Los niños y la libertad de crucifixión

I

Suelo leer un blog de divulgación científica. Uno prestigioso. Ha ganado algunos premios y llega de vez en cuando a la portada de Menéame. El autor, hace varios días, hablaba de una escena de congelación en la película infantil Frozen. También hablaba de su hija. Decía lo siguiente:

                Desde que se estrenó la película de animación Frozen me ha obligado [su hija] a verla a su lado más de 60 veces. Luego estrenaron una especie de “película-karaoke” y me llevó al cine a cantar todas las canciones de la banda sonora en compañía de 200 niños enloquecidos. Además, tenemos en casa infinidad de muñecas, posters, libretas, etc. con las caras de la Reina Elsa, Kristoff, Hans, Olaf, Sven y, sobre todo, con la imagen de su diva: la Princesa Anna. Esta mujer con largas trenzas y rostro angelical es su gran amor y la peor de mis pesadillas. Todo en nuestra vida gira a su alrededor.

Manifestaba esa niña los mismos síntomas neuróticos que dos sobrinas mías de más o menos la misma edad; solo que mis sobrinas beben los vientos por la princesa Elsa. Gracias al testimonio de un amigo, que trabajó en un cine, constato además que miles de infantes entraban a las salas vestidos como en la película. Y que cantaban y bailaban mientras la veían. Como durante un rito órfico o una rave ibicenca.

Frozen: la película de animación más taquillera de la historia. Ganadora de dos Oscars©, de un BAFTA, de un Globo de Oro, de un Billboard music award. En la tienda de Disney (“el mayor corruptor de menores del siglo XX”, según un autor anfetamínico) se pueden comprar tazas, vestidos, peluches, tampones. Cualquier cosa que el consumidor prácticamente desee.

“A mi hija esta película le encanta”, dice un padre babeante.

“Es insoportable. Se pasa el día viéndola y no se cansa”, comenta una madre que no cabe en sí de gozo. Por fin puede aparcar a su hijo delante del televisor durante seis horas ininterrumpidas.

“Tiene mucha personalidad: su personaje favorito es Olaf”, añade otra.

(Olaf es un muñeco de nieve oligofrénico que ostenta el consabido papel de secundario torpe, gracioso y sin conflicto).

Mucha personalidad. Sí. Como los soldados del Imperio Galáctico. Antes de integrar el pasaje de ‘La estrella de la muerte’ se presentaban una mañana de domingo ante sus madres, vestidos de uniforme, con el casco y todo. Sus madres decían: “¡Qué guapo está de blanco! ¡Siempre ha tenido mucha personalidad!”. Luego ellas se despedían entre lágrimas y pensaban: “Mi hijo es especial, a mi hijo no le pasará nada”.

El mundo está lleno de hijos especiales. Miles, millones. Según los datos de recepción de la película, unos mil millones de seres excepcionales la han visto ya: porque tienen claro lo que les gusta. En nuestra patria amada, Madrid y Barcelona ofrecieron una versión para el teatro; allende las fronteras, cantantes como Martina Stoessel o Demi Lovato han cantado partes de la banda sonora (exitosísima). La película no deja de narcotizar las conciencias de todo ser que se arrastre o camine entre los dos y los diez años de edad. Quizá, hasta la de los propios padres.

II

Hace no muchos años murió un filósofo y sociólogo bastante del común pero muy leído en los años setenta: Erich Fromm. Para quien haya caído antes en las garras de Max Weber o Adorno, poco le dirá Fromm que no supiera ya. Sin embargo, poseía al menos este hombre en grado sumo la cortesía del filósofo; esa que, según Ortega, consiste en la claridad. Pues bien: Fromm, en su clásico libro El miedo a la libertad, se escandalizaba bastante ante la falta de elección del ser humano moderno, el cual se abalanza sobre cualquier producto de rápido consumo para saciar una inextinguible sed de individualidad y de éxito, porque su vida suele ser bastante mediocre. Pero más le escandalizaba aún que la publicidad, un medio informativo formidable, se dirigiera sin pudor alguno a lo inconsciente para vender lo que se le encargase.

(Para los lectores que ignoren qué es lo inconsciente: una cosa que se escapa al control de nuestra conciencia y a la que Freud llamaba ello o superyó, según de dónde viniera. No hagan mucho caso. Todos somos libres y no hay en nuestra psique oscuros mecanismos desconocidos que nos enajenen).

Resulta raro, ¿verdad? Que en este mundo, hace apenas cincuenta años, un tipo normal –todo lo normal que pueda ser un sociólogo–, se escandalizase así por algo que hoy en día ni siquiera puede observarse sin suscitar en los demás una mueca de desprecio.

(“La publicidad es vil porque no apela a la razón sino al deseo irracional”.

“Cállate, estalinista”. O, más sucintamente: “¿Y?”).

Pero así estaba el panorama hace cincuenta años. Ciertos sujetos le ponían pegas morales a todo. Fromm quería una publicidad reglada y racional en la que no tuviera cabida ninguna manipulación ideológica.

En eso se parece mucho a los preocupados y seguros padres de nuestros días. Hablen con ellos acerca de la religión en las escuelas, del adoctrinamiento político: nada les asusta más. Para un librepensador moderno, el crucifijo en la pared o el velo en la musulmana son, en el mejor de los casos, residuos de perversas supersticiones pasadas. Fuera los colegios concertados: “Yo no quiero que mi hijo se eduque con curas”. Fuera la asignatura de religión. ¿Se imaginan a un profesor perorando en clase sobre el nacionalismo catalán? ¿Les parecería siquiera razonable que un docente manifestara ante alumnos indefensos de doce años su posición inamovible en contra del aborto por motivos éticos?

“¡No, no y no!”.

Tanto se preocupa la sociedad por el sano crecimiento ideológico de los niños que les han dado derechos y hasta un protector: “El protector del menor”. Un hombre que vela por ellos, un ángel de la guarda que les protege de las intromisiones abusivas del mundo adulto y sus crudezas. Si en Frozen la princesa Elsa se hubiese masturbado durante su soledad glacial, el protector del menor (y las autoridades) habrían dicho que la película no resultaba apta para los niños. O si la princesa Anna hubiese muerto empalada por un gigantesco carámbano, a lo Holocausto caníbal. O si la letra de la canción “Libre soy” hubiera dicho “El Pepé // El Pepé // Nos trae recuperación”.

En efecto, he ahí la tríada de elementos excluidos con escrúpulo del consumo infantil: sexo, violencia y política.

Si sus hijos no sonríen así hasta cuando duermen, son ustedes unos auténticos perdedores.

Si sus hijos no sonríen así hasta cuando duermen, son ustedes unos auténticos perdedores.

III

Pero Erich Fromm no era del todo imbécil. Como tampoco lo fueron Marx, Adorno, Freud, Weber, Spengler, Veblen, Foucault o Canetti. Acaso el polvo en que se convirtieron siga diluyéndose hasta desaparecer. Acaso no. Sin embargo, todos ellos tuvieron muchos y muy sobrados motivos para prevenirnos contra el consumo masivo. Como dice Zygmunt Bauman (este aún sigue vivo: pero no se apuren, que no le queda mucho), la protección del menor está dirigida a proteger al menor en cuanto consumidor con derechos: y no para protegerle contra el consumo. Que sería lo que en verdad lo defendería en su inocencia.

Frozen, de nuevo. La magia de Disney. Ese universo artístico en donde los malos siempre reciben su merecido (la madre de Bambi ya no muere en la versión restaurada), los animales cantan canciones y los colores saturan la pantalla. Billones de euros facturados. Productos de todo tipo. Una película que tardó en fabricarse varios años; en la cual trabajaron más de seiscientas personas de manera directa; que costó 150 millones de dólares (bien sabían ellos que iban a recuperarlos con creces); cuya banda sonora fue minuciosamente compuesta; que empleó unas técnicas de mercadotecnia no por ya archiconocidas menos apabullantes; que se estrenó en más de cuarenta países. Detrás de todo ello, milmillonarios accionistas, publicistas, directores de empresa, altos financieros. El más absoluto poder, ejercido de modo directo y exitoso.

Uno lo acepta y lo sabe. Y supongo que los padres también. Un niño es una cosa muy peligrosa. A la que te descuidas, está jugando con un palo toda la tarde. O con otros niños. Incluso es capaz de pedirte que hables con él o le hagas un poco de caso. Hubo un tiempo –arcano, mítico: pero tiempo al cabo– en que hasta podías alimentarle sin tener que distraerlo con una tablet para que el pobre no se aburriese.

Lo juro, lo vi una vez.

Pero hay que tener mucha cautela para que no le metan en la cabeza ideas raras. Con Disney, uno nunca falla. Ni sexo, ni violencia, ni propaganda comunista.

IV

La revolución de finales del siglo XX de triunfo más rotundo ha consistido en la plena introducción de la infancia en la rueda del consumo. Desde luego que venía de antes, pero en nuestros días –sin que le podamos poner límites– alcanza una verdadera apoteosis. Como siempre que una ideología arrasa, su éxito se debe a que nadie percibe en ella sino la más absoluta normalidad.

“Pues mi hijo ve muchísimos dibujos animados en NEOX, y no pasa nada”.

“Llevamos seis siglos de Edad Media y de dominio feudal, y no pasa nada de nada”.

(La metafísica del “y no pasa nada” resulta fascinante. Solo pasaría “algo” si sus hijos explotaran como un petardo).

Gracias a productos como Frozen, los niños de cuatro años (reacios, por lo general, a las ideologías) quedarán ya preparados para incorporarse, de pleno derecho, a este mundo de libertades para consumir sin fin (trabajar según a uno le apetezca no entra en la cacareada libertad). Tendrán gustos propios. Serán especiales. Dentro de un año saldrá una película semejante y el efecto se repetirá idéntico pero más fuerte: empezará en ellos esa comezón por estar al día, por disfrutar del producto que la industria le ofrece. Hoy será Frozen, mañana Frozen II, pasado el iPhone 7 y al otro el iPhone 8.

“Les he entregado el modelo anterior y me han hecho una rebaja en este”.

Eres un siervo astuto que sabe aprovechar las oportunidades.

(“Libre soy // libre soy // no puedo ocultarlo más”).

Y así, como tiernos corderitos, protegidos por los padres y por los derechos del niño, nada alterará la tibia pureza de sus mentes; crecerán con mirada cristalina y sin ideología alguna. No habrá crucifijos en las escuelas, ni colegios concertados; las musulmanas llevarán escote y nadie les dirá a quién tienen que votar.

Disney

La magia de Disney, en acción. Juguetones e impredecibles como un libro de Lewis Carroll.

V

¡Padres!, tomen ustedes todas las precauciones que quieran para con sus retoños: que de esta nueva religión –de la que ni siquiera recelan– no va a librarlos ni Dios. Antes de la adolescencia habrán entrado como tornillos en la cadena que elabora consumidores idénticos, únicos, acríticos, sumisos, felices o a punto siempre de estarlo. No traten jamás de alejarlos de esa senda; no juzguen ni condenen el dominio que los mercados ejercen sobre ellos cuando más indefensos están y más permeables son. Incluso aunque lo intenten, tampoco les valdrá de mucho: ya en una escuela de primaria escuché a una niña decir que quería el disfraz de princesa Elsa, porque las demás lo tenían y se metían con ella por no tenerlo.

Antaño, la diferencia de clases era prácticamente insalvable; los niños ricos despreciaban a los niños pobres y los pobres se reían de los niños ricos. A día de hoy, en cuanto un niño desea integrarse en un grupo social a través del consumo, la tarea se vuelve más sencilla: basta con consumir y ostentar lo mismo que el resto. Cuanto antes lleguen a ese estado de perpetua adecuación comercial, mejor.

“¡Adiós, adiós, Luisito mío! ¡Tú arrímate bien a Darth Vader, que dicen que tiene mucha mano con el Emperador!”.

Y Luisito se fue.

Pensaba: “¿Por qué llora mi madre, si no pasa nada”.

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