El día se acaba

Un grupo de muchachos jugaba al fútbol en un campo de tierra, a media tarde. Habían dejado las mochilas junto a los banquillos de cemento; en ellos, resguardadas del sol, algunas chicas charlaban observándolos. Salió de pronto un perro de la nada y se internó en el campo, dejando tras de sí una espesa nube de polvo que brillaba bajo la luz ya declinante. Llevaba en la boca una cosa blanca y peluda. Varios se lanzaron hacia él, lo rodearon y consiguieron quitársela a patadas; el animal salió huyendo y soltó lo que resultaba ser un gatito. Sangraba inconsciente, y respiraba con tanta intensidad que casi, como lo describió después uno de los chicos, “parecía un acordeón”.

Nerea, que con frecuencia se mantenía en segundo plano, que nunca hablaba con los chicos y que tenía, según la opinión común, “una cara muy simpática”, atravesó el campo corriendo y separó a los muchachos del gato. Quería llevarlo a un veterinario. Luis se lo quitó con brusquedad y le dijo que el gato era de él; que él le había dado al perro la primera patada y que ella no tenía derecho a reclamárselo. Nerea quiso recuperarlo, pero Luis se lo pasó a otro chico, y este otro a otro, y así sucesivamente mientras Nerea iba de lado a lado. Hasta que perdió la paciencia y empezó a chillar. Luis, que volvía a tener el gato, dijo que ni para ella ni para él, y echó a correr, seguido por todos, hacia la fuente.

Una vez allí, lo sumergió por la cabeza en el agua del sumidero encharcado. Nerea quería impedírselo, pero la sujetaron entre tres. El gato se agitaba desesperado; pero este lo hundió aún más, apretando con saña. Al cabo, pese la desaprobación de muchos, que le pedían que parase, el gato ya no se movía, y todos se alejaron silenciosos de la fuente menos Nerea y Carlos.

La cabeza del gato flotaba mansa en el agua.

Nerea lloraba arrodillada a su lado. Sudaba mucho, y los senos le ascendían y descendían bajo la ajustada camiseta amarilla y el largo cabello despeinado. Carlos la observaba. Entonces ella se giró hacia él llena de rabia: “¡Vete!”, gritó. Y él se fue.

*           *           *

Regresó Carlos a casa junto algunos compañeros, a la hora en que se encendían las farolas sobre las amplias y paralelas calles de asfalto. “¡Luis! ¡Vaya imbécil!”, dijo uno. “Bueno, cuando hace el tonto en clase tiene gracia”, dijo otro. Luego hablaron de los sitios adonde irían de vacaciones.

Carlos se despidió de ellos mientras sacaba la llave del portal.

“¡Qué hambre tengo!”, dijo al entrar en la cocina y ver una fuente de croquetas recién fritas. Su madre estaba terminando de sazonar una ensalada.

“De lo que tienes ganas es de ducharte ahora mismo”, le dijo su madre “Ni se te ocurra coger una. Hoy viene tu tío a cenar. ¿Tienes muchos deberes?”

Se duchó, se vistió el pijama de verano y se asomó al balcón. Con el pelo aún mojado, la sensación de fresco por la brisa le era agradable. Su padre, en el sofá del salón, veía la tele. En la calle, un coche se había detenido para que una señora que iba cargada con bolsas pudiera cruzar a la otra acera. Volvió a su cuarto, sacó de la mochila los libros y empezó con las tareas. Al rato llegó el tío Ángel y se sentaron los cuatro a cenar.

El tío Ángel siempre contaba las cosas exageradamente; él y su padre se entendían muy bien y hablaban sin parar. A veces el tío Ángel soltaba alguna grosería y su madre, a pesar de reírse, se hacía la ofendida, y él bebía de su copita de vino mirándola de reojo con gesto de burla.

Hablaron de política, de otros familiares, de lo que iban a hacer la siguiente semana y de la carrera que estudiaría Carlos en un futuro.

“No lo sabe aún, aunque saca buenas notas”. “Bueno, dentro de poco lo tendrá claro. A ver con qué se gana éste la vida”. “¿Ingeniero?”. “A lo mejor. Más de ciencias siempre ha sido”. “Las ciencias van a tener siempre mayor demanda laboral”.

Llevaron los platos sucios a la cocina. Luego el tío Ángel se marchó y sus padres se pusieron a ver la tele. Mientras Carlos se lavaba los dientes pensó de repente en Nerea; nunca antes le había excitado tanto como durante ese momento en que la vio tan sudorosa, enfadada y triste. Había sentido unas ganas impetuosas de abrazarla y de besarla sin parar.

Acabó los deberes, guardó los libros en la mochila, preparó la ropa del día siguiente y fue a por un vaso de agua a la cocina. Su madre limpiaba silenciosa la sartén, los platos, los cubiertos. Después de dejarlos en la encimera los secaba con un trapo ya áspero por el uso. Minuciosamente colocaba luego cada cosa en su lugar, ensimismada.

Llegó Carlos a su cuarto, se desvistió y se tumbó sobre las sábanas, desnudo por completo, acalorado; la ventana estaba abierta de par en par y la persiana medio bajada. Notaba inmóvil el fluir de la brisa, pesada y cálida.

Sabía que todos, incluido él, tenían que morirse. Lo sabía porque se lo habían dicho desde niño, aunque no era capaz de imaginarlo o entenderlo. Pero, en ese momento, mientras trataba de dormir, mientras desorganizaba sus pensamientos para así sumergirse por fin en el sueño, tuvo, entre repentinos sudores fríos, la verdadera y desgarradora impresión de que su vida se terminaría alguna vez, de que ya no volvería a ser niño nunca más; y de que solo avanzaba, día tras día, hacia una misteriosa y terrible oscuridad.  

***

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