tanto de vista la excusa de privatizar con la vil razón de que así “se mejora la productividad”: lo que se hace, sin rubor alguno, es reemplazar la ética del bien común por la ética del beneficio empresarial).

Por lo tanto, deberíamos desconfiar al instante de todo político que manifieste la necesidad o la intención de darles poder a las empresas, o que piense en el Estado como si este fuera, de facto, una gran empresa. En ambos casos podemos echarnos a temblar.

VI

La ética de la empresa, sin embargo, no resulta inercialmente omnímoda solo porque su principio sea el de la eterna competencia. Hay fundamentos para todo, y este es sin duda uno de tantos. La verdadera perversión de la ética se produce cuando sus preceptos no regulan la relación entre seres humanos y seres humanos; sino cuando lo hacen entre los seres humanos y sus fines.

En síntesis: cuando una ética sitúa al hombre como subordinado a una gran Idea Absoluta (ya sea ‘Dios’, ‘Estado comunista’ o ‘Que Cuadre el Balance’), es cuando se acercan tiempos profundamente tenebrosos. En nuestros tiempos, la exigencia del beneficio empresarial se alza tanto sobre cualquier otra consideración ética que hasta los recortes salariales y los despidos organizados se consideran justos y razonables si con ellos se logra que la empresa deje de tener pérdidas.

Y contra eso no hay leyes ni honestidades que valgan; y por ello van a ver ustedes corrupciones y abusos empresariales hasta el fin de los días.

***

Foto de portada: Distrito de negocios de Sídney (Autor: Hpeterswald)

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