‘Hannibal’, lujo y canibalismo en Florencia

Creo que alguna vez he expresado por aquí mi opinión, en general, sobre Hannibal, la adaptación televisiva de las novelas de Thomas Harris y del icónico personaje popularizado por Anthony Hopkins en el mayor papel de su vida (y una de las mejores interpretaciones de la Historia del Cine). Mi opinión, que tan poco valor tiene, es que hay dos fuerzas luchando en esta serie y que son ya las cargas definitorias de Hannibal y que esto es a la vez su bendición y su maldición, y por ello la serie no termina de ganarse el huequito en mi corazón que debería haber conquistado ya.

El principal escollo de Hannibal está en los dos públicos naturales que quiere, y que necesita, alcanzar la serie. Por un lado, al tratarse de una serie de network, con las reglas que ello implica, Hannibal es una serie policiaca, con todos los elementos propios de estas series y que tanto éxito tienen en las cadenas generalistas estadounidenses. Es cierto que la serie ha ido abandonando el carácter procedimental ha medida que iba avanzando (entiendo, a medida que el público de Hannibal se iba definiendo mejor o la serie se iba nicheando cada vez más). Por el otro lado, el evidente deseo artístico de sus creadores atrae a ese público más minoritario, que viene seguramente rebotado de las cadenas de cable y de Internet. El espectador de la copa de vino. Esto es muy confuso, ya que Hannibal necesita ser una serie mainstream y a la vez no puede evitar zambullirse, a veces sin paracaídas, en la televisión casi experimental.

Lo que más me gusta de Hannibal es el gusto por el detalle temático en cada uno de sus ámbitos. Hannibal retrata el universo de la alta cultura en el que se mueve su personaje protagonista y siempre tenemos la sensación de estar viendo algo exquisito y elitista. Esto no sólo se refleja en diálogos (cada receta de cocina francesa de vanguardia), escenarios (la decoración de todos los espacios es abrumadora), música (los más grandes compositores clásicos) y cada gesto de Mads Mikkelsen, sino en la propia forma de la serie, con planos detalles, cámaras ultralentas y secuencias oníricas preciosistas, incluso en la ejecución más retorcida de algunos asesinatos. Al final, Hannibal es la serie que le gustaría ver a Hannibal.

Todos estos elementos se concentran en el primer capítulo de la tercera temporada. Un capítulo que por momentos parece olvidar esa contradicción de la que hablaba más arriba, y que se lanza sin miedo a profundizar en el maravilloso universo que se ha creado en la serie y que, lejos del miedo que a priori podría dar una adaptación televisiva de un personaje tan conocido, ha conseguido entidad propia a través de unos códigos muy personales. Un capítulo muy hermoso, con una narrativa muy peculiar, siempre entre el sueño y el recuerdo, entre la fantasía y la realidad. Fantástica como siempre Gillian Anderson, que es una auténtica bomba de actriz, y Mads Mikkelsen, claro, que ha conseguido construir un nuevo personaje haciéndonos olvidar brevemente a Anthony Hopkins.

Ojalá Hannibal siga esta camino y nos regale una tercera temporada llena de lujo. De lujo y canibalismo.

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