Nos vimos en los bares

La oronda americana de mejillas sonrosadas hunde la croqueta de cocido en un gigantesco bol de cristal lleno de ketchup y después la engulle de un solo bocado. Agustín se da cuenta con horror de que no la ha masticado siquiera. La oronda americana de mejillas sonrosadas le mira y sonríe, y por un momento parece que va a eructar de placer. Pero no lo hace. “Bien, ¡cuéntanos!”, dice en un carismático inglés del Medio Oeste, “¿Cómo os conocísteis?”.

Agustín siente cómo las miradas de diez desconocidos se concentran en él. No se ha afeitado, va vestido con vaqueros y camiseta en un ambiente claramente mucho más formal de lo que pensaba y no está preparado para ser el centro de atención, porque se encuentra en uno de sus días de introspección y desde que ha empezado el evento no ha dejado de pensar que ante esos turistas de clase alta su inglés debe sonar paleto y macarrónico.

A su lado, Linda mantiene una sonrisa impecable y no mueve ni un centímetro de su cara, a pesar de que algunas miradas pasan de Agustín a ella imperceptiblemente. Ambos están luchando una batalla silenciosa: gana el que aguante más sin hablar. El problema para Agustín es que la pregunta va dirigida a él, ya que le ha tocado al lado de la señora parlanchina y regordeta en la sesión de degustación de tapas que a Linda le han regalado en una popular web de planes y ofertas, y lleva las de perder.

“Bueno…”, balbucea mientras traga saliva y mira a Linda de reojo para ver si le echa una mano. “Nosotros nos conocimos, pues la verdad es que, bien, fue algo rápido”.

Siendo él de un pueblo de la estepa castellana y ella de Hong Kong, la pregunta es inevitable y aparece siempre en toda reunión social a la que acuden desde que empezaron a salir. El problema es que, como se conocieron en Internet (en un página web de viajes, eso sí), nunca saben qué decir y hasta el momento han sido demasiado vagos o irresponsables para sentarse y crear una versión oficial cómoda y vendible, y sobre todo que no genere demasiadas preguntas y satisfaga a todas las audiencias.

Así que cada vez que surge la cuestión, salen con una historia completamente distinta que van construyendo sobre la marcha pero que casi siempre remite a tres ejes narrativos fundamentales:

a) Nos presentaron amigos comunes.
b) Nos conocimos a través de un grupo de gente internacional que se reúne todas las semanas en el centro para clases de intercambio.
c) Nos conocimos en los bares.

Las tres son aburridas y tradicionales y no recogen absoluto las inmensas posibilidades que ofrece la revolución tecnológica para ligar y conocer gente, pero es lo que hay.

“¿Rápido?”, dice otra de las señoras americanas, que se parece sospechosamente a Meryl Streep (lo que hace que Agustín tenga la curiosa sensación de que en cualquier momento va a entrar por la puerta Clint Eastwood, porque vio “Los Puentes de Madison” cuando era muy pequeño y no lo entendió del todo y de ahí que, aunque la viera solo una vez, se acuerde siempre de la buena pareja que hacían los dos y de cómo aquello acabó mal).

Nos conocimos en un bar. Era un encuentro de gente internacional al que nos habían invitado amigos comunes. Se reunían todas las semanas y bueno, pues eso, eso es, allí nos conocimos”.

“Oh ¡qué bien! Nació el amor, muy bonito”, comenta la señora oronda, que no pierde oportunidad de adelantarse a Agustín en la competición por último espárrago empanado que queda en la bandeja y que se echa al coleto sin miramientos.

Meryl Streep se acerca y coge del brazo a Linda.

“Vivir en España debe ser… muy bonito, muy bonito”.

Antes de que Linda puede responder, los camareros hacen su entrada en la sala con bandejas repletas de tortilla de patatas y vasos de sangría, lo que provoca un auténtico revuelo entre el grupo de turistas y gritos ahogados de júbilo. Meryl Streep y la señora oronda del Medio Oeste pierden todo interés en ellos mientras por el hilo musical del bar empieza a sonar Ketama.

Linda se vuelve hacia Agustín con expresión seria.

“Deberíamos hablar”.

Agustín no sabe qué pensar por un momento, pero a Linda le suelen traicionar los ojos cuando está a punto de reír, y eso le tranquiliza.

“Tenemos que hablar, sí. Pero será en otro momento. Más tarde. O mañana”.

“Al menos no has salido con la historia del barco”.

“¿Clases de esgrima?”.

“¿La de la competición de hípica?”

Alrededor de la mesa, las cinco parejas de turistas atacan los aperitivos y vasos de sangría del Mercadona como si no hubiera un mañana.

“Esa maldita tortilla no se va a comer sola”, murmura Agustín, pensando en Clint Eastwood.

Están juntos en esto.

La competición será dura.

***

Foto de portada: Tapas! (Helen T- Flickr)

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