La clarividencia perdida

Todos en el albergue de Cúcuta se lo señalaron al presidente Santos con la barbilla. “Ése es”. El presidente Santos resiguió la indicación maxilar con la mirada. El viejo era simple pellejo. Puro jirón raído y renegrido para hacer trapos con él. Estaba aovillado cual gurruño en un rincón, apartado del gentío, ajeno al mundo. Con el ceño fruncido y el mirar siniestro. Encabronado todo él.

Lo habían encontrado vagando por una trocha del río, poco menos que tanteando ya el fondo del lecho con la punta del pie, más que dispuesto a dar con el lugar preciso para cruzarlo.

-¿Pues adónde se cree que va, abuelo? -le habían detenido los muchachos.
Supongo que al mismo sitio que ustedes. ¿No vuelven a recuperar sus cosas a San Antonio?
-Nosotros sí, pero usted no. ¿Es que no ve que es peligroso? ¡A su edad se lo puede llevar la corriente!

Y le impidieron que vadeara el Táchira. Se lo llevaron de la frontera en un pataleo y un forcejear tales que parecía que al viejo lo habían poseído los demonios. Las coces de un potro salvaje les habrían dado menos trabajera que pasar. Incluso mordió a uno de sus captores en la mano con los cuatro dientes que le quedaban. El hombre estuvo a punto de volverle la cara del revés con un sopapo, pero recordó en el último momento el respeto que debía a sus mayores y sólo eso salvó al viejo de acabar como un eccehomo.

-¡No sea rebelde! ¡Que lo hacemos por su bien! ¡No queremos que le ocurra una desgracia, que estos últimos días ya hemos sufrido todos bastante!

Lo devolvieron al albergue, pero una vez allí no hubo razones que lo aplacaran.

-¡Tengo que regresar! ¡Me las dejé olvidadas allá! -se desgañitaba el viejo.
-¿El qué? ¿El qué se dejó? Si nos explica, ahora va a salir una batida de hombres que van a intentar recuperar lo que quede. Alguno de su pueblo puede buscarle eso tan valioso que olvidó y se lo trae de vuelta, ¿qué le parece?

Y el viejo los había mirado uno por uno, con el mentón hirsuto preso de un temblor tan desvalido como rabioso y unos ojuelos que le ardían como brasas, no se sabe si por unas lágrimas aún cuajadas o por una furia con la mecha ya prendida.

Está bien. Pues que me traigan mis lentes.

Todos se quedaron un instante en suspenso. Intercambiaron miradas interrogantes y cuando se cercioraron de que a una estaban pensando lo mismo, estallaron en carcajadas y dictaminaron:

-Usted está loco. Nadie va a arriesgar la vida por unos lentes. ¿Y por ellos estaba usted dispuesto a morir? Menuda pendejada la que le alienta en ese cuerpo.

Y una vez lo hubieron desengañado de sus aspiraciones, lo dejaron en el rincón, abandonado a su suerte y a su vesania. Craso error. El viejo se reveló más dañino y molestón que un dolor de muelas. Armóse de una cuchara, una de las pocas que había en el refugio de Cúcuta, y la noche entera se la pasó golpeando con ella las paredes y gritando a voz en cuello y en bucle:

-Mis len-tes. Quiero mis lentes. Mis len-tes. Quiero mis lentes.

Los demás inquilinos del albergue creyeron enloquecerse con semejante letanía. Las mujeres le instaban a callarse con un siseo imperioso e inútil. Los niños, viendo que el sueño les era esquivo con aquella nana infernal de fondo, rompían a llorar, rendidos por el cansancio y frustrados porque no se les permitiera ponerle remedio. Los hombres que se habían quedado amenazaban con tumbarlo de un puñetazo, y alguno propuso botarlo al río donde él mismo había estado dispuesto a ahogarse por sus propios medios y voluntad. Pero al final nadie se decidía a hacer nada en su contra. Ninguna represalia fue tomada y se limitaron a darlo por imposible. Fue así que el viejo salió indemne.

Al día siguiente llegó el presidente Santos de visita, a interesarse por la desgracia de estos deportados sin casa que se hacinaban en aquella provisional. Y después de referirle sus cuitas y de inquirirle sin esperanza si los políticos podrían aliviarles en algo, le contaron aquella otra desventura que les había tocado en gracia. Aquel viejo incorregible y desconsiderado que se la pasaba atizando las paredes del albergue con un cucharón y reclamando a gritos sus lentes.

-¡Es el mayor de los rebeldes! Un viejo rebelde sin causa. Porque su causa son unos lentes…

Y fue entonces que el presidente Santos se revistió de su plenipotenciaria autoridad presidencial y con andares y pose de salvapatrias se llegó hasta el rincón del viejo malhumorado, bien para recriminarle, bien para arreglarle la vida.

-Me cuentan que usted quiere recobrar sus lentes.
-En efecto. Eso quiero. Se me quedaron allá en Venezuela.
-También me cuentan que estuvo usted a punto de cruzar el río Táchira para llegar al otro lado, con todo el peligro que conlleva. ¿No fue aquello una temeridad de la especie más insensata?
-No lo creo –repuso el viejo con desprecio altanero.
-¿Pero no se da cuenta de que se jugó la vida? ¡Por unos lentes!
-Sin esos lentes también me juego la vida.
-¿Pero cómo así?

Y a todos al fin les resultó comprensible su empecinamiento cuando el viejo les contó que sin esos lentes no vería a la muerte cuando viniese por él y que, por ende, no podría escapar corriendo a todo correr en dirección contraria.
Aquellos lentes fue lo primero que el defensor del pueblo colombiano buscó cuando entró en Táchira.

***

Foto de portada: Flickr

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