Tan a la mano. Tan a desmano

Le pidió que le dejara un vaso de agua bien a la mano antes de irse a misa. La madre atendió su petición y abrió el grifo con la máxima presión, para que se llenara cuanto antes, y en el recipiente de cristal se estrelló una cascada que se arremolinó en el fondo, escaló las paredes en milésimas de segundo y rebasó el filo, hasta que la superficie exterior se vio velada por una cortina que bañó el vaso por entero. Así, desbordante y mojado, la madre lo depositó encima de la mesa. Bien a la mano.

Acto seguido, se fue hasta el bote de las pajitas, extrajo una, larga y flexible, a rayas blancas y verdes, la dobló por su parte anillada y fue a colocársela al hijo en la boca. Pero él la frunció, retiró la cara para impedirle las intenciones y dijo:

-No.

La madre le miró interrogante.

¿Cómo que no?

-Pues que no. No quiero pajita.

Sonó determinante.

-Pero, ¿y entonces…? ¿Cómo vas a…? ¿Para qué…?

-Yo me entiendo. Vete a misa tranquila.

-¿Seguro?

Y ante la afirmación del hijo, con la sorpresa aún punteándole los ojos y los pasos, la madre se fue a la misa. Ésa en la que, él lo sabía, pediría perdón una vez más a Dios por lo mismo de siempre. Esa culpa que llevaba expiando cincuenta y cinco años, de modo que cuidarle a él no fuese ya un simple asunto de índole práctica, sino que adquiría la dimensión de la más acérrima de las penitencias. En fin, era una madre de los 60. No había remedio. Eran capaces de larvar una culpa en el vientre durante nueve meses y luego cargársela a la espalda durante  toda una vida. Se la imaginó en esos precisos momentos, tal y como estaría allá en la parroquia, arrodillándose en la penumbra de cirio, sobre la frialdad de unas baldosas negras y eclesiales. Pegando la boca a la rejilla del confesionario, y barbotando con su voz enjuta y reptadora:

-Padre Sixto, debí aguantarme sin tomar nada, sufrir lo que tenía que sufrir sin buscarme atajos. Por querer hacerme más fácil el camino, al final terminé por…

Prefirió no imaginar la respuesta una y otra vez repetida del padre Sixto, so riesgo de aburrirse. Tenía cosas más importantes que hacer. El vaso seguía allí. Bien a la mano. Encima de la mesa. Centelleando.

Un rayo de sol penetraba por la ventana e incidía de refilón en la lámina de agua ya quieta. Como secuela del aluvión que había descargado el grifo dentro del vaso únicamente quedaban un par de burbujitas irisadas a la deriva, flotando como nenúfares esféricos y transparentes.

Él se concentró en el vaso. Lucía tan sereno y confianzudo. Tan límpido y fresco. Tan cerca. Sólo tenía que alargar la mano, cogerlo, empinarlo, hasta que el canto frío, pulido y mojado se apoyara contra sus labios entreabiertos, y entonces dejar deslizarse el contenido líquido por la garganta. Y saciar su sed.

Era tan sencillo. Estaba tan a la mano. Así que reunió aire y se decidió. La alargó hacia el vaso, inmóvil allá sobre la mesa. Fue dicho y hecho. En su campo de visión vio surgir los dedos de su mano, moviéndose ansiosamente como anguilas en el fondo de una red. Estiró el brazo. Lo estiró cuanto más pudo, como si a la altura de sus hombros estuvieran trabajando al límite unos pistones, empujando sus extremidades hasta el infinito, como si no importase en absoluto que se rompieran. O se rompía definitivamente el hilo deshilachado que aún las unía al resto de su cuerpo, o lo conseguía.

Pues por un momento creyó que iba a lograrlo. Que aquellos dedos suyos (con sus yemas, sus nudillos, sus falanges, sus uñas), se iban a cerrar en torno al vaso. Los vio agarrando su redondez. Juraría que sintió el tacto resbaladizo y brillante del vidrio y del agua en la piel. Era suyo. La mente se le dislocó en una acrobacia de euforia y en sus labios estalló, desacompasadamente, un grito de triunfo, justo al tiempo que se daba cuenta de que el vaso seguía irremediablemente lejos. Tan a la mano como lo había dejado su madre hace un rato. Tan a desmano como siempre.

Aunque la demanda había prescrito, su brazo acortado por la Talidomida seguía siendo incapaz de alcanzar aquel vaso de agua.

Foto de portada: A gLass of water (Flickr)

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