El cazador cazado

Se pusiera donde se pusiera, los ojos le seguían a todas partes.

Se reclinó en su butaca preferida y se encendió un cigarro. Y los ojos le alcanzaron.

Se incorporó y pasó la palma de la mano por la repisa de la chimenea para quitar el polvo acumulado durante las últimas semanas. Y los ojos le alcanzaron.

Se agachó con la intención de arrancar una hebra suelta que de pronto detectó en la alfombra persa y que consiguió ponerle nervioso. Y los ojos le alcanzaron.

Se parapetó detrás del baúl de maderas nobles (caoba, ébano y palisandro), porque hacía días que andaba buscando las llaves y se le ocurrió de improviso, como una inspiración genial, la improbable probabilidad de que se le hubieran caído allí. Y los ojos le alcanzaron.

Le pareció que en cualquier momento, en el más inoportuno, los cordones se desatarían fatalmente para enredarlo y lo desplomarían

Se sentó al escritorio, sacó unas cuantas cuartillas y, hundiendo con mucha concentración la testuz entre sus propios hombros, se enfrascó en la tarea de emborronarlas a base de garabatos con pretensiones de expresionismo abstracto, aunque bien pronto se cansó de las tentativas artísticas que no conducían a ningún lado. Y los ojos le alcanzaron.

Se arrodilló, porque le pareció que la lazada de sus zapatos estaba muy floja y, en cualquier momento, en el más inoportuno de hecho y casi seguro, por ejemplo cuando bajara una escalera y su integridad física se encontrara más en el aire, los cordones se desatarían fatalmente para enredarlo, y lo desplomarían, y se haría daño. Tal vez se matase. Y los ojos le alcanzaron.

Se colocó en cuclillas antes de levantarse del todo, porque sabía que si lo hacía muy rápido, muy de golpe, era posible que sufriera un mareo desestabilizador, debido a una tensión baja que, de cuando en cuando, le jugaba malas pasadas, haciéndole vivir situaciones vulnerables y embarazosas. Y los ojos le alcanzaron.

Se contorsionó en una pose imposible y abracadabrante, enroscándose sobre sí mismo, porque súbitamente se desencadenó un virulento foco de picor en un lugar inaccesible y recóndito de su espalda; sus dedos le pusieron cerco, tantearon la zona en ebullición, la epidermis crepitante, y rascaron con rabia para aplacarla. Frota, frota, frota. Y los ojos le alcanzaron.

Se tendió en el suelo, con las piernas en triángulo sin cerrar y los brazos en cruz latina, y el suelo le pareció más duro que nunca, hasta tal punto que su cuerpo entero se sentía repelido, como expulsado de aquella superficie plana e inconmovible, y sus propios huesos se le clavaban en la carne y en los músculos. Y los ojos le alcanzaron.

Y se enfrentó a los ojos. Almendrados. Ambarinos. Vítreos.

Se puso a correr como un loco por la habitación, dando vueltas en un frenesí atolondrado, golpeándose contra las estanterías, haciendo que algunos libros y los bibelots y las porcelanas se estrellaran en el piso con un estrépito de añicos, la mirada se le nubló, la sensación de hostigamiento no cesaba, trastabilló con la alfombra, las piernas amenazaron con fallarle, se tambaleó, se detuvo para recobrar mínimamente el aliento y el equilibrio, se apoyó en un anaquel, y de repente, una cuchillada, un dolor. El jarrón de cristal tallado se había abismado desde las alturas y, al caer, le sajó la mejilla. Rugió como una fiera enjaulada. Y los ojos le alcanzaron.

Se plantó en medio de la habitación, de pie, acosado, sudoroso, vacilante, ensangrentado, débil, perseguido. Y se enfrentó a los ojos. Almendrados. Ambarinos. Vítreos. De almendra, su forma. De ámbar, su color. De vidrio, su dureza. Y su brillo inánime. El taxidermista había hecho bien su trabajo.

-¿Puedes dejar de mirarme, por favor?

Y la cabeza soberbia del león desde la pared seguía mirándole. Así que, con sus últimas fuerzas, huyó despavorido de la habitación. Cerró la puerta. Suspiró. Se creyó a salvo. Y los ojos, tras alcanzarle, le dieron el tiro de gracia.

***

Foto de portada: Leo (Brian Snelson-Flickr)

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