El efecto Ikea

La luz pálida de la mañana del sábado entra por la ventana e invade discretamente el salón. En el medio de la estancia está Carla de pie, pensando. Se ha levantado temprano porque un ataque de pánico incomprensible no le ha permitido seguir durmiendo. Ha hecho algo de ejercicio y ha puesto la lavadora antes de desayunar. Ha tenido suerte de que la lavadora estuviera libre, porque es comunitaria y las personas que viven en los demás apartamentos tienen el mismo horario laboral que ella, con lo que siempre hacen los planes de limpieza a las mismas horas de la noche o del fin de semana. Desde que vive allí, silba la canción de “Please, please, please, let me get what I want” de los Smiths de manera inconsciente cada vez que recoge la ropa en la cesta y se dirige al cuarto de lavar. Hoy también lo ha hecho. Después ha desayunado mientras leía noticias en internet. En realidad el ataque de pánico no ha sido incomprensible. Tras varios meses evitándolo, ha llegado el día en que tenía planeado ir a Ikea en un contexto revolucionario marcado por el hecho de vivir en el extranjero: sola y sin coche. Así que después de haber llevado a cabo todas las labores domésticas posibles para engañarse explicando que no da tiempo, sigue siendo temprano y se está enfrentando a la pregunta de si ir o desistir.

Cuando se mudó a aquel país, descubrió que ir a Ikea implicaba unas dificultades físicas que meramente parodiaban la ferocidad emocional de la visita. En línea con su modelo de negocio, el establecimiento estaba en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, en una localidad secundaria a la que el transporte público tardaba una hora en llegar. Carla solía ir allí con una maleta vacía y durante el viaje trazaba gráficos de utilidad imaginarios mientras pensaba en cuál sería la mejor elección si tuviera la opción de prescindir únicamente del requisito de una pareja o de un coche. Lo que estaba claro es que tener que prescindir de los dos a la vez suponía una situación desafortunada. Al final, sus razonamientos se perdían tratando de determinar qué elegiría Morrissey, el cantante de los Smiths. En presencia de dudas, él ya pasó por lo mismo en 1978, lo resolvió con éxito y seguro que escribió una canción exponiendo con mordacidad británica lo ridículo de la situación planteada. Carla opina que preguntarse qué diría Morrissey constituye un método de decisión imprescindible a partir de la primera ruptura amorosa o del primer trabajo basura en la vida de una persona. También cree que en el caso de su disyuntiva, Morrissey elegiría un cadillac descapotable.

Una vez en Ikea, los diseños conocidos construían un oasis que la acercaba algo a casa. Podía pasar horas allí siguiendo el recorrido. Por un lado, porque su apartamento carecía de todos los útiles básicos cuya existencia siempre había asumido dentro del domicilio, pero también porque allí entendía el funcionamiento del sistema. En general, los nombres de las colecciones de muebles le resultaban más familiares que el idioma que escuchaba en la calle. Y una vez se vio invadida por el optimismo en el ambiente de la sección de jardinería y seleccionó pajitas de colores y servilletas para cuando fuera verano y tuviera amigos en la ciudad nueva, o la fueran a visitar los amigos que había dejado en la ciudad anterior y celebraran fiestas. A pesar de la dureza del viaje, una vez dentro de Ikea se sentía más en casa que en su nueva vivienda.

“Ahora va a ser más fácil”, se dice.

A la salida, Carla buscaba un punto apartado para hacer logística en su maleta. Los individuos más fisgones formaban un disimulado círculo a su alrededor mientras fingían esperar a alguien, pero lo que hacían de verdad era observar de reojo si sería capaz de cerrar el equipaje. Cuando por fin regresaba a la calle, la gente caminaba de manera agresiva y miraba con desprecio, y entonces Carla recordaba que estaba en otro país, de camino a un piso a medio amueblar y con una maleta cuyo peso obtendría la negación de todas las aerolíneas.

“Ahora va a ser más fácil”, se dice. “Al principio, tras una mudanza a un lugar desconocido, lo único a lo que puede aferrarse uno es a los muebles. Todo es nuevo y extraño, y las personas desubicadas los utilizan para tratar de establecer un modo de vida aún inexistente en su nueva localización. Pero ahora yo ya he construido aquí un trocito de vida”. Los primeros meses de Carla en el nuevo país fueron de negación: estaba convencida de que iba a regresar enseguida, y expresaba su convicción resistiéndose a comprar una cama. Después, el colchón hinchable en el que dormía se pinchó y tuvo que replantear su estrategia. Entonces llegó el verano, y sus amigos de siempre comenzaron a visitarla. Exploraron juntos los sitios que Carla no se atrevía a investigar sola y empezó a pasárselo un poco mejor. Al menos en su escasa colección de recuerdos en aquel lugar ya no había solo lucha y sufrimiento. Luego se apuntó a clases de idiomas para poder hacer la compra en condiciones y entender un poco mejor la cultura en la que se desenvolvía. Y, poco a poco, fue encontrando amigos en el país nuevo con los que poder compartir momentos de forma más espontánea, nada más salir del trabajo y sin aeropuertos de por medio. Ahora, cuatro años más tarde, no tiene tan claro cuándo va a volver a mudarse, y lo que más le preocupa es arrepentirse algún día de no estar viendo lo suficiente a su familia.

Carla reflexiona que, para ella, ir a Ikea sola y sin coche es una metáfora de revolución a pequeña escala. Porque uno tiene que ser capaz de construir su casa aunque esté solo y, a pesar de que el modelo Ikea esté enfocado a convenciones sociales diferentes a su situación particular, ella ha conseguido hacer frente a todos los obstáculos. Dice en voz alta: “casa es allá a donde vaya, aunque no exista Ikea”. Y, con ello, decide desafiar una vez más las dificultades de visitar el establecimiento. Al bajarse del tren y dirigirse a la parada de autobús que conecta con su destino, una chica que trabaja recogiendo firmas y datos bancarios para un centro de ayuda contra la soledad y el suicidio juvenil intenta acercarse a Carla preguntándole “¿es usted madre?”. Y Carla se sonríe, porque sabe mucho de soledad en ese país. Y porque el disfraz de persona que va a Ikea que ha improvisado ese día parece que funciona. Cree que Morrissey estaría orgulloso.

 

***

Foto de portada: Windows (Hernán Piñera)

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