La leyenda de la Pequeña Astrónoma

-¿Y esto? ¿Qué es? ¿Por qué lo guardas?

Lorenzo volvió la cabeza ante el reclamo del nieto. Llevaba un buen rato hurgando en la vieja caja de cartón. La había rescatado de entre los trastos del garaje con sus brazos fuertes y ágiles de adolescente voluntarioso, y la rastreaba todavía con el candor de un niño aventurero, nariz fruncida, dorada de curiosidad. Primero se había entrampado con los álbumes familiares. Daguerrotipo de los bisabuelos ya lamido por los años, la abuela vestida de novia con el gesto cetrino porque denotar alegría ante la inminencia de la noche de bodas habría resultado indecoroso para la posteridad, su propia madre de chiquilla, a horcajadas en un triciclo que invadía la calle Mayor del pueblo. Una lata con chapas. Y, de pronto, eso. Aquella hoja de periódico amarillenta blandida en el puño.

-¿Y esto qué es, yayo? ¿Por qué lo guardas?

Lorenzo tomó el papel con delicadeza, como si fuera ala de mariposa. Salido de rotativas el 13 de agosto de 1947. Diario del Altoaragón. Olor a tiempo, reconcentrado en el polvo de los dedos. Un titular a tres columnas con una tipografía elegante y añosa. Una foto de contornos vagarosos. La silueta imprecisa de una niña envuelta en una manta.

-Lo guardé por la historia que cuenta.

-¿Qué historia?

-La de la Pequeña Astrónoma.

-¿Y quién era ésa?

Y Lorenzo sonrió, con una sonrisa suave, de lana, que tuvo que abrirse paso a machetazos por los tajos y quebradas de su piel anciana. Señaló a la niña de cabello claro, menuda, con la cara oculta, negada al espectador, arrebujada en su manta entre unos arbustos en los que ya comenzaban a incidir atisbos de sol. Y le contó al nieto que apareció en el monte aquella lejana madrugada de agosto. Que la encontraron unos pastores que habían salido a coger moras muy temprano “para que la calor no les echase la zarpa encima”. Y que estaba completamente sola. Y que nadie sabía de dónde venía.

Llamaron a unas mujeres del pueblo para que la atendieran, porque cuando la hallaron estaba medio desnuda y aterida. Tenía la piel muy fina y muy clara y se le estremecía bajo las gotas de rocío que le habían florecido por todo el cuerpo al relente de la mañana, pero ella ni siquiera lo sentía. También hicieron venir desde Huesca a la Guardia Civil, confiando en que fueran las autoridades las que esclarecieran el misterio, porque aquella niña, por mucho que le preguntaron, por activa y por pasiva, no soltaba prenda.

Corrió la voz por el pueblo y, a falta de algo mejor que hacer, todos acudieron a verla. Primero fue el maestro el que la interpeló, porque era claro que él se entendía como nadie con los zagales.

-¿Cómo te llamas?  ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y tus padres?

La niña no contestó. Permaneció tan muda ante el maestro como esos escolares que no se han aprendido la lección. Frustrado, pero en parte acostumbrado a los enmudecimientos infantiles cogidos en renuncio, le cedió el turno al médico, que antes la sometió a un rapidísimo examen para descartar que estuviera herida y comprobar si reaccionaba con propiedad ante los estímulos. La niña parecía sana, y la hipotermia ya estaba comenzando a remitir bajo el abrazo de la manta. Pero no por eso ella dijo nada. Lo intentaron entonces algunas mujerucas armadas con sus oficios de corazón maternal.

-No tengas miedo, moceta. No tengas miedo, que no te vamos a hacer nada. Ahora mismo te damos de comer, que es claro que querrás desayunar. Pero antes tienes que decirnos quién eres, para que podamos avisar a tus padres y que ellos vengan a recogerte.

La callada por respuesta. Incluso quiso arrancarla del mutismo una vieja bruja que tenía patentado un método infalible para hacer hablar al prójimo: pincharle y zaherirle y vuelta a pinchar hasta que a uno le desataba la lengua una legión de demonios.

-¿Se te comió la lengua el gato? Normal que se la haya comido a una niña tan fea y flaca como tú. ¡Lo tienes bien merecido!

Pero la niña se limitó a devolverle la misma mirada diáfana que dedicó a todos, tan atenta como despegada de las cosas, como si viese a través de ellos. Y entonces llegó la Guardia Civil y los circunstantes se desentendieron por un momento de la aparecida para ir a arremolinarse en torno a los agentes y competir por dar la explicación en voz más alta, pasaporte impepinable para que su versión se convirtiese en la oficial.

Salvo aquel pequeño Lorencín que había acudido tras las faldas de su madre, medroso y reverente. Cuando vio a la niña de su misma edad y la vio sola, olvidada de todos, rodeada de alba, simplemente se acercó a ella y le preguntó por aquel cucurucho de papel enrollado que llevaba en la mano, bien aferrado, y en el que nadie se había fijado.

-Este cucurucho de aquí, ¿lo ves? Éste de aquí, en la foto aún se distingue, ¿lo ves? –demandó Lorenzo 68 años después, con excitación creciente, aplastando su dedo índice contra el periódico vetusto y crujiente –Pues por el cucurucho le pregunté. ¿Y sabes qué me respondió?

-Ah, pero ¿que a ti sí te respondió, yayo?

-Pues claro. Porque yo le supe hablar de lo que a ella le interesaba.

Y como Lorencín acertó con el tema de conversación, la niña le dijo:

-Es mi telescopio.

No intercambiaron una palabra más. No hizo falta, porque de inmediato se entendieron. Y precintaron para siempre el secreto con una sonrisa de cómplices.

-Pues a mí explícamelo, porque yo sí que no lo entiendo –se enfurruñó el nieto.

Y Lorenzo dijo, sonriendo aún:

-La Pequeña Astrónoma se escapó de su casa y se vino al monte aquella noche porque las luces de su ciudad no le dejaban ver las Perseidas.

 El nieto se quedó en silencio. Dudó. Y luego dijo:

-Mira que tienes imaginación, ¿eh, yayo?

El yayo se encogió de hombros, como pidiendo disculpas.

-Bueno, ¿y qué fue de ella, de la Pequeña Astrónoma?

-Pues que se la llevaron.

-¿Adónde?

-No sé, supongo que a Huesca. Encontrarían a sus padres, se la devolverían… yo qué sé.

-¿No la buscaste luego? ¿No preguntaste por ella?

-No. ¿Para qué? –y el pragmatismo rudo de pirenaico le hizo agregar- Buscarla dice éste… Menuda tontería. ¿Para qué?

-A mí qué me cuentas. Si has sido tú el que ha guardado el periódico durante todos estos años…

-Pues porque la historia es buena. Por eso y nada más.

Ahora fue el nieto el que se encogió de hombros. Cuando el abuelo se ponía en ese plan, no había más tela que cortar.

Pero, de haberles preguntado, los búhos habrían contado que Lorenzo salió de su casa a hurtadillas aquella noche. Que se fue al monte, que miró al cielo al cielo oscuro y en calma que daba un respingo cada vez que una Perseida fugaz lo sorprendía llorando por su espalda, y que esperó. Como esperaba todas las noches de mediados de agosto desde hacía casi setenta años, por si a la Pequeña Astrónoma volvían a estorbarle las luces de su ciudad y se escapaba otra vez, para reunirse con él. Juntos se calarían de lo lindo en la lluvia de estrellas.

***

Foto de portada: Venus and The Night Sky Over Mammoth (Autor: John Lemieux)

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