Una bicicleta roja

Cuando tenía siete u ocho años, mi madre y yo solíamos ir a pasar los fines de semana a la casa que su novio de aquel entonces tenía en un pequeño pueblo de Toledo. Cuando digo que era pequeño, lo digo muy en serio: en invierno no habría más de cinco o seis habitantes. La casa era grande, y olía a madera y a libros. Había una chimenea y una gran mesa de roble en la cocina. La buhardilla hacía las veces de mi habitación. Me encantaba encerrarme allí a leer libros de Elige tu propia aventura, que me llevaba todos los viernes de la biblioteca de mi barrio, mientras fuera hacía un frío de perros y no se veía ni un alma.

En uno de aquellos fines de semana, al novio de mi madre, que era profesor de historia del arte en la universidad, se le metió en la cabeza que yo tenía que aprender a montar en bici. Ninguno de los dos, creo, dábamos el perfil de persona aventurera o deportiva, y además fuera estaba helando y nada invitaba a pasar la tarde al fresco, pero me convenció enseguida con su entusiasmo. Supongo que seguramente quisiera estrechar los lazos que le unían a mi madre haciendo algo que un padre típicamente haría con su hijo, y el acto simbólico y peliculero de aprender a montar en bici era lo único que había disponible en un pueblo dejado de la mano de Dios como aquel.

Así que allí nos fuimos los dos, abrigados hasta las trancas con gorro, bufanda y guantes, hasta el campo de fútbol del pueblo, a las afueras, que tras años de descuido y falta de uso se había convertido en un pedregal plagado de zarzas y plantas asalvajadas. Uno de los vecinos del pueblo le había dejado una pequeña bicicleta roja bastante vieja pero que tenía una gran ventaja: traía ruedines de quita y pon para facilitar el aprendizaje. Debía haber pertenecido a los hijos de aquel vecino, aunque hacía mucho tiempo que no había niños en el pueblo. El manillar era de acero brillante y las agarraderas de plástico duro y sólido. El rojo de la estructura, fuerte y todavía brillante. Era una bici impresionante para un niño que apenas si había visto una en su vida.

Durante toda la tarde estuvimos probando con los ruedines, hasta que, casi por la noche, me atreví a intentarlo sin ellos. El novio de mi madre me sujetó al principio y corrió a mi lado hasta conseguí mantener el equilibrio y seguir por mi cuenta. Con la emoción del momento (¡lo había conseguido!), empecé a pedalear con tanta fuerza que salí disparado hacia una de la porterías del campo y, al no saber utilizar los frenos, lo único que se me ocurrió para frenar fue saltar de la bici a las bravas.

Acabamos en la enfermería del pueblo vecino, más grande y algo más poblado, en la que un médico con enormes bigotes y aspecto somnoliento me cosió la gigantesca brecha que me había hecho en la cabeza. Yo, sin embargo, estaba emocionado, y durante los siguientes años de mi infancia y adolescencia me convertiría en un auténtico fanático de la bicicleta, especialmente en los largos veranos que pasaría en la casa del pueblo castellano de mis abuelos maternos.

Mi madre y su novio, del que a día de hoy no recuerdo el nombre, lo dejaron al año siguiente, por razones que desconozco, aunque supongo que ambos se dieron cuenta de que ya no se querían o de que la cosa no estaba funcionando como esperaban. Poco después, mi madre conocería al que sería su segundo marido, con el que sigue viviendo y con el que ha tenido dos hijos, y aquella historia con el profesor de arte quedó definitivamente enterrada para todos.

Un domingo, muchos años después de aquel frío día de invierno en que aprendí a montar en bici y me abrí la cabeza, paseaba por el Rastro cuando, en una de esas tiendas de antigüedades que ponen cachivaches esparcidos por la acera, vi una bicicleta roja con ruedines que me recordó poderosamente a la que, casi dos décadas atrás, había usado para aprender a montar. Allí, sentado en una silla plegable, estaba aquel hombre, mucho más viejo y cansado, con barba de varios días, pelo gris recogido en una especie de moño de samurai y una incongruente camisa hawaiana, con pinta de intelectual de los ochenta venido a menos que espera sin mucha esperanza que las cosas vuelvan a ser como eran.

No había duda: era él. Aquella increíble coincidencia merecía una aproximación por mi parte. Me acerqué discretamente, haciendo como que echaba un vistazo al resto de cosas expuestas en el suelo (radiocasetes de los ochenta, cajas de cromos de fútbol y postales antiguas, figuras de porcelana pasadas de moda, libros cubiertos de polvo), y le pregunté por la bicicleta roja. Me comentó que había pertenecido a unos amigos suyos de infancia, que le habían vendido un gran lote de pertenencias de la casa de sus padres, toda vez que ambos habían fallecido y había que vaciarla para llevar a cabo unas reformas.

Ni me presenté ni le pregunté cómo había acabado en una tienda de antigüedades en el Rastro. Parecía cansado y no tenía muchas ganas de hablar. Le dije que una vez había montado en una bicicleta muy parecida a aquella, pero ni el comentario ni la visible marca que tengo en el lado izquierdo de mi frente le llamaron especialmente la atención, y la conversación no progresó. Me despedí y le deseé suerte. “Falta nos hace”, me respondió, guiñandome un ojo, cansino.

Por la tarde llamé a mi madre y le pregunté por aquel novio suyo que me había enseñado a montar en bici tantos años atrás. Pareció extrañada y no me supo decir mucho. Una vez terminó la relación no habían vuelto a hablar ni a verse nunca más. Le conté el extraño encuentro del Retiro. La historia le pareció sorprendente, pero me respondió que estaba equivocado en cuanto a la brecha. Según ella, con total seguridad, me la hice en el colegio, cuando tenía seis años y me golpeé con la esquina de una mesa en clase.

No guardo ni el más mínimo recuerdo de ese supuesto accidente escolar. He pensado mucho en ello últimamente, y aún recuerdo el campo de fútbol, desierto y pedregoso, el frío cortante y la sensación de euforia al sentir el viento a mi alrededor al pedalear con todas mis fuerzas. Recuerdo también la caída y el golpe en la cabeza, aunque mi madre insiste en que estoy equivocado y que aquello nunca pasó. De hecho, de toda esta historia, esa parte empieza a ser la más escurridiza. Es difícil estar seguro. ¿Será otra caída, de cualquier otro momento de mi infancia, la que se traspapela e infiltra en el otro recuerdo?

He pensado que, cuando vuelva al Rastro, podría preguntárselo a ese tío del que, todavía, no sé ni su nombre: mi madre no me lo ha dicho. Quizás él, si sigue allí, esperando, pueda sacarnos de dudas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s