Pliqui

Cuando era pequeño y mi familia estaba más o menos unida, teníamos un perro, un Golden Retriever, al que llamamos Pliqui porque a mi padre le hacían mucha gracia las expresiones -que usábamos muy a menudo mi hermana y yo porque estaban de moda en el instituto- “vengo en un pliqui” o “lo hago en un pliqui” o “dame un pliqui y me pongo con ello”. Creo que los chavales de hoy en día ya no dicen eso, o quizá era simplemente un localismo de la aburrida ciudad de provincias en la que vivíamos. Yo, al menos, hace años que no lo oigo.

Pliqui era un perro alegre. No era especialmente activo pero tenía una manera agradable de acercarse a ti cuando entrabas en casa o cuando te levantabas por la mañana. Movía la cola y venía pacientemente a olerte, o llamaba tu atención con las patas delanteras para que le acariciaras la cabeza, cosa que le gustaba mucho. Era un buen perro, un buen animal. Un animal al que podrías considerar tu amigo. En mi época del instituto solía pasar horas y horas en la buhardilla del adosado en que vivíamos, leyendo y viendo películas, principalmente, pero también estudiando, y Pliqui siempre solía acompañarme, tumbado en su pequeña cama naranja al lado de las escaleras.

A mi abuela Pliqui le encantó desde el primer momento. He leído mucho desde entonces sobre cómo los perros ayudan a las personas a superar momentos de dolor.

En el verano de mis últimos exámenes en el instituto, fuimos todos juntos -mi madre, mi padre, mi hermana, Pliqui y yo- a pasar unos días al pueblo de mis abuelos, en medio de la estepa castellana. Se trata de uno de esos pueblos de interior en los que el invierno es helador y el verano un auténtico horno a presión. Mi abuelo acaba de morir hacía menos de un año, y la idea era pasar el verano haciendo compañía a mi abuela (y, de paso, como nos confió nuestro padre en el coche, convencerla para que aceptara entrar en una moderna residencia cerca de Madrid).

A mi abuela, una mujer de pueblo de buen corazón y algo atolondrada que llevaba varios meses viviendo sola y replanteándose su existencia, Pliqui le encantó desde el primer momento. He leído desde entonces muchos artículos (y, lo admito, hasta algún libro) sobre la capacidad de los perros, y en especial de los Golden Retriever, para ayudar a las personas a superar momentos de aflicción o participar con éxito en programas de terapia contra el dolor o la soledad, y el caso de Pliqui y mi abuela es un ejemplo paradigmático que, incluso, llegó a algo más.

Porque mi abuela vio algo en Pliqui que el resto no veíamos. Mi abuelo, su marido, tenía en el pequeño salón de la casa de pueblo donde habían vivido su matrimonio durante más de 40 años un pequeño butacón en el que, religiosamente, todas las tardes se sentaba a ver la televisión, mientras que mi abuela optaba por un sofá rosa, más amplio y cómodo. Lo de mi abuelo y el butacón no había quién se lo explicara; es, al parecer, una de esas cosas que le definen a uno al máximo, una tradición cuyo incumplimiento jamás se planteó, a pesar de que hubiera sido muy sencillo (y hasta recomendable, dada la poca comodidad del butacón) comprar un sillón nuevo o simplemente sentarse en el mismo sofá que su mujer.

Pero nada, el butacón era sagrado para mi abuelo, hasta el punto de que en la única foto que todavía conservo de él, aparece sentado como tantas y tantas veces se sentaría a lo largo de su vida, algo hundido, con las piernas estiradas y los codos apoyados en los respaldos, con una bufanda del Real Madrid y una cerveza y unas aceitunas cuidadosamente colocadas en la mesita plegable, al lado (mi abuela insiste en que la foto se sacó durante la final de la Copa de Europa de 1998 que el Madrid acabaría ganándole a la Juventus por 1-0). Y el caso es que Pliqui, desde el primer momento en que entramos en la casa, adoptó el butacón como “su camita”, como solía decir mi hermana, y cada vez que nos reuníamos en el comedor para cenar o nos íbamos a dormir, se tumbaba en él de una forma que, al igual que pasaba con mi abuelo, no parecía ni cómoda ni conveniente pero que por alguna extraña razón se le hacía irresistible.

Entre los dos surgió un lazo tan genuino y auténtico que todos teníamos más o menos claro que iban a quedarse a vivir en el pueblo.

Aquello, por razones sentimentales y emocionales obvias, tuvo un impacto muy fuerte sobre mi abuela, que comenzó a dirigir su atención y su cariño cada vez más hacia Pliqui y menos hacia nosotros -lo que podríamos llamar su familia humana- con el consiguiente rechazo de toda idea de entrar en una residencia y una decepción cada vez mayor de mi padre, que no sabía cómo abordar el tema y que ciertamente estaba superado por el hecho de no tener ni una pista de cómo tratar a una madre con la que había tenido un contacto muy escaso durante los últimos diez o quince años.

Pliqui pasó a ser el nuevo gran amor de mi abuela, que comenzó a cocinarle jugosos estofados y a dirigirle comentarios sobre cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, a lo que Pliqui respondía alegremente moviendo la cola, como si realmente la entendiera, o siguiéndola con fidelidad absoluta por toda la casa, o acompañándola a comprar el pan o a ver a sus amigas a la terraza del bar de la plaza del pueblo. Entre los dos surgió un lazo tan genuino y auténtico que al cabo de pocas semanas todos teníamos más o menos claro que tanto mi abuela como Pliqui iban a quedarse a vivir en el pueblo.

Y así les recuerdo a los dos, el día de finales de agosto que nos marchamos para volver a la ciudad: ella sentada en su sofá rosa, haciendo punto, viendo uno de esos programas del corazón de sobremesa; él, tumbado en el butacón, con la cabeza apoyada en el respaldo, moviendo la cola ligeramente mientras le acariciaba por última vez la cabeza como tanto le gustaba. Es una imagen que me reconforta y me ayuda. Es una pena que, por aquel entonces, yo no tuviera teléfono móvil, porque habría podido sacar una foto de recuerdo que poner junto a la de mi abuelo y su bufanda del Real Madrid.

Espero que les siga yendo bien a los dos, por muchos años. Es bueno saber que algunos vínculos en esta vida son para siempre.

La vida ha seguido más o menos bien para todos, con la salvedad de que mi familia y yo ya no estamos tan unidos. Mis padres se divorciaron al cabo de un par de años, después de un largo y doloroso proceso de aceptación de lo que era un final a voces. Mi hermana ahora está en la Universidad, estudiando Derecho, y le va bastante bien (se ha ido de Erasmus a Toulouse, Francia, y casi nunca escribe). Yo me casé y vivo en Cataluña y seguí, como se suele decir, mi propio camino. En general, nos hablamos bastante poco, como si hubiera algo gigantesco e incómodo entre nosotros que nos impidiera tener una relación normal, aunque ésa es otra historia, que no viene a cuento.

Mi abuela y Pliqui siguen en el pueblo. He llegado a pensar con el tiempo que ella ve en el perro una reencarnación de su marido, una oportunidad de continuar con una rutina, un cariño y una compañía de los que nunca ha llegado del todo a despedirse. Pensar en ellos es agradable. Pensar en ellos es creer que en algún sitio puede haber un hogar, y que las cosas funcionan como deberían. Espero que les siga yendo bien a los dos, por muchos años. Es bueno saber que algunos vínculos en esta vida son para siempre.

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Foto de portada: An Apology (Ryan Mitchell-Flickr)

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