Me levanto y rompo un vaso lleno de agua

No lo hago a propósito. Miro el charco mientras pienso en el origen de la vida y en el 65%. Luego limpio el suelo y preparo un bol con fruta para desayunar. Es verano, así que corto trozos de sandía, fresas y papaya. El criterio seguido para la mezcla es que encuentro estéticamente atractiva la combinación de los colores. Por lo tanto, el sabor funciona.Quiero presentar con tono de voz firme y determinado en un auditorio lleno de eruditos una teoría que defienda la correlación entre las tonalidades de los alimentos y el gusto del plato de tal forma que se concluya lógicamente que Picasso era un cocinero excepcional aunque no sea capaz de demostrarlo. La sociedad se mueve en función de estética y tonos de voz la mayor parte del tiempo. Hago garabatos con el dedo sobre el agua tintada que la fruta ha dejado en la encimera. Después salgo a correr antes de ir al trabajo, porque tras una década de decepciones y dramas vitales, la única manera de alcanzar cierto equilibrio es contrarrestar el cinismo y la ansiedad con un estado físico saludable.

Corro por la acera que recorre la orilla del río. El sol me salpica los ojos y envuelve el paisaje con una sustancia dorada pegajosa como la fruta de mi desayuno. Hay algunos adolescentes muy conscientes de sí mismos moviéndose por la arena de la zona de voleibol que se extiende a un lado de la playa artificial. El museo de cuerpos comprende: músculos que han sido trabajados en el gimnasio durante todo el año con el único objetivo de que llegara este mes de momentos sin camiseta,  siluetas derivadas de las operaciones bikini, bronceados y alguna que otra figura resultado del despecho y de la voluntad de cambiar de cuerpo para que no sea el mismo que en algún momento precoz recorrieron las manos de alguien que ahora resulta ajeno.

No entiendo del todo lo de las gaviotas. Gritan sin parar mientras vuelan en círculos sobre un punto fijo y cuando me acerco en mi carrera se callan y fingen estar interesadas en otra cosa. Yo asociaba las gaviotas al mar, pero lo cierto es que se están comiendo a un pato que flota boca arriba. Sigo corriendo y el festín se reinicia detrás de mí. Un ser humano moralmente consciente también chapotearía con aire distraído mientras esperara a recobrar su intimidad. Razono que el  porcentaje de agua en el interior de las gaviotas debe ser inferior al 65%, porque aunque sus organismos albergan corrientes oscuras similares a las de las personas, no parecen ser tan profundas. Esta es otra teoría que no puedo demostrar.

Me ducho en los vestuarios del trabajo, me pongo ropa formal y subo a la oficina. Alguien ha dejado sobre mi mesa un montón de papeles con un post-it pegado que indica que los tengo que gestionar. Pienso que me gustaría tener vacaciones en este preciso instante. No es posible. Abro una botella de agua y comienzo a ojear la montaña de papeles mientras reorganizo mentalmente las tareas que tenía previstas para el día. Luego compruebo el correo electrónico y los mensajes en el contestador. Hace mucho calor.

Apoyo la espalda en la silla y me deslizo hasta la porción de suelo que hay debajo de la mesa con una expresión facial neutra. Mi jefe me llama. Vuelvo a sentarme en la silla y grito la expresión “buenos días”. Se asoma para pedirme cosas. Cuando se marcha, el cielo a través de la ventana se ha vuelto negro y se escucha un trueno porque se aproxima una tormenta de verano. Yo me inclino sobre el teclado y pienso que es una metáfora apropiada de todo lo que me acaba de caer encima.

Pasados unos minutos parece de noche. El viento es un huracán y la lluvia golpea el edificio con fuerza. Da miedo. Se oye otro trueno y el sonido de cristales rotos. Cuando levanto la vista, la copa de un árbol está encima de tres mesas que corresponden a personas actualmente ausentes por vacaciones. El agua comienza a inundar el piso. Permanezco tranquila porque nadie se ha hecho daño y porque sé nadar. Se me ocurre que si el nivel del agua aumentara mucho, podría salir buceando como el día en que fui en barca por el río con mis amigos y volcamos. Hago un inventario de experiencias absurdas que me demuestre que he aprendido a sobrevivir. No obstante, no estamos atrapados, así que salimos todos más o menos en orden, con los zapatos mojados y con renovada perspectiva de cuáles de los problemas que consideramos que tenemos son reales y cuáles imaginarios. Treinta minutos más tarde vuelve a salir el sol y regresa el bochorno.

A última hora de la tarde, un amigo me invita a cenar en su jardín. Mientras comemos aguacate, analizamos nuestras vidas y compartimos planes. También nos quejamos del calor. Entonces, mi amigo rellena la regadera y me dice “ven”. Sin que me lo espere, me riega como a una planta. Luego yo le riego a él. Enseguida volvemos a estar secos, pero yo sé que por dentro somos 65% agua y que nos recorren muchas corrientes, y no siempre son oscuras, y hoy hemos crecido.

Foto: Sky’s the limit (Leo Hidalgo)

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