Mac Confesionario. Parte II (y última)

Viene de: Mac Confesionario. Parte I

-¡Espere, espere! ¿Me está diciendo que viene de África? ¿Que cruzó el mar…?

La voz al otro lado del interfono lo corroboró.

-Sí… Bueno, no llegamos a cruzarlo. La barca naufragó antes de que alcanzáramos la costa. Ya se lo he contado. Fue un desastre. Aquellos gritos, la desesperación de toda esa gente braceando y pataleando entre las olas… Y sobre todo el olor… Ese olor a agua y a sal que se metía hasta el fondo de los pulmones y se quedaba agarrado allí, presionando hacia abajo, como una piedra, aplastándolos. A eso es a lo que huele el pánico –la voz se detuvo un momento, falta de aire durante un segundo eterno y angustioso, para continuar de inmediato-. Casi nadie se salvó. Yo tuve suerte. De todos modos, ya sabíamos a lo que nos exponíamos cuando nos embarcamos. Habíamos escuchado todas esas historias terribles… Las historias de los que se habían arriesgado antes que nosotros y que habían muerto. Por ejemplo, sin ir más lejos, hace justo un año, ¿no? Ocurrió algo parecido. Una barca que se hundió. Y, aún así, nos compensó seguir su ejemplo. El de aquellas 700 almas que se perdieron en el mar, y el de tantos otros que lo intentaron y que lo intentarán después…

La voz se deshilachó en un susurro lleno de melancolía, que se quedó vagando en el espacio. Al otro lado del interfono, dijeron nerviosamente:

-Sí, sí… Está en lo cierto. Sobre lo de que se producen naufragios, quiero decir…

-Me lo contó un cliente –replicó la mujer, de repente ya rehecha, como si aquella explicación pragmática que ofrecía se tratase de un madero al que aferrarse en ese mar que inesperadamente había vuelto a zarandearla en sus fauces abiertas, en su cruel saliva de espuma.

-¿Un cliente?

-Sí.

-¿A qué se dedicaba usted?

-Me abría de piernas.

-Oh.

-Sí –un silencio seco, que no esperaba absolución-. Tenía que reunir dinero rápido. Mucho dinero. Un pasaje en una barcaza que va a cruzar el canal es caro. Y yo no tenía tiempo que perder. Quería escapar de allí cuanto antes. Y ésa era la mejor forma de conseguirlo.

-Debió de ser duro -aventuró el interfono.

-No se crea. Desde luego, como se puede imaginar, no es el oficio con el que una sueña cuando es niña, pero no fue ni de lejos lo peor de todo.

-¿Cómo puede decir eso? Tener que prostituirse es…

-Mire, mi coño ya estaba habituado a lo ajeno. Me habían violado antes. Muchísimas veces. Incontables veces. Muchos hombres al mismo tiempo. Así que, al menos, por primera vez, sentí que estaba decidiendo yo. Que hacía aquello porque quería, para lograr algo que me había propuesto.

-Visto así…

-Claro. Todo en la vida depende de cómo se mire.

La voz se calló. El interfono permaneció mudo. Por un momento pareció que ya no tenían nada más que decirse. Pero entonces, al otro lado del cristal tintado rompieron a hablar de nuevo:

-Ha dicho que le habían violado antes. ¿Quiénes? ¿Cómo…?

Un suspiro que erupcionaba desde las entrañas horadó aquella quietud rota por los grillos de la noche abrileña.

-Mis captores. Boko Haram se hacen llamar. No sé si usted los conocerá…

-¡Que me aspen!

-¿Ha oído hablar de ellos? Pues sí, ellos me secuestraron. A mí y a un montón de niñas de mi escuela. Hará unos dos años de aquello, si bien es verdad que por aquella época perdí un poco la noción del tiempo, así que no sabría decirlo con exactitud. Como le contaba, vinieron a nuestro pueblo, a Chibok, entraron en la clase como una estampida de ñus enloquecidos, dando voces y agitando las armas, y nos raptaron. Se imaginará para qué… Las mujeres, en fin, ya sabe… Siempre es el mismo cuento.

-Qué espanto…

La voz pareció pasar por alto este lamento porque, de pronto, adoptó la entonación de quien divaga.

-¿Sabe qué es lo más curioso? Que, cuando entré en el colegio, mi primer día de escuela, tenía un miedo atroz. No quería ir. Y después, cuando salí… mejor dicho, cuando me sacaron de allí… también lo tenía. El miedo. ¿Será que, hagamos lo que hagamos, entremos o salgamos, nunca estamos felices?

Pero al otro lado del interfono no estaban por la labor de dejarse enredar en reflexiones filosóficas. Y la acuciaron:

-Bueno y, ¿qué pasó con sus  compañeras, con las otras jóvenes, con las niñas…?

La voz vaciló.

-No sé… Nos mantuvieron cautivas al principio. Después, nos fueron dispersando. Dejé de ver a algunas… Supongo que, poco a poco, todas fueron encontrando su destino. O se lo fueron encontrando, más bien.

-Es espeluznante… Cuando las separaron, debió de añorarlas muchísimo, sentirse muy sola de repente…

Una pausa. Una meditación.

-En realidad, no me acuerdo mucho de ellas. Quizás de Mónica sí… sí, podría decirse que a Mónica sí la eché de menos. Era mi mejor amiga, ¿sabe? Supongo que por eso, a veces, se me venían a la mente frases que había dicho ella, por las cosas más tontas. Y, en una ocasión, me irrumpió en la memoria una anécdota que nos había pasado juntas, un día que nos pillaron con una petaca que habíamos encontrado… Bueno, da lo mismo, no viene al caso que se lo explique, porque a usted no le haría gracia, pero a mí sí me la hacía y, cuando lo recordé, me reí muchísimo, aunque los secuestradores estuvieran cerca. Pero en fin, aparte de eso… Es cierto que, en ocasiones, todavía me despierto en mitad de la noche, o al alba, con lágrimas en las pestañas, que me han estado corriendo durante el sueño sin que yo me dé cuenta, pero la verdad es que en ese momento no sabría decir por quién lloro, si por mis compañeras, o por mí misma… Lo peor es no saber por qué se llora. Pero el caso es que entonces me mojo el dedo en las lágrimas antes de secármelas, y lo pongo en alto y grito hasta quedarme ronca: “¡Estoy viva! ¡Estoy viva!”. Tengo la mejor prueba. Los muertos ya no lloran.

-Es un triste consuelo –musitó la voz del interfono. Y, a continuación- Eh, pero oye… Oiga… ¿cómo es que se fue a Libia para emigrar…?

La voz interrumpió la pregunta con cierta impaciencia.

-Porque si hubiese regresado con mi familia, probablemente me habrían repudiado… Recuerda… Recuerde… que había sido violada, mancillada… Eso en mi casa significa deshonra.

-Qué me dices… ¿En serio?

-Claro, ¿qué te sorprende?

-Por los clavos de Cristo, es muy triste…Qué barbaridad… Pero bueno, yo no me refería a eso… Lo que quería decir es que cómo llegaste a ser libre, como para decidir prostituirte por tu cuenta y marcharte…

-¡Ah! Pues porque me escapé de mi cautiverio, obviamente.

El interfono retuvo una bocanada de aliento contenido.

-¿Cómo?

-Bueno… Esa gente, los que van haciendo daño allá por donde pisan, deberían tener en cuenta que no pueden esperar que todo el mundo se quede de brazos cruzados mientras tanto, ¿verdad? Tendrían que saber que no todas las víctimas simplemente ponen la otra mejilla y sufren pacientemente sin hacer nada al respecto.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que degollé al tipo que me custodiaba. Simple y llanamente eso quiero decir. Todos, hasta los que se creen más listos, tenemos un descuido, un instante de debilidad, y yo lo aproveché. Me hice con un cuchillo, le rajé la garganta a mi centinela, y me gané mi libertad… Aunque fuera la libertad de ahogarme en el Mediterráneo.

-Virgen Santa…

-Júzgame si quieres.

-No, no, pero…

-Pero nada. Aún te diré más. No me avergüenza darte este detalle. Cuando saqué el cuchillo del gaznate de ese hombre, lamí la hoja ensangrentada para limpiarla. Sí, sí, no te horrorices. La verdad, no sé por qué lo hice. Llámame cruel si lo deseas, pero no sé… En aquel momento, supongo que quise permitirme ese salvajismo. Y, de hecho, al chupar el cuchillo, ¿sabes qué descubrí?

-¿Qué?

-Pues que la sangre de ese cerdo estaba podrida.

Mientras estas palabras aún estaban desvaneciéndose en el aire, se oyó aproximarse el ronroneo de un motor. Y, entremezcladas con él, unas pisadas que se alejaban. Una sombra que se iba. Antes de que desapareciese del todo, tras el interfono quisieron decir: “¡Espera!”.

Pero lo siguiente que se escuchó fue una estridente voz masculina que ordenaba:

-Una hamburguesa doble con queso.

Antes de responder: “¿La quiere al punto o muy hecha?”, al otro lado del cristal tuvieron tiempo de desear en el vacío:

-Ojalá vayas en paz.

***

Foto de portada: Vista nocturna del Mar Mediterráneo desde Egipto (Autor: NASA)

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