Elecciones

Aprieta el paso. Las zancadas ya no le dan de más. Y encima el semáforo se colorea de rojo. Perfecto. ¿Cruzo, no cruzo? ¿Me la juego? El barrido salvaje de un coche que raja la avenida por la mitad le disuade. Mejor espero. “Lo importante es llegar”, recuerda que decían los anuncios de la DGT, cuando aún vivía en España. Da saltitos en el filo del paso de cebra. Para entretenerse el nerviosismo y ahuyentar las tentaciones de peatón suicida. Dios. ¿Por qué tendrá un jefe cuya vocación frustrada es redactar homilías, cuanto más metafísicas mejor? Y encima en alemán. Cómo se enrolla el capullo teutón. Y ahora a él le van a cerrar la oficina de Correos. Ya puede ver cómo le dan con la puertita en las narices. Incluso ve sus propias narices chafadas humillantemente contra el cristal.

Pero tiene que llegar a tiempo, maldita sea. Siempre es la misma historia. Apurando las fechas, como si fueran el último trago de su zumo favorito, ése en el que te recreas golosamente para luego llegar tarde a todas partes. Y vivir con el agobio. No, pero esto no se le puede pasar. Esto es serio. Hay demasiado en juego.

Venga. Verde. Sigue trotando. Un, dos. Un, dos. Cadencia marcial. Pero si ni siquiera hizo la mili. Aunque los murallones de gente que patrulla por las calles en bloque, cada uno con la vista fija al frente y en su propio drama existencial, en verdad parecen un ejército. Un ejército anónimo de soldados desconocidos desplegados en la gran ciudad a la caída de la tarde. De maniobras a la salida del trabajo. Mira el reloj. Todavía hay tiempo.

Es sencillo. En su cabeza comienza a representarse cada uno de los pasos que tiene que dar, para mecanizarlos y que le nazcan, que le fluyan. Como quien se aprende de carrerilla una obra de teatro. Antes de llegar al portal, saca ya las llaves. Abre con ellas. No hay ascensor. Da igual. Sube hasta el tercer piso, escalones de dos en dos sin resollar. Se enzarza con la cerradura de su piso. Pero ya le tiene cogido el tranquillo. Sabe cómo embaucarla para que le franquee la entrada. Ya está dentro, de hecho. Las papeletas y los sobres se hallan apilados ordenadamente sobre la mesa del comedor.

Los hojea ágilmente, no sin antes haberse humedecido el pulgar, como aprendió del abuelo Tomás, allá en su pueblo de Asturias, donde se pasó la vida tosiendo broncamente, merced a unos pulmones anegados de polvo de hulla. De tanto bajar a la mina, decía él, pasando la hoja del periódico con el pulgar convenientemente remojado. Que obrero sí. Que humilde también. Pero, guaje, siempre letrado, ¿eh? Que las letras dan libertad. ¿Pero de cuándo acá has sido tú libre, abuelo? En conciencia lo fui toda la vida. Que no se te olvide. La libertad hay que trabajársela, continuamente, que no se oxide, siempre en movimiento, ejerciéndola y ejercitándola. Para cuando vienen tiempos en los que se nos permite tenerla. Que no nos pillen entonces con el pie cambiado, sin saber qué hacer con ella. ¿Pero qué es la libertad, abuelo? La libertad, guaje, es saber elegir.

La libertad, guaje, es saber elegir.

Por eso ahora tiene que llegar. Entresacar la papeleta del partido que ha elegido, meterla en un sobre, sortear a los viandantes como una centella hasta la oficina postal y mandarla con un sello y una patada en el culo a la vieja piel de toro. Ahí va mi libertad. Cuidádmela. Que no se entere de que me la maltratáis el abuelo Tomás.

Ya está. El portal a dos metros y las llaves ya prestas en la mano. Umbral traspuesto. Como era de esperar, sigue sin haber ascensor. Así que, ¡ale hop! Primer piso superado con los escalones de dos en dos. Luego viene el segundo. Y, como no podía ser de otra manera, a continuación se enfrenta con el tercero, aunque los peldaños ya se desgranan de uno en uno, que, aun con todas las apuestas en contra, sí han aparecido unas briznas de resuello. En la imaginación siempre somos un poco más súper héroes que de costumbre.

En cambio, sus poderes ultrasónicos sí sirven para merendarse sin piedad a la terca cerradura de pestillo esquinado. La tiene comiendo en la palma de la mano. Ya está dentro. Recibidor. Salón. Su vista se precipita a la mesa del comedor. La película que estaba pasando en su cabeza de pronto se corta. Enganchón. Como cuando el vídeo apresaba la cinta y la hacía trizas, desencadenando en la pantalla una tragedia truculenta de rayas grisáceas, manchas desasosegantes y, para hacer más sangre, un zumbido poco halagüeño. Cacofonías de un film difunto.

Sobre el tablero no hay pila de papeletas y sobres en pulcra formación. ¿Dónde diablos…? Y entonces le saca de su ensimismamiento un tirón en la pernera izquierda del pantalón.

-Papá…

Un ruego mimoso, que se demora y se deleita en el arrullo de las sílabas repetidas y consecutivas. Baja la cabeza a sus pies. Ahí está Nadia. La visión de los rizos seráficos, los ojos de azul despierto y la balbuciente boca rosada sembrada de dientes de leche le enternece el corazón y le aparta de su objetivo (siempre ambas cosas se producen al mismo tiempo), pero sólo por un momento. El papel de padre bobalicón sin capacidad para la ecuanimidad le dura hasta que repara en las tijeras que empuña Nadia. Pero no, el brinco cardiaco no se debe al temor de que se las clave. Son de punta redondeada. No pasa nada.

El problema es que son precisamente las tijeras lo que Nadia está “ejerciendo y ejercitando”, que diría el bisabuelo Tomás. Y parece que se da maña con ellas. Todas las papeletas han probado el metálico abrazo cruzado del arma esgrimida en el puño infantil. Y parecen haberse resentido del arrumaco. Están a tiras. Esparcidas por el suelo como despojo de batalla. Menuda pericia. Tremendo sadismo. Ha ejercido. Y ejercitado. No se ha cortado un pelo. Ella: Nadia. A las papeletas, sí.

Están a tiras. Esparcidas por el suelo como despojo de batalla. Menuda pericia.

Y él emite un exabrupto. Y luego un gimoteo. Y su hija le mira muy sorprendida, con los ojos muy redondos y muy abiertos. Y, como se ha quedado levemente desorientada, le ofrece una excusa muy descriptiva.

-Papá, estoy recortando.

-Ya veo… Ellos también lo hacen. Así que, ¿por qué no? Di que sí, hija. Dales de su propia medicina. Toma justicia poética.

Hace un atadijo con su consternación y su furia, y, mezcladas de esta guisa, las echa a la lavadora para que se calcen un centrifugado de ciclo corto. Ya desembarazado del fardo, se arrodilla resignado junto a Nadia. Ha elegido por él. Una vez a ras de suelo, descubre que no sólo hay tiras. La niña tiene arte. Un arte insospechado. Ahora el PSOE es una paloma. El PP, un caracol. A Ciudadanos le han salido unos lunares en la cabeza de su candidato autonómico. Podemos tiene forma de luna. Creciente o decreciente: de según como se mire todo depende. A UPyD no se le reconoce después de los tijeretazos. A IU ni se le encuentra ni se le espera. A saber qué virguería habrá hecho Nadia con su lista cerrada. Y Vox se encuentra acuchillado de mala manera.

-No has indultado a ninguno, ¿eh? –bromea.

Y ella responde muy seria.

-Es que es un juego.

Él se la queda mirando, a esos ojos azules y despiertos. Y le dice:

-Tienes razón. Es un juego. Así que, ¿jugamos?

Abrieron la cristalera del salón de par en par y, hasta que se puso el sol, desde la ventana del tercero estuvo lloviendo una bandada de aviones de papel profundamente demócratas. Ahí va mi libertad, camino de España. También lo habría elegido así el abuelo Tomás.

***

Foto de portada: Set para votar por correo a las elecciones a las Cortes Valencianas y locales de Benetússer de 2015 (Autor: Altorrijos).

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