El taxista de Poblenou

Aquel día, la hermana de Ana celebraba su cumpleaños e iba a dar una cena en el moderno piso barcelonés que compartía con su marido. Carlos, que había sido invitado también aunque llevaba poco tiempo saliendo con Ana, entendía que aquel evento era importante porque de alguna manera le presentaba en público y marcaba el punto en que entraba a formar parte del ambiente familiar en que ella había crecido.

Carlos siempre fue un buen contador de historias, y quería causar una buena impresión. Como venían algunos amigos de la familia también, y el ambiente sería formal pero no demasiado, pensó que sería una buena idea contarles a los asistentes una anécdota inspiradora.

Aquel evento marcaba el punto en que entraba a formar parte del ambiente familiar en que ella había crecido.

Y tenía una idea. Justo unos días antes, Carlos había tenido que coger un taxi para ir al trabajo tras una reunión con un cliente. El taxista, un hombre de unos sesenta y pico años, no paró de hablarle durante el viaje. Le contó que había nacido en La Habana y que había vivido en Miami, algún lugar de Colombia, Sevilla, Madrid y Barcelona, donde se casó y estableció definitivamente hacía 20 años.

También le dijo que el fin de semana pasado había corrido una maratón de 42 kilómetros (¡a su edad!) y que tenía una casa en el Pirineo aragonés y una hija médico. Y que en una caminata solidaria había esperado cerca del final a dos buenos amigos de su etapa barcelonesa que también participaban para cruzar la línea a la vez y que grabaran el nombre de los tres en el trofeo. Suficiente material para armar una anécdota decente para la cena.

Porque la verdad es que no se quitaba de la cabeza la sencillez de aquel hombre que le había contado su vida en apenas 20 minutos. La súbita sinceridad del taxista le había recordado, de forma un poco confusa, que hacía semanas que no hablaba con sus amigos y con ciertos miembros muy cercanos de su familia, y también le había hecho pensar en algunas otras amistades que se habían acabado súbitamente y sin explicación o en algunas de sus relaciones de pareja en las que la comunicación había brillado por su ausencia o había estado directamente mediatizada por el miedo a perder al otro y quedarse solos, lo que había, en último término, sido precisamente la causa de que aquellas relaciones no funcionaran y se fueran al traste. Allí había un reflexión interesante.

Hacía semanas que no hablaba con sus amigos y con ciertos miembros muy cercanos de su familia.

Sin embargo, la cena no fue todo lo bien que hubiera esperado. La hermana de Ana y su marido estaban a la gresca, lanzándose pullas constantes sobre los sacrificios que cada uno de ellos hacía por el otro a diario. Los sobrinos se portaron como auténticos salvajes, gritando y berreando sin parar, tirando la comida y pataleando. El ambiente era incómodo, el resto de invitados no sabía dónde meterse y Carlos apenas tuvo ocasión de contar la historia del taxista.

Ana volvió con su ex novio al cabo de unas semanas, así que después de todo aquella cena no era tan decisiva como parecía. Sin embargo, Carlos tendría, a lo largo de su vida, otras oportunidades de contar la historia de aquel hombre que, entre tantos lugares, había elegido el barrio de Poblenou como su casa y lugar donde, según le había dicho, esperaba morirse algún día.

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Foto: Taxi en Barcelona (Autor: Peter Werkman)

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