La pesadilla es el mejor de mis males

¿Le ha dado esquinazo? Sí, eso parece. Menos mal. ¡Ya está fuera de su alcance! Después de correr y correr, de hacerlo hasta la extenuación, se ha librado de ella. Se detiene por primera vez en mucho rato para recuperar el aliento. Una poderosa y cálida oleada de alivio le arrasa el pecho, como una marea cuando deja la arena sembrada de conchas preciosas para que se sequen al sol. Precisamente coge una de esas conchas refulgentes, que comienzan a entibiarse, y la aferra muy fuerte. La siente granulada, rugosa, reconfortante, excepto en su parte interna: la faz tersa y rosada del nácar. Se la aproxima al oído y una melodía torrencial se lo anega. Allí están, dentro de su pabellón auditivo, los cantos de sirena. Le mecen, le transportan, le solazan. Y él se deja, se acurruca. Se siente liviano, como si pudiera arrastrarlo una simple ráfaga de brisa. Cierra los ojos para sumergirse de lleno en la zona más blanda y mullida de ese arrebato. La exultación lo incita al baile. Los pies no le pesan. Traza con ellos una grácil pirueta. Podría estrechar con amor cualquier cosa entre los brazos. La concha sigue cantando en su oreja.

Da unas cuantas vueltas, como embebido en un vals ingrávido. Y, de pronto, su pierna choca contra una superficie pétrea. Se lleva las manos al fémur, para tratar de mitigar la punzada, y suelta la concha sin querer. No le da tiempo a constatar que se diluye como si nunca hubiera existido, porque, aunque ha abierto los ojos, se ha topado con lo que desearía no tener que volver a ver. Su mayor terror, su pesadilla más desazonadora. Allí está de nuevo, plantada frente a él, la bruja nibelunga.

El corazón se le arruga como una hoja seca y le palpita desbocado, en un doloroso acelerón, hasta que derrapa y le raspa el pecho. No puede evitar que le raje la boca un alarido. Un grito espeluznante, de miedo y de frustración. Y ella, la bruja nibelunga, se ríe. Su sonrisa es una mueca siniestra. Sus ojos le atraviesan. Son de hielo azul. Y le dejan carámbanos en la piel sólo con posarlos sobre ella. La bruja nibelunga le señala acusatoriamente con un dedo que más parece una garra y abre la boca. Un sonido horrísono atruena el espacio. Es insoportable. Le quebranta los tímpanos. Le va a estallar la cabeza.

Intenta excusarse a gritos: “no tengo nada para darte, no tengo nada…”

Se tapa los oídos con desesperación, vuelve las espaldas y se echa a correr mientras intenta excusarse a gritos: “no tengo nada para darte, no tengo nada…”. Tiene que escapar de allí como sea. La bruja nibelunga, detrás de él, comienza a caminar con parsimonia, con la misma mueca cruel frunciéndole la boca. En la distancia, no le pierde de vista ni un solo segundo. Él lo sabe. Nota su mirada agarrada como un témpano en la nuca. Como también sabe que no se va a molestar en perseguirlo. ¿Para qué? Lo va a atrapar igualmente. Pero, aun así, pese a lo inútil del intento, sigue corriendo.

Se sabe llegando al límite y eso le inunda de pánico. Si ahora cae, está perdido

Al menos eso tiene que hacerlo. Corre y corre, hasta perder el resuello. La caja torácica y las sienes se le llenan de alfileres. Un paso detrás de otro. Venga. Aunque los pies le pesan ahora como pacas de plomo. No puede más. Se sabe llegando al límite y eso le inunda de pánico. Si ahora cae, está perdido. Si tropieza, si da un mínimo traspié, significaría que… Todo se oscurece rápidamente a su alrededor. Ya no distingue sus propias manos delante de él, aunque las siente balancearse en estertores a los flancos de su cuerpo. Su cuerpo entumecido, sudoroso y traspasado de abismo. Y, entonces, sin saber cómo, desemboca en una plaza, que reluce con un extraño fulgor. Es una plaza de mármol blanquecino. Tal vez ha estado allí antes, pero la halla muy cambiada, casi irreconocible. Es más bien un aire, una huella, un no sé qué, lo que él recuerda.

Y hay gente. Tal vez pueda pedirles ayuda. ¡Sí! Sin duda… Están vueltos de espaldas, sumidos en un silencio sin rostro. Alarga las manos (ahora sí se las ve) hacia la primera figura que encuentra. Ase uno de los pliegues de la túnica con que va vestida y le conmina a girarse. Se sobresalta cuando la figura vuelve hacia él, no un semblante humano, sino una máscara. Se cae abrumado en los pozos negros, vacíos, sin pestañas, que se abren a la altura de los ojos. E inmediatamente, exactamente al mismo tiempo, todas las figuras se giran con un chirrido metálico, como el gozne de una máquina. Todas tienen la misma máscara. Los mismos ojos negros, vacíos, sin pestañas. Todos parecen inquirirle algo. Pero no dicen nada. No pueden, con esos labios inmóviles, de bronce, de máscara.

Él trata de dominarse para no parecer aterrado. Pero la sangre la siente tan fría como un arroyo de montaña en el deshielo, golpeteándole al fluir en la cara interna de las venas. Se estremece inconteniblemente, pero traga saliva y con un hilo de voz tartamudo logra decir:

-Ayudadme, por favor. O, al menos, entendedme…

Y de pronto, todas las máscaras, a coro, profieren un chillido infernal. Vuelve a taparse los oídos con desesperación. No puede soportarlo. Pero, aun así, el griterío diabólico se escucha en todas partes, resuena en el espacio, se apodera de cada resquicio. Es imposible no oírlo.

-¡Tú! ¡Tú! ¡Tú! ¡Culpable! ¡Infame! ¡Traidor! ¡Miserable!

Y el coro repite una y otra vez la maldición. Acaba y vuelve a empezar. En una espiral agobiante.

-¡Tú! ¡Tú! ¡Tú! ¡Culpable! ¡Infame! ¡Traidor! ¡Miserable!

-¡No, de verdad! ¡No soy eso que decís! ¡No puedo hacer nada!

Y en el colmo de la desesperación, arranca la máscara de esa primera figura, cuya túnica todavía mantiene aferrada. La máscara cae al suelo y ante sí aparece un rostro de cera, con unos rasgos cincelados con punzón. Es un hombre completamente calvo. Quizás en otra vida fue su amigo. No es capaz de acordarse. Su boca, tan sin labios como la de una serpiente, se curva y le sonríe con cinismo. Pero sólo eso. Sin pronunciar una palabra, sin recoger su máscara, sacudiendo su túnica como si tan sólo un polvillo la hubiese impregnado, el hombre calvo se desprende de su tenaza y se aleja. En silencio, con la cabeza, eso sí, vuelta. Con su sonrisa cáustica aupada en un altar.

-¡No! ¡No me dejes! ¡No te vayas! ¡Por favor!  -le ruega.

La súplica no sirve de nada. Se encuentra otra vez solo. Mira a su alrededor, y un escalofrío le tronza la médula espinal. De repente, todos los labios inmóviles y broncíneos de las máscaras están sonriendo. Sonriendo a la vez. Sonriendo una sonrisa maligna. Y lo ve venir casi antes de que ocurra. Todos a una profieren un siseo espectral y se abalanzan sobre él en picado, rápidos y sumarios como rayos. Se siente apresado en una marabunta salvaje de zarpas y manos. Se lo llevan en un remolino, mientras él patalea atemorizado, se debate con todas sus fuerzas y también sin ninguna esperanza. Intenta protegerse la cabeza y entierra los ojos tras las palmas de sus manos. Hasta que, por instinto, se siente forzado a retirarlas como quien depone un escudo. Entre las junturas de los dedos se le ha colado un aliento gélido, que le paraliza el pulso y las facciones como un presentimiento. Abre los ojos y, a tan sólo dos centímetros, casi rozándole las pestañas, se encuentra con los ojos de hielo azul de la bruja nibelunga.

Tal y como previó, le ha alcanzado. Es suyo. El griterío satánico ha cesado, y, en completo silencio, ella le posa las uñas en el cuello. Sin dejar de mirarlo, con una fijeza intolerable, le conduce, apenas con un ademán, unos cuantos pasos más allá. La plaza de mármol blanquecino, con todas sus máscaras, ha desaparecido. Ahora sólo hay bruma. Y, al final, una mole oscura. Bajo el yugo de la bruja nibelunga sigue caminando hasta ahí, hasta encontrarse a sus pies. Ahora ya puede ver lo que es. En lo más profundo de su ser se lo llevaba temiendo todo ese tiempo. Ahí está. El escalofriante cancerbero de tres cabezas. El vaho expelido por la triada de fauces se condensa en el aire, erizando todo el vello de su cuerpo. Una de las lenguas, la de en medio, gotea y la saliva cae sobre su hombro, como un plasma pegajoso y denso. Los seis ojos amarillentos lo observan como luciérnagas enloquecidas. Permanecen todavía inmensa, extrañamente quietos. Es una calma tensa. Un suspenso que mata. Pero su organismo y su mente ya no pueden más, así que, sin poderlo remediar, comienza a deslizarse por una pendiente, a dejarse llevar, a relajarse… y entonces:

-¡Atacad! –ruge la bruja nibelunga a su lado, al tiempo que lo empuja entre las patas del cancerbero, cuyos hocicos negros atestados de colmillos es lo último que ve cerniéndose sobre él, ladrando feroz, mordientemente, hasta que abre los ojos a otra negrura: la de la habitación en la que se despierta.

Aún está empapado en sudor, aún está conmocionado, el corazón aún le trepida, pero Alexis Tsipras se da la vuelta en la cama con un resoplido, de espaldas al despertador, impaciente por volver a dormirse, por sumirse en el privilegio de que la troika, la Merkel, su ex ministro de Finanzas, e incluso su propio pueblo no sean más que un mal sueño.

***

Foto de portada: Headless mask (Autor: Andrew Turner)

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