Viviendo al límite con la Santa Muerte

—Oiga, ¿sabe que es usted muy valiente? No sabe cómo le admiro.

—¿Disculpa…?

Elevó hacia ella sus cejas platinas de gavilán, ligeramente arqueadas por el germen de la sorpresa. Y ella, como para refrendarlo, empujó con firmeza el plato, sin dejar que sus ojos oscuros y hondos flaquearan ante los azulencos y almendrados de él. La estaba mirando con suspicacia.

—Que sí, que sí. Lo que yo le diga. Que es usted bravo, señor Donald.

Y el así piropeado se encogió de hombros, introdujo el pico de la servilleta por el cuello de su camisa para no manchársela, y se decidió a ignorarla, al tiempo que sumergía la cuchara en el guiso con una zambullida de pelícano. Pero antes de que le diera tiempo a llevársela a la boca, ella, que había permanecido a su lado, carraspeó para seguir con la laudatoria:

—De verdad que debe de tener el corazón a prueba de bombas. No sé cómo se las apaña.

El señor Donald soltó la cuchara con impaciencia y el guiso salpicó el mantel.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? ¿Podrías volver a la cocina y dejarme comer en paz, por favor?

—Sí, sí… —dijo ella, entrelazando las manos con sumisión.

Él la siguió con la mirada, torva y fastidiada, antes de volver a enfrascarse en el yantar. Pero cuando parecía que ella ya se había marchado y él estaba a punto de engullir el primer bocado, la vio reaparecer en el quicio de la puerta. Las miradas de ambos se cruzaron en silencio. Se las aguantaron con calma. Hasta que el señor Donald, al fin disgustado, se quitó la servilleta de un manotazo y la arrojó sobre la mesa hecha un rebullo. Golpeó el tablero con la palma abierta.

—¿Qué quieres ahora, Sara?

—Pues nada, aparte de expresarle mi respeto –replicó ella recatando los ojos, jugueteando humildemente con su sortija barata entre los dedos.

—¿Pero por qué? ¿¿De qué hablas??

—Pues de su arrojo. El que hace falta para vivir rodeado permanentemente de violadores, narcotraficantes y criminales de la más baja calaña. Su día a día tiene que ser muy estresante. No me explico cómo no le ha dado todavía una angina de pecho, con esa tensión continua…

El señor Donald abrió la boca para interrumpirla, pero ella le abortó la perorata cuando aún era un cigoto en sus labios.

Hace falta arrojo para vivir rodeado permanentemente de violadores, narcotraficantes y criminales de la más baja calaña.

—Es que échele cuenta: el jardinero que le poda esas caléndulas reventonas que tiene en el patio de entrada es mexicano, de Monterrey. Fíjese lo que podría hacerle con esas enormes tijeras que manipula a diario justamente ante su puerta. Y no digamos con la motosierra del cortacésped. Menudo desaguisado se rifa cada mañana y usted tan pancho. Por no hablar del chófer que le recoge, le lleva y le trae de acá para allá a todas horas como culo de mal asiento. ¿No se da cuenta de que es la vieja de la guadaña la que pilota su volante? ¡El chófer es de Tijuana, por amor de Dios! Y tal vez no haya reparado en ello, porque los temerarios desdeñan el peligro, pero… ¿está enterado de que el muchacho que atiende el deli en el que usted encarga ese sándwich Reuben que se zampa todos los viernes por la noche vino a Nueva York hace cinco años… ¡desde Aguascalientes!? Así pues, no se extrañe si un viernes cualquiera se encuentra masticando cristales, camuflados hábilmente entre la ternera y el queso suizo. Y espere, espere, que aún hay más… ¿conoce a Sally? Una de sus eficientes secretarias. Sí, esa morena guapa que habla cuatro idiomas… Bueno, pues sepa que el español no lo aprendió en la escuela. Lo mamó en casa. Su casa de Nogales, en Arizona. Sí, ella nació en territorio estadounidense, pero sus papás… óigame, ¡pues como que son de Chimalhuacán de toda la vida! En cuanto al nuevo portero que han contratado en la Torre Trump… mire, no sé a ciencia cierta de dónde vendrá ese flaco, pero el otro día le escuché que conversaba por el celular y que le estaba llamando güey a alguien, así que con eso no le digo nada y se lo digo todo… cuidado no provoque un cortocircuito en el ascensor cuando usted vaya por el piso decimoséptimo y me lo desbarranque. Por no hablar de mí, ya que estamos… su asistente personal, 24 horitas pegada a usted como una lapa, lo tengo a mi merced tantas veces como se me dé la gana… la Santa Muerte le ronda, señor Donald. ¡Se pasa usted la vida rodeado de mexicanos!

Por no hablar de mí, ya que estamos… su asistente personal, 24 horitas pegada a usted como una lapa, lo tengo a mi merced tantas veces como se me dé la gana.

—¡Ah! ¿Pero tú eres mexicana? –indagó él con un respingo.

—Sí, pendejo (*), sí. ¿Y sabe qué? Que es igual en todo el país. Estamos por todas partes de los USA. Así que si pretende hacer carrera política, siga así: haciendo amigos entre mis compatriotas, que entonces… va listo –y añadió la chamaquita con conmiseración—. Qué torpe es usted, señor Donald. Qué torpe es.

***

(*) En el español original.

Foto de portada: Donal Trump, durante su intervención en el Conservative Political Action Conference de 2011 en Washington. (Autor: Gage Skidmore)

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